116. PIEDRAS CONTRA EL VIENTO

               Subo mis manos por sus piernas hasta llegar a las ingles y arquea hacia atrás el cuello, esperando que trepe más. Cuando lo hago, emite un gemido y se deja llevar. Sí, es mayor que yo; casi me dobla la edad, ¿y qué? Me hace disfrutar, igual que yo a ella. Y es que cuando aprieta sus dedos contra mi espalda y se mece, se me olvidan los años que tiene. Entre mis brazos, a instantes de explotar de placer, es más joven que cualquier veinteañera. Es entonces cuando la miro y noto que me regala parte de sus sesenta inviernos, abandonándose a mis caprichos. Se agita a mis deseos, perdiendo la vergüenza, y se olvida de la compostura de actuar como una señora de su edad, resignada e insatisfecha.

                Es cierto que las arrugas bordean sus ojos, y que sus pechos aparecen caídos, pero también lo es que mantiene erguida la cabeza, en sus sitio y bien puesta. Senos caídos, ¿qué importa si me tengo que agachar más para poder lamerlos, si ambos quedamos después a la misma altura? Aún es delgada, aunque en su vientre hay estrías junto a una pequeña cicatriz que indica que ha sido madre. No habla de ello, no lo necesita. Yo tampoco lo quiero escuchar, pero admiro que tenga personalidad, que insista en sentirse viva con alguien que quizás sea más joven que su propio hijo. Me estimula pensar que el sexo conmigo le devuelva la lozanía que el calendario se llevó, colgando otro en la pared donde tachar nuevos días. Ha debido ser hermosa; aún queda rastro de ello, pero lo que en su rostro antes tuvo que ser belleza, ahora lo hereda una deliciosa serenidad, fruto de la experiencia.

                La veo y me gusta cada vez más, aunque me tilden de sinvergüenza porque, aparte de años, rebose dinero. Y me molesta porque yo, de cartera, voy bien cubierto; no la necesito para esto pero sí para gozar, para sentirme un objeto y dejar que se desahogue mientras estreno algún reloj, algún gemelo. Me excitan sus regalos; son un pago a su placer que acepto, y que deja claro que lo nuestro no es amor sino solo una satisfacción física que intercambiamos de vez en cuando, una especie de trato donde ninguno pide más que no hablar y disfrutar cada momento.

                Deslizo mi lengua hacia su boca y ella me recibe sonriendo; se deja, yo me dejo. Ni el carmín ni el brillo habrían hecho de sus labios algo tan jugoso como lo eran así, desnudos y limpios. La respiración se acelera, me acompasa el movimiento, me pide más y estallo entre sus piernas sintiendo cómo se funde a mi placer, a la vez que el suyo. Y ése último fue el instante, cuando viví el momento más erótico de toda mi vida, cuando el sexo terminó y me coloqué a su lado. Se giró hacia mí, me peinó con sus dedos y luego me besó, mirándome en silencio. Apoyó su frente contra la mía, y sus sesenta años y mis treinta y uno desaparecieron, entrando ambos de lleno en la adolescencia. Fue tan intenso como fugaz, unos segundos donde buscó un calor distinto al contacto con mi cuerpo, un lugar seguro y perfecto donde podía confiar, y donde yo tomé plena conciencia de lo que ocurría, de lo que me ocurrió. Acababa de incumplir un contrato no escrito; sentí la necesidad de hablar, de conocerla más, de saber algo de su día a día. Y también sentí algo más.

                Ella se irguió rápida y se vistió; sacó un regalo de su bolso y lo lanzó a la cama, marchándose después de un guiño. No sé qué me dolió más, si regresar a la treintena o que esa pulsera de oro entrara a medida en mi muñeca.

                Vieja dicen que es ella, aunque yo solo vea una joya labrada por el tiempo que ha caído en mis manos para que vuelva a brillar como cuando era nueva, mientras presumo de alhajas y me dicen que me aprovecho;  aunque he sido yo quien puso la trampa y me acabo de comer el queso. Sinvergüenza me llaman; lo soy, pero he lanzado piedras contra el viento y no lo he podido controlar. De todas las normas que he infringido en mi vida, no quererla ha sido la que más me ha gustado traicionar.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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