108. LA OTRA

               Sentí su aliento en la nuca y esperé; sé que quería algo pero fingí estar dormida. Escuché su respiración descompasada, su calor contra mi espalda, y me esquiné aún más en la cama. Estaba muy disgustada; él llegó, como siempre, demasiado tarde. Durante más de dos horas y media había estado preparando una exquisita cena, con una mesa impecable dispuesta en mitad del salón, con esa música que tanto le gustaba; incluso velé la luz con un tul rosado sobre la lámpara para que el ambiente fuera más adecuado. Carmín rojo, ropa interior de encaje y un ceñido vestido de su color preferido, azul celeste. Pero esperé, y esperé, y el pintalabios se fue borrando, igual que evaporando el aroma con el que me perfumé; la comida fría, el champan caliente, y esa eterna sensación de saber que pasaría y no poderme quejar; porque yo soy la otra, la que todos tildan de puta aunque mi único pecado sea quererle como él nunca me ha querido, la rompematrimonios, pese a que ese oro que lleva en el dedo se convierta en chatarra solo por su puro capricho, por el vulgar placer de disfrutar otras sábanas mientras yo espero y espero, incluso con la luz apagada, a que él regrese a arrugarlas y arañar un puñado de su tiempo para mí sola. Con eso siempre me he conformado; soy la segunda, la alternativa, solo visible cuando se ha de criticar, porque por lo demás no existo.

               Pero es que yo le quiero de veras asumo mi parte de verdad, la que me dice que soy tonta por aceptar estar donde estoy, la que me asegura que no voy a recibir más. Le quiero y soy tonta; ambas hacen una gran realidad. Sé donde estoy, y también donde nunca voy a llegar, pero no puedo evitar que un júbilo casi adolescente se adueñe de mí cuando le oigo abrir la puerta, y la misma intensidad pero en tristeza cuando se va.

                Es extraño que me tenga en tan mala estima; creo que siempre he sido formal, buena profesional en la oficina, responsable para los demás, agradable en el trato; pero ojeando este listado compruebo que en todo lo enumerado falta lo principal, que soy yo misma. Me suelo adaptar demasiado, aunque sea consciente de que pierdo mi propio molde, y ya me empiezo a cansar.

                En plena soledad, recapacito si él necesita de mí más de lo que es evidente, y llego a la rotunda conclusión de que no; que teniendo una esposa que le quiere y a la otra, que soy yo, aún busca en otros lechos la manera de arruinar la joya que luce en el anular, aunque yo solo sea una baratija entre sus dedos, y la que llegue otra bisutería más.

                No, no creo que merezca esto. Dos horas y media de cocina, una estúpida música ambiental que nunca me gustó, y este vestido apretado de un insulso color, tan insustancial como la posibilidad de que alguna vez esto cambie; y además un año de relación. Tiré el guiso, el vino y el vestido, y arranqué el tul rosa de la lámpara, regresando el blanco al salón. La estancia quedó fría. Por primera vez desde hacia doce meses iba a decidir yo; creo que he estado toda mi vida esperando ese momento, un instante de sinceridad donde poder mirar mi cara y ver que mis facciones habían desaparecido para dibujar las de los demás. Me metí en la cama y esperé hasta sentir su aliento en la nuca. Cuando él insistió a mi frialdad me giré y le hablé despacio. Después me hizo caso y se marchó para no volver más.

                Ahora estoy sola pero conmigo; parece una obviedad pero no lo es. Todo se reduce a una cuestión de respeto ya que, si no lo tengo por mí, ¿quién más me lo tendrá?

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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