120. LA POBREZA Y LA RIQUEZA

LA RIQUEZA

-Déjalo, mamá; no necesito otros zapatos. Con un poco de pegamento, a éstos les pongo una chapita en la suela y tapo el agujero.

-Pero entrará humedad…

-Qué va; con unos calcetines gordos…. Más necesitas tú un abrigo; a ése ya apenas le queda tejido para enmendar.

-Tonterías. Es caliente y no voy del todo mal.

-Da igual. Ya te he comprado uno; es del mercadillo y casi no se nota que es de segunda mano.

-¡Hijo! ¿Pero de dónde has sacado…?

-De trabajar. Recogí chatarra varias semanas y he podido ahorrar.

– No, por favor. Debes emplear tu tiempo en estudiar.

-Y eso hago, tú lo sabes. Pruébatelo. Creo que he dado con tu talla. ¿Te gusta, mamá?

-Es lo más bonito que me han regalado, pero podría haber seguido tirando del viejo. Lo importante eres tú, que te vean bien arreglado.

-Tú eres más importante para mí que lo que los demás piensen sobre mi ropa. Además, ¿crees que no me he dado cuenta de que la despensa está llena desde que has vaciado tu joyero?

-Mi niño…

-No te preocupes. Antes o después todo cambiará. Échate ahora a descansar. Son las once de la noche; has llegado muy tarde de trabajar. Yo fregaré los platos.

-¿Qué he hecho para merecer algo tan grande como tú?

-¿Y yo, para que me quieras tanto?

 

LA POBREZA

-Mírala. Se cree que no me dado cuenta, pero está claro que le pone los cuernos a su marido.

-¿Con el profesor de fitness? Pero si con ese culito parece del otro lado…

-Ya ves. Debe ser una fiera en la cama.

-Y ella un buen pendón. Además, ¿no has visto qué ceñidas les quedan las mallas? Eso es para calentar al personal.

-Aparte de los años, porque ésa, menos de cuarenta no tiene. ¡Anda!, que viene.

-Hola, chicas, ¿qué tal? ¿Reponiendo fuerzas con un zumito? Se os ve genial. Adiós, guapas.

-¡Madre mía!, ¡qué morro tiene! ¡Poner buena cara, si no hace más que criticar!

-Es una hipócrita, y envidiosa además. ¿Recuerdas cuando me traje al gym mi nuevo coche? Pues noté que por dentro ardía. Al día siguiente obligó al cornudo de su marido a que la trajera en moto con chupa y todo.

-Oye, ¿y el marido no es aquél, el de la Harley?, ¿el que espera junto a la puerta?

-Parece que sí. Y fíjate ella, qué falsa es. ¡Menudo beso le ha dado!

-¡Y qué abrazo él! Cualquiera diría que están enamorados ¿Y quién será ese que sonríe tanto y parece afeminado?, ¿el que saluda al monitor de fitness y se acerca a él?

-Pero, ¡si le ha cogido del culo y se han besado! ¡Es gay de verdad!

-Uf, qué tarde se me ha hecho.

-Pues anda que a mí… Me voy rápido, que tengo sicólogo.

-Y a mí me toca taxi, que mi marido hace hoy también horas extras. El pobre, es un  obseso del trabajo.

-“Ya, ya, del trabajo, más bien obseso a secas, que ya imagino yo sus horas extras. Por tal de no aguantar a ésta…”.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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