106. SALTANDO CHARCOS

               Recuerdo la primera vez que le vi. Él llevaba esa chaqueta gris que, cincuenta y dos años después, aún guardaba en el armario, y un pantalón a juego pero deslucido por el uso. Qué alto era, y también qué guapo. Yo paseaba con mi amiga por la calle central donde la juventud nos dejábamos ver, cuando él pasó a mi lado y me sonrió; en esa tarde lluviosa pareció que acababa de salir el sol. De reojo noté que uno de sus compañeros le dio un codazo y se me acercó; me preguntó algo sobre la hora y, desde entonces, las seis y pico de la tarde de un octubre de mil novecientos sesenta y siete nada nos separó.

                Nos casamos pronto pero los hijos no llegaron, en una época en la que la maternidad daba sentido a las mujeres y a la que no, la inutilidad la relegaba a un segundo plano, pero David nunca pensó así: “como no hay que repartir, todo mi amor siempre es y será para ti”, me decía, cuando sabía que la desilusión me quebraba. Sé que le hubiera hecho más feliz, pero también que me adoraba.

                Los inicios fueron duros; saltábamos charcos pero nunca nos ahogámos. Había poco dinero; aún así nos las ingeniábamos para sobrevivir; y aunque la despensa estuviese vacía, con un par de mantas y un abrazo el hambre desaparecía. Luego, mi marido encontró un empleo mejor, y poco a poco fue ascendiendo a un cargo que, en más de una ocasión, nos obligó a ponernos a dieta. Qué felices fuimos siempre, con calderilla o con billetes, con bocadillos o caviar. Puedo decir que fui la persona más dichosa del mundo hasta que ocurrió; y la vida se nos desmoronó por completo. Aquel resbalón por la montaña en nuestros paseos, aquel barranco que no vimos dejó a David postrado en la cama con una lesión medular de la que nunca se iba a recuperar. A Dios le di las gracias de que no muriera, pero él, desde el principio, no pensó igual. Ahora, después de dieciocho años encarcelado a unas sábanas con los grilletes de la inamovilidad, le entiendo mejor que nunca. Dios ha quedado lejos cuando más cerca lo tengo; Él lo comprenderá.

                Esa mañana le peinaba. Mi marido me sonreía pero su expresión era extraña; no sé si su alegría era sincera o fingía. Le tomé la cara y le besé. Ni la enfermedad ni las arrugas le afearon; para mí seguía igual que cuando me enamoré, pero había algo que había cambiado en su rostro. Era como esa luz inocente en los ojos de un niño que mira desde abajo un peluche en la más alta de las estanterías. Luego me lo explicó;  creo que en ese momento morí un poco. Quería que yo le diera las escaleras para subir y poder coger el muñeco, jugar con él en plena libertad en un lugar donde no fueran necesarios pies ni manos y por fin descansar. Ese instante se congeló en mi memoria para el resto de mis días, unos segundos donde mi instinto inicial fuel llorar, reprochar, gritar y, al final, derrumbarme en la cama a su lado. Fijos ambos en el techo, atenta a sus palabras, me rompí por dentro, igual que él su columna cuando cayó por el despeñadero.

                Después de aquello todo cambió para mí, aunque me esforzara en no aparentarlo. David no volvió a comentar nada sobre ello, pero su sonrisa apagada hablaba, su mirada huidiza, sus silencios. Estuve cuatro años sufriendo el tormento de debatirme entre el bien y el mal, sin querer llegar a la conclusión de cuál de los dos era el mejor, o de qué parte de mí misma me habría de despojar si aceptara ese terrible encargo que me pedía. Yo le entendía, atado noche y día con un yugo que lo hundía cada vez más en el charco, pero me resultaba imposible pensar en la vida sin él; y es que el amor a veces te hace egoísta. Por tenerlo a mi lado no podía abandonarlo a estar siempre conmigo aunque supiera que me quería, aunque nunca yo le hubiera querido tanto.

                Le vestí con esa chaqueta que, cincuenta y dos años después, aún guardaba en el armario, y me senté a su lado. Tras dieciocho años en la cama creo que fue la primera vez que le vi sonreír de verdad. Respiré profundamente y preparé la jeringuilla, como bien había estudiado; le tomé el brazo y titubeé entre escalofríos, pero continué. Mientras le inyectaba él me miraba fijamente en silencio hasta que debió notar el sueño y susurró un “te esperaré”. Ya no despertó más.

                Después de varias horas sentada frente a él, hago las llamadas que debo hacer y espero. Oigo bullicio en las escaleras, abro la puerta y todo me da igual. He infringido leyes humanas y divinas. Me postraré ante Dios pero no pediré perdón. Yo morí allí; no me importan las condenas. Ninguna cárcel será peor que ésta que llevo dentro.

ANA Mª GARCÍA YUSTE.

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