114. GRITOS TRAS UN GOLPE SECO

               Desde que mi hija nos dejó, yo también he muerto. Solo oigo zumbidos; soy incapaz de localizar ningún sonido en concreto. Ruidos a mi alrededor, risas, palabras en alto, frenazos. Nada me sobresalta, quizás una sirena de ambulancia que pasa; supongo que me recuerda a ella, la última vez que la vi con un hilo de vida que después se rompió por completo.

                Hace meses que pasó, pero todas las mañanas se repite en mi cabeza el mismo golpe seco, los mismos gritos. Un melancólico “adiós”, una mala sensación y luego el golpe, los gritos. Ella no fue al colegio. Cuando salió de casa subió a la azotea y se tiró. Al asomarme para ver qué pasaba, mi vida se acabó del todo. Tumbada en el suelo, desarmada y rota, los quince años que tenía retrocedieron en el tiempo hasta la primera vez que la tuve entre mis brazos, el mismo instante en que nació. Mi mujer no dejaba se sonreír, ni yo de llorar de alegría; era lo más impecable y hermoso que jamás había visto, un milagro de carne sonrosada que no dejaba de levantar su mano buscando contacto con la mía. Qué perfección. Y así fue creciendo, regalándonos sus risas y alegrías, que cesaron en cuanto su físico cambió. Llegaron los kilos, y con ellos las burlas, los complejos y la incomprensión. Bromas que la hacían sufrir, comentarios que la machacaban, desprecios; un día, otro y otro y otro más. Y aunque esta situación se atajó con férreas medidas, la tortura de mi hija se extendió por cauces que ignorábamos. Algún cardenal que calló, empujones en silencio, y el miedo hizo el resto. Ella levantaba los brazos cuando nació en busca de mi contacto, en busca de un calor y una ayuda que no le supe dar, y por ello murió. Fue mi culpa, ha sido mi culpa la que se la ha llevado. Golpes secos y gritos resuenan en mi interior.

                Desde entonces, mi mujer no ha vuelto a sonreír, y yo, todavía, no he podido derramar lágrima alguna. Pero no es justo contar esta historia por el final como un cuento que acaba, porque el sabor amargo que deja no puede solapar la dulzura que viví durante sus quince años. De ella aprendí el verdadero valor del dinero, que los cinco céntimos que vale un caramelo llevan de vuelta miles de sonrisas al cambio; me enseñó lo que es la pena sincera, agarrada a un cojín cuando la madre de Bambi murió, me abrazó para que la aliviara y luego me sonrió. Me mostró también qué era el desconsuelo, cuando voló lejos y libre el gorrión que curamos, y encontró paz apoyando su cabeza en mi hombro mientras le reconfortaban mis palabras. Y el miedo, aquella noche de truenos, buscando cobijo en mi pecho, protegida de todo mal por este implacable caballero andante que no era otro más que yo, su padre. Qué gran maestra fue, qué sabia también, que con tan pocos años me explicó, y yo entendí bien, que palabras como “dinero, pena, desconsuelo o miedo” solo cobraban sentido si no me tenía a su lado, si yo no la tenía conmigo.

                Un hijo es un deseo que una estrella te concede, algo que te enorgullece con apellidos cuando antes solo tenías nombre, una lupa pequeña y suave que engrandece tus aciertos y errores. Un hijo te sobrecoge el alma cuando te regala su amor puro e incondicional, en estado salvaje, con tanta dignidad como la de un gigante; un espejo constante que muestra tu reflejo deformado o correcto con minuciosidad. Es un ser independiente que la naturaleza arroja a tus manos para que le enseñes a andar y luego lo sueltes, mientras sientes el privilegio de amar. Eso es un hijo, eso es y siempre será parar mí mi hija.

                Ella se fue pero me dejó sus enseñanzas; sonrío con su recuerdo pero no cesan de repetirse en mi mente los gritos tras el golpe seco. Intento llorar, pero todavía no puedo.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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