107. LA LEYENDA DEL APRENDIZ

               Cuenta la leyenda la existencia de un viejo sabio que vivía solo en el bosque. Hacía mucho que decidió retirarse allí, lejos de ruidos, personas y cosas, para disfrutar de la soledad en plena comunión con la naturaleza. Pocos eran los que tuvieron la suerte de hablar con él, pues no quería ser encontrado, pero cuando dejaba que así fuera, los afortunados regresaban con enseñanzas que cambiarían el rumbo de sus vidas, con unos giros tan drásticos y acertados que pronto cundió la voz de los milagros que obraba su sabiduría.

                Decían de él que se había despojado de todo lo superficial, que vestía a escasos límites de la decencia, que sobrevivía de hierbas, semillas y raíces que convirtieron su famélico cuerpo en un templo para la meditación donde encontró la paz que tanto ansiaba y la erudición para sus palabras. Relataban, también impresionados, cómo los animales de las montañas se le aproximaban sin miedo, dejándose acariciar, llevándoles incluso comida que él aceptaba con espiritualidad y agradecía con manos en rezo. Luego, la compartía con el visitante y, tras comer frugalmente, se retiraba a orar en alto, meciendo su cuerpo al son del aire. “El Aprendiz” se hacía llamar, cuando para los pocos que le conocieron era todo un maestro.

       Tras la contemplación, cuando parecía que encontraba un estado de aletargamiento en una especie de conjunción alma-cuerpo, se dejaba preguntar, y su voz, solemne y lenta, exhalaba un hálito de conocimiento perfecto que podía guiar en plena oscuridad; y el viajero accedía a la razón plena, sus ojos se abrían y se iluminaba la senda para el camino recto.

-Mi señor Aprendiz, ¿qué he de hacer para no volverme a equivocar?

-Confiar en ti mismo y dejarte llevar por tus sentidos. Tienes cinco, ¿acaso todos van a errar?

                Al regresar a sus casas, impregnados de clarividencia y paz, el triste reía, el que sonreía reía más, el huraño se destensaba y el perdido se empezaba a encontrar; el inflexible se relajaba, el que rehuía un compromiso ahora lo buscaba, o el que antes dudaba ya no vacilaba. Incluso se sumó al buen hacer del ermitaño la capacidad de sanar: una cojera que ya no estaba, algún mal irremediable que desapareció, sonidos que regresaban a oídos sordos, igual que imágenes a ojos sin visión. Y el nombre de “El Aprendiz” resonó entre ecos que voceaban sus portentos cada vez más lejos, de la misma manera que él se ocultaba más adentro de los montes para no ser localizado, molesto ya de tanto ruido y consejo. Pero ocurrió que en su busca, la mano humana fue desbrozando el campo, pisando hierbas, ensuciando; ramas que se partían, pequeños incendios, animales que no volvían. Y una mañana en la que “El Aprendiz” lloraba ante esa visión, desapareció y no se dejó ver más.

                A pie, en silla de ruedas, en moto y en bicicleta; lisiados, deprimidos, curiosos y demás, insistieron en su hallazgo pero no lo consiguieron, y tras un mes más de acampadas y destrozos, el bosque quedó de nuevo solo, en silencio, aunque algunos de los bendecidos por sus milagros decían escuchar al pie de la montaña un profundo lamento.

                Tan honda era la fe en él que, en agradecimiento, le erigieron una estatua con su nombre que fue colocada en la loma donde se le vio por última vez, y a la que abrieron accesos para que los impedidos pudieran venerar la imagen en un viacrucis incesante de adeptos. Poco después, en la carretera que llegaba a la escultura, se fueron situando comercios de ventas de recuerdos, con figuritas del ermitaño a lomos del toro de Osborne o tocando las castañuelas, un cajero automático e incluso una hamburguesería. Pero lo más emotivo fue la inauguración del “Parque Acuático El Aprendiz”, que se llamó de esa manera en devoción al santo. Mientras se cortaba la cinta del estreno, las gentes se santiguaban delante de las estatuas que coronaban cada una de las atracciones y toboganes, y aplaudían entusiasmadas.

-¡Gracias!, gracias por tan magnánima obra de reconocimiento- sacudían enérgicamente la mano del gerente-. Toda esta agua es como un bautismo a la vida del sabio.

-Es verdad que sí- respondía el otro, asumiendo con respeto la máxima que acababa de oír.

                Luego, se giró hacia su socio y le cuchicheó al oído.

-Eres un genio, Fermín. Si no te hubieran inventado toda esta patraña seguirían negándonos las licencias para construir aquí. Sí señor, un genio. Por cierto, ¿dónde está ese fumao, el aprendiz?.

-Míralo- le señaló con la cabeza-. Ahí está, hinchándose a canapés. Después de una ducha, un corte de pelo y barba y de haber engordado, nadie lo conoce, y menos aún con la ropa puesta.

-Qué bien le habrán venido los diez mil…

-Y tanto, y a los otros que contaban lo de los milagros ni te cuento; a mil euros el bolo…

                Dos del público se les aproximaron.

-¡Gracias, de verdad!. Esto es maravilloso. Qué gran sensibilidad han tenido.

                Cuenta la leyenda la existencia de un lugar donde las mentiras no existen, donde el malo siempre pierde y donde la buena gente es feliz con lo que tiene y no desea más. Y como leyenda que es, nunca se hará realidad.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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