118. EL CONTROL DEL ESFÍNTER

               “Pero qué pedrá tiene ese en los jocicos”. Cuántas veces habremos pensado algo así hablando con un sujeto cuyas paridas soltadas por boca son directamente proporcionales a  su grado de imbecilidad. No es solo por sus diarreas vocales, que tener cash a full es cool, que tomar bacon es un hándicap para la dieta, o que leen un best seller después de un filet mignón marinado con un caldo francés. Y lo digo porque yo, cuando tengo diez euros, flipo, porque como panceta aunque a las lorzas aprieta, y porque mientras leo el Marca me zampo un chuletón cojonudo con un cervezón, que me tiemblan las canillas solo de pensarlo. No, no solo lo que dicen sino cómo también, esa seguridad, esa contundencia con la que expresan sus pajillas mentales, la aplastante solemnidad con la que sientan cátedra ante un contertulio que sonríe, mientras agarrota el esfínter para no ser tildado de ineducado ante ellos.

                Y si hablamos de temas la cosa empeora, porque hoy en día todo es susceptible de ser analizado y, posteriormente, enjuiciado con tanta frivolidad como fácil es el eructo de soltar un insulto. Al que tiene fe en algún Dios se le señala como beato, ajeno a la realidad de tener los mismos pensamientos que todo mortal, reprimido a la cara que muestra, salido y destemplado en la cruz que nadie ve, que se fustiga el pecho para liberarse de la culpa que le crean unas normas que impone el hombre en el nombre del Señor. Al que no tiene esa fe, se le toma de intrascendente, falto en valores y moralidad, irrespetuoso con la religión de los demás, que banaliza esa cuestión a golpe de tambor y litrona; y ni lo uno ni lo otro tiene por qué ser.

                Al que defiende la vida con un vehemente “porque sí”, se le puede olvidar que ese feto que aún no ha nacido no tiene voluntad, pero el anciano que desea terminar lo que hace ochenta o noventa años comenzó en el interior de su madre sí la tiene, que ese milagro de haber vivido ya se ha extinguido porque no puede más y está harto de gritar que le dejen en paz, porque nadie le hace caso y se creen dueños de su vida, aunque solo sea suya y todos quieran opinar. Aquel que no quiere obligarle a sufrir la condena de sobrevivir atado con cables a una máquina, igual que el cordón de un embrión a su madre, y lucha para que las tijeras que los corten sean argumentadas, coherentes y legales, se les aplica la sentencia popular de asesinar, la de ser un caprichoso verdugo que lleva a cabo la pena de muerte en una vida que no ha llegado a ser y en otra que ya ha sido; y seguramente todos lleven razón, o quizás no la lleve ninguno.

                A los de chiste manido “¿qué cómo se llama a una gamba gay?, pues mariscón”, homófobos de mentira, que ríen con naturalidad la homosexualidad de un hermano; los que son de verdad, férreos defensores de la masculinidad, aunque en su casa, un peculiar fondo de armario se ilumine con potentes focos en plena oscuridad, pero no lo pueden contar por miedo al qué dirán.

                A los eruditos, que vocean la igualdad ante un auditorio atento al defecto de malinterpretar alguna palabra y poder regodearse en la miseria de no haber tenido el valor de reconocer que todos somos distintos, que hombres y mujeres jamás seremos iguales porque cada cual tiene su individualidad, ya sea ella directiva o él fregando escaleras de comunidad.

                A los retrógrados fachas, a los rojos de pro, a los radicales de diestra y siniestra; nadie puede contar su verdad, que la derecha avanzada, la izquierda en contra de la desigualdad, la línea recta del extremismo no pueden convencer, porque contados son los que creen ya. Que ante mil verdades, más vale ahora el peso de una mentira, y quien diga que no que levante la mano si está libre del pecado de no dejarse llevar por miedo a ser rechazado. Ya, ni de negro puedo ir a un funeral, que ahora se va de luto vestido de afroamericano, no nos vayan a echar encima al muerto y llamarnos racistas, que esa ropa, conmigo, nunca irá.

                Todo tiene su nombre, y lo que no lo tenga se lo inventamos; es casi una manía eso de catalogar. Lo cierto es que la vida nos hace expertos en eufemismos que, sin darnos cuenta, nos restan espontaneidad para ser integrantes de un grupo donde todos sus miembros viven en una plena y asumida soledad. Quizás algún día podamos relajarnos y no tengamos la presión de controlarnos, que podamos expresar con respeto lo que pensamos sin temor a la crítica social. Proclamemos el día del esfínter descontrolado, veinticuatro horas donde no apretar los bajos para disimular. Sería una jornada completa que te cagas, un puñadito de horas donde plantar pinos en una tierra donde las raíces puedan arraigar, y las que no, que se marchiten en su propia mierda.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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