109. TE QUIERO

               Yo perdí la guerra. Dicen que la historia la cuentan los que la ganan, pero no; yo la he perdido. Perdí la guerra.

                Hay algo dentro de mí que me desconcierta. Es tan intenso el frío como el calor, esa sensación helada y tibia, absoluta y llena, que se vuelve distante cuando la duda asalta tu mente. Sé que insistes, que lo intentas; estoy seguro de que, cuando me sonríes, tu risa es sincera. Pero también sé que no es plena; el fantasma del miedo siempre está presente entre tú y yo. Y aunque me duela, te comprendo; debió ser duro recoger los trozos de una antigua relación que te dejó rota, y temes volverte a desgarrar. A mí, casi me pasa lo contrario. Yo no me he lanzado sino que me he encontrado nadando sobre tus aguas sin miedo a ahogarme; y solo cuando me imagino fuera de ellas, es cuando me falta el aire.

                Es muy extraño esto del amor. Siempre he sido independiente, pero nunca antes había sentido mayor libertad que la de estar, como ahora, atado. He estado con muchas mujeres pero no las he amado; con ellas me pesaban las cadenas, me hundía en un barrizal seco en cuanto salía de sus camas. Me asfixiaban. Y no lo entendía, pero ahora lo comprendo. Extraño, sí, pero deliciosamente imperfecto.

                Puedo decir que soy principiante en estas lides, pero afirmo con rotundidad, pese a mi inexperiencia, que nunca cambiaría una sensación así por muy mal que pudiera ser el final. No debo reprocharte nada, yo también estoy inmerso en este temor. Parece que buceo, que no hay nada bajo mis pies y me dejo llevar con agrado por la corriente, en la altura, bajo el océano; y no se oye nada, no siento vértigo. Formo parte de todo lo que me rodea, lo acabo de descubrir, pero parece que es ahí donde debo estar, contigo, a tu lado. Lejos quedó de mí aquel cazador que cautivaba a sus trofeos a reclamo de bolsillo y sonrisas, apenas me acuerdo envuelto en otras sábanas si no huelen a ti. Y no quiero más momento que éste, el mundo se inicia ahora y no hay más, que contigo bajo un puente y dos lonas tengo mi hogar. Es lo más puro y humilde que poseo, lo más cierto, la mayor verdad. Te quiero, y lo que pase mañana no importa. Me aferro a ti con ambas manos, y si luego he de abrirlas para dejarte marchar lo haré, si tú me lo pides, porque deseo tu felicidad; y aunque no sea conmigo lo voy a aceptar, porque te quiero. Te quiero. Y aunque te marches y te lleves parte de mí, no importa; guardaré tu recuerdo como una joya incalculable que me enseñó que la perfección existe, a la que amé sin conseguir que fuera mía, y que aún perdura, aunque se amarre a otros brazos, aunque respire otros alientos.

                Siempre creí que fui yo quien perdió la guerra pero en este momento noto cómo me miras a los ojos, callas y sonríes; y no sé por qué, pero ahora siento tu risa plena. Prolongas el silencio, me acaricias la cara y apoyas un dedo en mis labios. Desnudos ambos, me besas y luego echas tu cabeza sobre mi hombro susurrándome dos palabras con las que acabas de arrasar con un ejército entero, convirtiéndome en vencedor único.

               Me dijiste al oído: te quiero.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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