113. ¿CUÁNTO?

               Cuando yo era prostituta las cosas no eran iguales. Antes lo callábamos, hacíamos nuestro trabajo exponiéndonos en cualquier esquina y ya está. Luego, llegábamos a casa y, la que podía, intentaba pasar desapercibida en su entorno si vivía en un barrio normal, y la que no, como yo, soltábamos el bolso en la cama y nos echábamos a soñar que algún príncipe vendría en su carroza a rescatarnos de los malos y a llevarnos con él a su palacio. Pero la realidad era al revés del cuento; por muchos besos, lamidas o chupadas, la población de ranas iba en aumento. Sin embargo, ahora se ejerce hasta con aspavientos; salen en la tele y, mientras enseñan la cuerda del tanga, cuentan en alto el número de polvos que han echado con cualquiera que también se abra de culo o de piernas por una suma de dinero. Y no es que lo vea mal, casi envidio sus faltas de pudor, pero es que yo, puta o no, lo tengo. Incluso cuando trabajaba, me esforzaba en no perderlo. Entre salivas, meneos y espasmos, nunca olvidé que ese espacio de tiempo era solo una parte de mi vida, un trocito, igual que una función donde el actor, primero se maquilla y se viste como el personaje, y luego finge su papel hasta que acaba la representación, y el público le aplaude. Después, salía del teatro y, en mi casa del extrarradio, me desmaquillaba rápido, me duchaba y pensaba que alguna vez sería la actriz principal en un escenario distinto, lejos de callejones solitarios. Y aunque me dedicara a lo que me dediqué, siempre fui persona de valores; la honradez o la honestidad en nada les afectaba mi oficio, pues siempre las consideré por encima de todo, aunque algunos clientes se empeñaran en negarlo. A golpe de embestidas, jugos y orgasmos, cuanto más honda me la metían, cuantos más escupitajos, sangre y hasta mordidas, más claro aparecía el valor de lo que no tenía, futuro ni presente, pero sí un lastre de pasado, sucio y trasnochado, que me privaba de cualquier posibilidad de respeto; y aún sabiéndolo, no dejé que me arrancaran la esperanza de llegar a tenerlo. Soy una mujer con dignidad, por mucho que la vida me agachara y a cuatro patas me dejara sodomizar; fuera de la esquina, mi decencia no se podía tachar por los miles de hombres que me han pagado por sobarlos y por dejarme sobar. Soy una persona normal, pero de este trabajo una nunca se desprende fuera de su horario laboral.

                No todo fue malo. Algunos se enamoraron, aunque les cobrara veinte euros por desfogarse en mi boca. Otros me repetían, buscándome solo a mí entre todas las aspirantes del vertedero. Incluso uno me reservo la noche entera para que le leyera recetas de cocina mientras él mismo se tocaba y me demostraba el poder afrodisíaco de la comida; hasta yo misma me puse cachonda hablando de puerros y salchichas. Pero había algo que no soportaba, que siempre me hizo sentir mal  y que me causaba inseguridad, y eran los prejuicios, la crítica fácil y rápida, el enjuiciamiento barato; esas miradas furtivas de recato, lanzadas desde la comodidad, desde el sueldo seguro a fin de mes, desde la caña al salir del trabajo. Esas sentencias de hipócritas con señoras a cuestas que me señalaban con el dedo, aunque nunca tuvieran tan tiesa la bragueta como cuando pasaban a mi lado y después regresaran a mi cama sin ellas. Y yo digo que es indiferente de dónde proviene el sudor, que si el de ellos es de su frente, el mío procede de partes más bajas pero igual dan de comer, y de nada me he de avergonzar si no hago mal.

                Ahora tengo setenta y dos años e intento recordar todo de la mejor manera; me esfuerzo en no olvidar, pues soy lo que soy gracias a ello, a pesar de ello. Y aunque hace más de treinta años que no ejerzo, para los que me conocen nunca he dejado de ser puta, pero he aprendido a vivir así. La sombra de esa profesión me ha amparado tanto como me ha desnudado, por mucha que sea la ropa que lleve puesta. Y la soledad, que me ha buscado y encontrado sin dificultad, despreciándola y disfrutándola por igual.

                No me arrepiento de nada. Mi piel ahora está arrugada como cuando nací y el mundo aún no me machacaba. No esperaré sentada; salgo hacia la esquina donde trabajaba, en la que en este momento hay una cerrajería, y me apoyo en una barandilla. Un hombre, con gran cortesía, me agarra del brazo y me pregunta si estoy bien, creyéndome mareada; me extraña que no me diga “¿cuánto?”. No sé por qué, pero lo he añorado; me hubiera gustado escucharlo.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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