124. CON FINA MIENTO; SIN FINA TAMBIÉN.

               Con mucho esfuerzo, Manolo había ahorrado para comprarse un coche pues el suyo, viejo y heredado de su hermano, “come más que trabaja”, según sus propias palabras, y más de una vez al mes visitaba a su fiel amigo, el taller. Pero el virus llegó y perdió temporalmente su trabajo en la oficina, con lo que Tomás, el comercial del concesionario donde iba a comprar el coche, no obtuvo su comisión de venta, como muchas otras tampoco, y tras el cierre de su empresa anuló su reserva para las vacaciones con su familia en un hostal rural. Cuando Silvia recibió su llamada y tachó la anotación, se percató de que los azules que en estas fechas abarrotaban el calendario en plena ocupación aparecían en blanco, igual que en rojo los números de su cuenta, con lo que echó la persiana, habló con su novio y, entre miedos y frustración, pospusieron sus planes de boda. Cuando ella se lo dijo a su madre, Doña María, ésta se entristeció; ver a su hija abatida y en paro la destrozaba por dentro y, aparte de aumentar su dosis para la depresión, se contagió y poco después murió. Su pescadero, Jesús, notaba caída libre en las ventas, “más barato que el pescado está el salchichón”, de forma que ese pequeño capricho de una buena botella de vino los sábados, con navajas y berberechos, desapareció. Su esposa le quitaba importancia, con una cerveza fresca y patatas de bolsa, aunque cuando él no la veía, la angustia la consumía haciendo cuentas, menos sumas y más restas, buscando gastos de los que prescindir. Precisamente, su vecina Charo, que cosía trajes y arreglaba bajos, dejo de trabajarle, y aunque bajo su luz de flexo echara más horas que nunca cosiendo, abarató tanto su precio que cada vez con más frecuencia acudía a su padre para que le ayudara a llegar a mitad de mes. Y él lo hacía contento, Don Paco era un hombre cariñoso y recto, sabedor del carácter trabajador de su hija y yerno, con tres hijos a los que sacar adelante; y recordaba, ahora más que nunca, a su difunta esposa, aliviado de que ella no sufriera la vergüenza de acudir a la beneficencia al compartir su pensión. Éste sería para él su gran secreto.
Don Paco echaba de menos sus cafés de mañana en ese reducido bar que se veía desde su ventana, y no solo por el pestillo echado sino también porque ya no disponía de esa calderilla con la que pagaba su cortado. Pero lo que más añoraba eran sus charlas con Fina. Ella pedía limosna a la puerta, con una sonrisa puesta y ganas de alegrar. A veces quería un bollo, aunque nadie la escuchara, pero el dueño del bar, Pedrito, al que le dieron un carguito y seguía igual de humildad, a menudo la invitaba a desayunar, “pero de higos a brevas, no se vaya a acostumbrar”. Don Paco le compraba tostadas y la veía comer con dificultad, falta de dientes y sobrada de ganas de hablar. Y el anciano se empapaba del caudal que salía de su boca, atento a su mente lúcida y dispersa, en un cuerpo invisible y olvidado con los estragos de su libertad, pues así se sentía, “sí, Don Paco, soy pobre pero más libre que cualquiera, y cuando llegue la muerte bienvenida será”.
A pocos días del encierro, Don Paco se enteró por Pedrito del lugar donde la mendiga se resguardaba para no ser vista por las calles, y con la excusa de ir al supermercado visitó su mansión de cartones. “Mire, Don Paco, estoy mejor que nunca. Antes nadie me miraba pero ahora me cuidan como un perrillo abandonado”, y le enseñaba sus cajas de galletas y leche, pan, tortillas, torrijas con nata e incluso un pastel aún sin desmoldar. Fina se encogía de hombros, sonriendo entristecida; lo que antes era indiferencia ahora seguía igual, aunque disfrazando con caridad las ganas de figurar. Y mientras comía pipas y adornaba su choza con lazos hechos con papel higiénico, le contaba que antes de que la mala suerte la dejara sin casa, ya era pobre al no encontrar trabajo, al no poder pagar sus deudas, al rebuscar entre la basura algo que comer queriendo tener la cabeza alta, mientras los mandatarios del país, que debían ayudarla a mantenerse erguida, estrujaban sus esperanzas con obligaciones e impuestos. “Verá usted, Don Paco, es bueno ser bueno, pero ahora deben ser malos y exigir. ¿Por qué donaciones de empresarios, de bomberos, de asociaciones de modistas; por qué gente sencilla y sin dinero regala refrescos y agua a policías y transportistas, cuando son los que mandan quienes deben actuar así? ¿Por qué aplausos a las ocho para sanitarios en vez de pagarles más? Menos aplausos y más salario. Pero claro, ser palmero sale más barato a los jefes del cotarro. No, no; nos han abandonado. Dan una subvención al que debe doscientos, y al que ya tiene cien le regalan quinientos. Palmitas y aplausos a las ocho, ruidos para que no se oiga el silencio que queda entre los escombros después de la guerra, y poder reanudar la rutina, si se puede, sin que nadie se dé cuenta”. Media tostada le pagaba; ésa era su propina a cambio de las verdades de Fina.
Días después fue localizada y obligada a acudir al polideportivo donde los indigentes se aparcaban. Y tristemente reía al comprobar que el mismo que la dejó en las calles, ahora la arrancara de ellas y le diera techo, mientras Don Paco, Pedrito, el del bar en quiebra, Charo, a la que nadie aplaudía a las ocho por coser quince horas al día, la esposa de Jesús, el pescadero, que cuadraba sin que nadie la viera cuatro albóndigas para seis con amarga maestría, Silvia, guardando sus ilusiones en un cajón junto a revistas de trajes de novia, después de sepultar la caja de Doña María, su madre; Tomás, oyendo en la televisión con el estómago descompuesto las cifras de E.R.T.E. junto a las muertes del virus, sin tener claro en qué bando se situaba él, aún estando vivo, y Manolo, que con el dinero que ahorró para un coche nuevo le llenaba la vieja despensa a sus hermanos y sobrinos; a todos ellos, el techo de sus casas se les resquebrajaba con los miedos y penurias hasta casi ver el cielo abierto.
Es curioso que cuando alguien se acordó de Fina y la pusiera entre ladrillos, aunque mucho antes la desahuciara, fuera el momento en que se contagió y murió. Ahora era una víctima de la epidemia, con nombres y apellidos, de minuto de silencio y crespón negro, pese a que antes de todo esto solo fuera alguien a quien invitar a un simple bollito para desayunar.
Fina ha muerto; todos la matamos con nuestra desgana, dejándola abandonada igual que hacen con nosotros los que tienen el manejo. Con Fina mentí, pero cuando todo esto acabe, sin Fina seguiré mintiendo. Que nadie aplauda más; que el telón baje ya.
ANA Mª GARCÍA YUSTE

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