115. NADA

               Deja que te convenza; habrá sexo, y después recordaremos cuando comíamos palomitas a la sombra del ciprés. Ven, y te daré placer, y un poco de añoranza también, que no quede en el olvido que antes de nada fuimos amigos, aunque las risas y las bromas se perdieran por el camino y no las volviéramos a encontrar. Escucha, tengo argumentos que te pueden interesar; tras un masaje podríamos hablar del día en que nos conocimos. Hacía frio y llovía, pero ese instante se congeló con fuego en mi memoria para el resto de mis días como un abrigo cálido que hoy no me cobija del continuo aguacero que siento, aunque brille alto el sol. ¿Tanto hemos cambiado? He aprendido técnicas nuevas, posturas que te excitarán. Deja que te las muestre mientras te susurro al oído lo que quieras escuchar. No me importa, dime qué quieres que te diga, qué deseas que haga, y lo haré. Pero mantente a mi lado. Ya no importa que no nos veamos en la casa que alquilaste para mí, que nuestros encuentros sean en el mismos lugar donde fue la primera vez, este sórdido hostal donde pasas caja por haber estado conmigo. Ni siquiera echo de menos la intimidad del hogar que mantenías, siempre que yo fuera solo para ti, porque aún con una sola pared en ruinas, un inmenso techo nos cubría si  permanecíamos juntos. Pero tú no pareces pensar igual.

                Sé que la vida me ha cambiado, que la edad ha pasado a mi lado y dejado sus estragos con la misma crueldad que a todos, y lo peor es saber que cuando una joya desluce sus brillos su dueño no la valora igual, la arrincona en su estuche y se encapricha de otra y ya está. Y ahí quedo yo, ésa soy yo, la que se esquina en el joyero, la que se enmustia como las hojas de otoño a la espera de que la quieras rescatar; pero cada vez me relegas más, son mayores tus excusas, igual que el tiempo que espacias en volverme a visitar. Reconozco que nunca me has tratado como lo que soy, una cualquiera de las de pagar, aunque también te digo que sin soltar un solo céntimo por mí, con la misma fidelidad te habría seguido. La vida nunca fue justa, y menos para alguien como yo; nadie, nada.

                Quiero que sepas que aunque reciba a otros, mantengo el mismo sentimiento que surgió en aquellos momentos, tumbados a la sombra del ciprés, cuando comíamos palomitas. Qué dulce sensación imaginar que esto nunca se acabaría, a sabiendas de la mentira; qué gran fantasía. Cogidos de la mano bajo la frescura del árbol, me dejaba llevar por las caricias entre mis dedos sin levantar los pies del suelo, rozando la tierra donde el ciprés se aferra a sus raíces augurando el duelo que debía pasar, que ahora estoy pasando.

                Ya hace varias semanas que no vienes. Es muy extraño pero me siento mareada. A veces pienso que no soy yo, que me he desdoblado en dos y es la otra la que vive, pero yo no. Es una especie de nebulosa donde me muevo por inercia, mecida por embestidas y jugos en mi boca, pero no siento nada. Nada. Ya no siento. Soy un objeto más de la habitación. La patrona del club me mira a la cara; no sé por qué vislumbro pena en sus ojos. Me ordena descansar pero me niego e insisto en trabajar, evitando de mala manera el tacto de su brazo. Me observa retadora, traga saliva y se va; he hecho que se sienta como una puta que explota a sus pedigüeñas, he conseguido que se sienta como yo no me puedo sentir aunque lo sea más que ella. Yo no siento; todo me da igual.

Cuando ya no puedo más cierro el pestillo de mi puerta, enciendo un cigarro y me empiezo a desnudar. Lo decidí ya; la heroína hará su efecto rápido, como lo he planeado. Qué corta ha sido la vida, si es que alguna vez ha sido tal. Me alegro de este final. Vuelvo a la tierra, junto a las cepas del ciprés, donde nunca más me he de sentir sola.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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