122. PÁJAROS QUE NO VUELAN

               Señalé con mi dedo el lugar donde la conocí. “Allí”, me dije a mí mismo, ése minúsculo punto en el horizonte, pequeño e impreciso, que guió mi vida por completo. Cuánta belleza; había tanta, que sentí ganas de gritar.
Cierro los ojos y la veo, bailando sola a orillas del mar, con una atronadora música y su perro por compañía; mantengo esa imagen en mi memoria y huele a sal. Tiene el pelo largo, y en cada salto se ondula como una suave estela de humo que se trenza en el aire con los brincos, y luego se desliza con el tacto de la seda. Mece los brazos y parecen de goma, y aunque el ritmo de la canción sea acelerado, el compás de su cuerpo parece flotar despacio en mi imaginación. Vuela, no pesa, se eleva, mientras sonríe y no le importa que la vean. Pero yo la veo, y no sé explicar bien lo que vi; con casi treinta años entonces, el suelo de lecho y de techo el cielo, con mi mala vida y mi peor cabeza, creía que no podía querer, que ya no tenía capacidad de amar, y me equivoqué; algo en aquella perfección de la playa me arañó el corazón y me desgarró por dentro.
El perro olfateó al aire y me descubrió; ladró. Ella detuvo el baile, aserió el rostro y cogió un bastón del suelo; alargó el brazo y el animal acudió. Mientras se marchaba apurada, guiada en la ceguera por su lazarillo, apremió el paso y desapareció. De lejos apagó la música, pero para mí la melodía seguía sonando.
Mucho, poco o nada puedo decir de mi persona, según se mire. De mi mala suerte, que a veces cambió, con algún sencillo trabajo que me reguardó de las calles, aunque también del calor de las estrellas sobre mi cara cubriéndome en la noche. De mi mala cabeza, que en ocasiones se encauzaba, movida por la ilusión de poder cambiar, de ser otro distinto a quien era, un papel blanco donde escribir de nuevas, pero el pliego se volvía a arrugar recuperando la forma por donde siempre estuvo doblado. De mis malas compañías, que en algún momento las olvidé, aunque había instantes en que encontraron abierta la puerta e irrumpieron en mi casa con sus tufos a drogas y alcohol, quebrando en escombros todos aquellos ladrillos que me protegían, e impregnándola de un insoportable hedor a frustración. Pero ella…
Ella bailaba todas las mañanas. Cuando yo terminaba de madrugada mi jornada en los almacenes de puerto, hacía tiempo en la playa y la esperaba, oculto tras algunas rocas. En cuanto llegaba amanecía, saliera o no el sol. Es curioso que estando ella a lo lejos, fuera yo quien me viera pequeño a su lado. Qué bonita era, y no me refiero solo a su cuerpo sino a esa deliciosa rutina que repetía cada día frente a un mar que no veía y con esa expresión de absoluta satisfacción. Verla era algo limpio; mirarla vaciaba de cualquier impureza todo turbio pensamiento con el que el amor a veces nos confunde. Qué bonita era, y que vulgar yo.
Como a cada alba ella no faltó a su cita, aunque lloviznara; tampoco yo, aunque reconozco que estaba empapado, más que de lluvia de alcohol. Pensé que los sopores del tinto me hacían ver alucinaciones pero no; alguien se le aproximaba y el perro ladró. Apagó la música y noté cómo se asustaba ante la fiereza de su lazarillo. El hombre movió las manos delante de ella, advirtió su ceguera y sonrió. Fue así como la conocí, defendiéndola de otro borracho como yo, que quería romper su vulnerable inocencia. Cuando el agresor se marchó, más persuadido por los colmillos del perro que por mis patadas sin tino, ella me lo agradeció. Se acercó a mí; no podía verme pero sí olerme, percibir el látigo a pescado, sal, sudor y alcohol que yo desprendía. Pero extendió su mano y la tomé cohibido. Yo, yo la toqué. Cerré mis ojos a aquel tacto y recobré la memoria de aquellos lugares donde existía el calor de un abrazo, el orden, un abrigo recién lavado; pero los jugos en mi aliento me despertaron, Solté de inmediato su mano, evitando que la mía la manchara y retrocedí. Qué sucio me sentí a su lado; qué sucio y pequeño me vi. Y qué triste también.
Desde ese día espació sus bailes en la playa, y aunque supiera que no acudía todas las mañanas, yo no faltaba con la esperanza de volver a disfrutar de la felicidad que ella emanaba. Pero no me importaba pues un día la seguí y descubrí donde vivía, donde trabajaba, donde compraba, y me convertí en su sombra cada vez que podía. Y es curioso que siendo mi objetivo protegerla de todo mal, fuera yo el tipo de persona del que desconfiara. Qué extraño; tan cerca de ella como lejos, en el empeño de un amor en silencio que me impuse para ganar ante mí mismo mi propio respeto y no avergonzarme ante ella. Pero nunca llegaba a la meta, anclado en mi botella, y la veía cada vez más alejada; y con el paso de los años, yo igual de borracho pero más viejo, ella hermosa y delicada, pasando la vida acompañada de su perro sin saber que otro lazarillo seguía escondiéndose tras las rocas para admirarla en secreto.
A veces me daba la impresión de que sabía de mi presencia, pues elevaba su olfato para captar la esencia en el ambiente y luego sonreía, mientras su guía movía la cola porque ya me conocía. Tanto tiempo ya, casi cuarenta años pasados, litros de alcohol, noches al raso, insulsas parejas de alcoba, y la vida se escurría sin haberla disfrutado. El médico dice que poco, un mes quizás, y la tierra que siempre tuve por lecho será ahora mi sepultura. Miro ese pájaro; es un polluelo que no puede aún volar. Sus plumas asoman pero todavía es incapaz; sin embargo insiste y se golpea. Lo intenta de nuevo y vuelve a estrellarse contra el suelo. Me recuerda a mí, un ave que quiso volar alto pero su plumaje mojado se lo impidió, que quiso tocar el cielo pero nunca despegó; eso soy yo, un pájaro sin alas.
No fue falta de decisión; era tan perfecta, tan pura en un mundo desalmado, que no quise estropearlo. Así debía ser, frágil y férreo, como ese hielo duro que se derrite con una simple mecha, resguardada toda fuente de calor que pudiera ablandar su fuerza. A poco de morir hago recuento y me pregunto qué fue de la verdad, dónde quedó aquella belleza que debía brillar en mi cara cuando la miraba a escondidas y que nunca me atreví a ver de cerca por miedo a perder algo que nunca tuve pero del que era su más absoluto enamorado. Yo no podía querer, no tenía capacidad de amar, pero unas tímidas plumas aparecían cada vez que yo la veía bailar, escondido tras las rocas; y me hacían volar.
Me acerco a ella en la playa, extiende hacia mí su mano y la tomo sin dudar. Bailamos, y las olas nos mojan los pies. Siento cálido el mar. Avanzo y me hundo un poco más; suelto su mano y miro hacia el frente. Imagino que ella sigue con su danza mientras mi resaca y la del mar poco a poco me dan la bienvenida, dejándome pasar. Yo nunca fui cobarde; solo soy un pájaro sin alas que siempre quiso aprender a volar.
ANA Mª GARCÍA YUSTE

2 comentarios en “122. PÁJAROS QUE NO VUELAN

  1. Me gusta tu forma poética de narrar, tu uso de metáforas estilizan el texto y lo dotan de una carga emocional que se siente en cada una de tus frases. Me gustó mucho, enhorabuena y estaré atento a tu próximo relato. Un saludo!

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