125. CUANDO LAS PUTAS SE RECOGEN EL PELO

               Al principio éramos buenos. Pensábamos que la vida podía ser justa, imaginábamos que la verdad estaba de nuestro lado. Pero después, la realidad sacó lo peor de todos nosotros, nuestro trozo más perverso; lo peor, lo más perverso.

                Suben hormigas por mis piernas; dejo que lleguen a las rodillas y me muerdan. Me gusta el dolor, disfruto sabiendo que puedo controlarlo. Con un sencillo golpe las mato, y acabo con ellas; luego soplo, y esos bichos se despegan de mi mano mientras miro al frente y veo un coche de policía parar. Está lejos, no es por mí; además, yo ahora solo estoy descansando en la calle sentado en este banco.

                Alguna vez debí ser bueno, estoy seguro de ello; no sé en qué grado de bondad pero sí. Fui inocente cuando era niño, cuando jugaba con soldados sin saber que en la vida real podían morir, cuando los buenos eran héroes que liberaban del mal a las víctimas, cuando mi madre se inventaba cuentos y la escuchaba alelado en sus labios sin imaginar que, en aquella historia de damiselas en peligro y hechiceros que la emponzoñaban, la protagonista era ella. Mi madre. Mi madre murió cuando yo tenía ocho años; desde ese momento, comencé a acostumbrarme al calor del infierno.

                Mi padre. Digamos que podría denominarlo de varias maneras, hijoputa la más ligera, pero padre nunca. Padre es el nombre del que debe cuidarte, el que los hombre buenos designan como tu mayor y al que debes respeto porque te guía hacia lo mejor. Padre es, para el que tiene Dios, su figura terrestre, aquél que con una sola mano detiene balas y cañonazos mientras con la otra deja pasar la luz del sol, protegiéndote para que no te quemen sus rayos. Padre es lo que no tuve, una sombra de lo que tenía que ser, un descerebrado que se esnifaba hasta el azúcar del café. Él me enseñó su mundo; yo aprendí rápido, pero la más inteligente enseñanza para mí fue saber cambiar de rol y dejar de ser un consumidor para ponerme detrás del mostrador. Primero, unos simples trapicheos, luego otros que empezaron a trabajar para mí, unos cuantos golpes de miedo y nudillos, y aquí me veo, moviendo hilos como un titiritero al que nadie ve, pero que es dueño de las marionetas del sector entero. Vendo muerte, vendo felicidad, igual me da porque a nadie obligo. Si de culpabilidad se trata, que juzguen a mis padres, a mi madre por morir y no llevarme, al padre por llevarme con él y no poder matarme. Un día le obsequié con un festín de chucherías, y en mitad de una nube blanca se perdió y no regresó más. Descanse en paz. Una vez fui bueno, pero no me quiero acordar.

                Me pregunto qué hubiera sido de mí si mi madre viviera. Puede que mi vida fuera ordenada, sería uno más, como ése que ahora miro haciendo cola en el estanco, separado un metro a la redonda haya virus o no, ojeando asqueado a su alrededor porque se cree mejor que todos y no quiere contagiarse con sus mierdas, aunque cada vez que tosa, los esputos de su garganta vibren y se estiren como chicles antes de escupirlos al suelo. Vida ordenada, o quizás vida correcta, como la de aquella chica que vuelve a su esquina, una puta desgraciada a la que me follo cuando me da la gana y no me quiere cobrar por ser quien soy, pero a la que más pago porque, aún fea y desaliñada, es honrada y me da pena. Es la única persona que conozco que cuando termina de trabajar se hace una coleta y va a la iglesia a rezar. Lo que no sé es si pide perdón por ser prostituta, o da las gracias por poder recogerse el pelo y dejar de ser lo que es. Hermosas mujeres pasan por mis manos, sonrisas relucientes, fajos de billetes morados; gañanes de chaqueta a medida, matones a sueldo y yo; y todos seguimos con nuestros cabellos sueltos. No hay tregua para nuestra suciedad. Pena, digo que me da, pero lo cierto es que comparado con ella, la única fulana que hay soy yo, y nunca dejaré de serlo.

                Miro el reloj; las ocho en punto. Mi chófer me lleva a casa. Una vez dentro percibo algo extraño, jaleo, ruidos. Me disparan y caigo al suelo. Desde allí, observo el retrato de mi madre. Si supiera cuál de esas arrugas que plegó su piel se las hizo cuando yo era pequeño y me bañaba, cuando me repasaba el flequillo, cuando le enseñaba mis palmas para que las viera limpias y vacías y ella las llenaba con un simple roce de su dedo. Y se hundían los surcos, señalando las estrías cada vez que para escapar me regalaba una historia, y yo me embobaba al oírla hablar. Qué ha sido de mí sin ella, y qué será ahora que muero. Otro disparo; los hilos del guiñol pasan a otras manos. Me recogeré el pelo, como la puta triste y decente que conocí, y me iré junto a mi padre, al infierno.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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