119. CÓRTAME UN TRAJE SEGÚN OSCAR

               A mí, básicamente, lo que me pasa es que esta vida no es como me la imaginaba y no quiero vivirla. Y he insistido para que me guste, pero no lo he conseguido; me he llevado muchos chascos y, uno tras otro, han hecho que pierda la ilusión. Por un lado, no encuentro pareja, y tan feo no soy; un poco de barriguita pero, por lo demás, del montón. Veo a muchos peores que se llevan a buenas señoras porque son señoras de su casa, y siempre están pendientes de sus maridos, con las rayas del pantalón planchadas casi a escuadra y cartabón, que apenas se pintan y visten discretas, y que se callan cuando tú hablas, pero yo no las encuentro para mí. Parece que escasea el material y, además, soy exigente.

                Aparte de no tener pareja, mi trabajo es una ruina. Soy modisto, pero no de esos que salen en la tele forrados de dinero y plumas, no; yo trabajo en un taller de costura y cumplo órdenes del patrón. Hago trajes a medida, chaquetas como féretros vistiendo al muerto, mi jefe cobra un pastón por ellos, yo un sueldo justo, y plumas no hay ninguna; quizás las de algún cliente, pero nuestras no. Somos un negocio serio, de impoluta fachada, pero para mí una ruina porque por las horas que le echo he adoptado la mala costumbre de juzgar  a las gentes por los pespuntes de su ropa, y ninguno pasa la criba de la mediocridad; la vulgaridad apaga cualquier posibilidad de que mi vida cambie, y ya está.

                Por otro lado, de familia solo me queda un hermano al que veo  una o dos veces al año con un café rápido. No me llevo mal con él; casi sería más concreto decir que no me llevo. Es también soltero, como yo, pero sus costuras son mejores que las mías, lo cual me produce una gran envidia, aparte de haberle envidiado toda la vida por ser el preferido de nuestro padre, que murió en su regazo sin arrugarle su perfecta camisa.

                En lo que resta a este desastre de exposición, la salud, más que de hierro parece de una aleación de titanio, porque no logro despojarme de ella. Lo he intentado varias veces. Me he tomado una caja entera de somníferos con tan mala suerte de que cuando me mareé, caí de boca al váter y se rompió la tubería, soltando una peste que me hizo vomitar y echar la papilla, pastillas incluidas. Otra vez me lancé a una vía de tren justo en el momento en que cambiaba la dirección del raíl, y ahí me quede yo, disimulando en el suelo que buscaba algo a cuatro patas y saludando a los pasajeros que me miraban. Un día, en el coche, pisé a tope el acelerador para estamparme contra un árbol, y cuando lo hice ni siquiera se dañó la carrocería pues se rompió la madera podrida como una varilla de trigo; ni el airbag se soltó.

                En fin, que la cantidad de intentos de suicidio se cuentan en función del tiempo libre que me deje mi profesión. Cuantas más prendas cosa, más cansado estoy, y al llegar a casa duermo; sobrevivo un día más. Lo malo son los fines de semana. Evito poner la televisión, si no se agrandan las ganas de terminar con todo. Repongo la nevera, hago limpieza y suelo acudir por la noche a un bar donde siempre disfruto de un par de combinados. Es allí donde observo las jaurías humanas, como especímenes en celo; ojeo sus ropas y me asqueo. Me excita tanto como odio verlo. Me atrae comprobar cómo se ridiculiza ante sí mismo el ser humano, cómo la imbecilidad se apropia de él con la misma facilidad con la que yo, pieza maestra del fracaso, me llevo a la cama a cualquier hembra más deteriorada que yo. Luego, regreso a casa, tiro la ropa interior y, después de ducharme, voy a mi cuarto de costura y observo el maniquí  donde cuelga el traje que compongo desde hace años para una mujer que no existe; me estremezco, mezcla de vergüenza e ilusión, y recuerdo los zurcidos que tenía el pantalón de la que me llevé a la cama. Es entonces cuando corto un hilván y se desploman por el suelo las lentejuelas del escote, deshaciendo la prenda igual que, en la Odisea, Penélope destejía para no tenerse que casar; y así nunca acabo este eterno traje para no tener excusa que explique que no tiene nadie a quien cubrir, que no tengo a nadie, que estoy solo. Joder, solo.

                Apago la luz. Quizás mañana vaya a la estación; a lo mejor esta vez no cambian los raíles del tren. Sería mejor cambiar de técnica. Hay un despeñadero grande a la salida de la ciudad. Puede que allí…

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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