105. LA RAMBOAVENTURA SEGÚN FLORO

               Ola, soy el Floro y menterao de que el Pogaino se nos va. Y lo sé porque le oí hablar por teléfono y le contaba a alguien que le quedaba poco, dos o tres meses para que todo terminara. Qué pena más grande me dio porque el hombre era bueno y desgraciado; bueno porque sí, y desgraciado también porque sí. Y eso. Que siempre tenía buena cara para todos y hacía muy bien su trabajo, que por cierto, de ahí lo del Pogaino. Y es que el alcalde le buscó un trabajillo en el punto de información del pueblo, y cuando le preguntaban alguna dirección siempre decía, “pogai no, pog el otrgo lao”, y no sabíamos si la falta de pronunciación de la “R” era por ser chinoadicto en las tiendas de todo a cien, o por un frenillo en la boca. La cosa es que siempre andaba con un cigarro en los labios y todos se lo decíamos, “oye, Pogaino, que siempre andas con un cigarro en los labios”, y él se encogía de hombros y le daba igual. Y, claro, le ha debido llegar la enfermedad del tabaco. Entonces se lo conté a todos a escondidas y se pusieron fatal.

-Coño, qué pena. Siempre se van los mejores.

-Qué verdad más grande, coño.

-Coño, joder ya.

                Y como el que no quiere la cosa, me tocó entérame de algo que le hubiera gustado tener o hacer, y entre cervezas y toses me contó que le hubiera gustado ser como Rambo, “Gambo es un hégoe”, y vivir como si hubiera salvado el mundo. Asín que entre el alcalde, el Chóper, llamado asín no por tener una moto chula sino por hincharse a bocatas, el Pinganillo, mote puesto no por llevar auriculares sino por tener pequeño el paquete, y yo mismo, hicimos un castin para elegir al personal que iba a actuar en la “RAMBOAVENTURA”, y regalarle la experiencia de ser un superhombre por un día; algo así como un parque temático solo para él, pero sin parque ni temático, sino más bien como un teatro de pueblo en las verbenas del santo.

                Como el Pogaino era muy querido, y aunque no iban a cobrar nada, se presentó muncha gente al reparto de personajes en una función en la que todos se volcaron para que la última ilusión del hombre se hiciera realidad. Para el papel de damisela en apuros escogimos a la Damiana, y no por dulce sino porque estaba cuadrada. Ella se dedicaba a cargar camiones y a conducir tractores, y eso le dio muncho músculo, y para algunas escenas de la historieta que ideamos iba a ir bien.

-¿La Damiana?- preguntaba extrañado el Choper-. Pero si esa me ha dicho que se llama Ana, que es  leidi Ana.

-¿Eh?. ¿leidi qué?- el alcalde suspiraba-. A ver si nos repasamos el oído. Lesbiana, que es lesbiana.

-¡Coño!- se golpeaba el otro la frente- Lesbiana. Por eso me arreó un sopapo cuando le toqué el culo. Ya me extrañaba que no quisiera cuentas conmigo; con el partidazo que estoy hecho…- eructó y se desató el cinturón, desparramándose la barriga por encima del pantalón.

                Empecé a pensar que la cosa podía salir mal.

-Bueno- el alcalde andaba por el salón donde todos, menos el Pogaino, nos habíamos reunido-. Vosotros cinco hacéis que vais a robar el banco. Tú, Floro, te lo llevas allí con cualquier excusa- y yo asentí muy seguro de mí, aunque luego lo apunté en una libreta-. Después, el Choper y el Pinganillo, también cubiertos con pasamontañas, entráis a tope y pegáis a los que hemos seleccionado de público, y como no os dan dinero secuestráis a la Damiana y os vais pitando en un coche que tendréis preparado a las puertas, mientras ella grita pidiendo ayuda al Pogaino.

                Risitas de la mujer al fondo, acompañada de su grupo de amigas que, así de lejos vistas, parecían el escuadrón de la muerte; muy seguro de sí debía estar el Pogaino para salir en su auxilio.

-La poli nos presta dos coches y vestuario- prosiguió el alcalde-. Ya os lo repartiré. Por lo demás, todo está claro, ¿no?- afirmación general-. A ver si esto sale bien, y nuestro Rambo salva a la Damiana de los malos- añadió con cachondeito.

                Nos pasamos la noche organizando los detalles para que a la mañana siguiente no quedara cabo suelto. Y asín fue. Conseguí que el Pogaino me acompañara al banco con la excusa de que estaba mareado, y cuando llegamos todos me empezaron a guiñar; menos mal que mi amigo era un poco tonto. Y la función empezó. Los primeros cinco actores abordaron la sala como era de suponer, haciendo el más estrepitoso de los ridículos, pues dos de ellos tropezaron al no ver bien por el pasamontañas y, literalmente, se zamparon el panel de publicidad de la puerta con un anuncio de financiación para arreglarte los piños que les venía a huevo.

-¡Quieto toermundo!, ¡esto es un atraco!- exclamó uno de ellos, el más idiota, creo, porque no había arrancado la etiqueta de los chinos de su pasamontañas.

-¡Qué miedo tengo!- la Damiana empezó a fingir, agarrándose al homenajeado, que no le hacía ni caso-. ¡Que digo que tengo miedo!- insistió levantando más la voz, y mi amigo le rozó el hombro cual caricia a un chucho, sin dejar de mirar las armas de plástico fino.

                Gritos y desorden cuando el Choper y el Pinganillo arrasaron al entrar.

-¡Venga!, ¡el dinero ya!- por muncho que se desgañitaran poco temor levantaban esas mayas ajustadas que, por la ausencia de bulto, deban honor a su mote-. ¡Coño!.

-Tío- le susurró el Choper-, no improvises tanto, que no te sé seguir; y pon la voz más grave.

                Si hasta yo lo oí. Menos mal, lo vuelvo a recalcar, que el Pogaino se conformaba con un puñadito de neuronas.

-… y como no nos lo deis nos llevamos a la Damiana, digo… a la dama.

-¡Oich!, ¡oich!. ¡No!- gesticulaba ella con exceso-. ¡Por favor, Pogaino, sálvame!.

                Y no sé si fue ahí cuando mi amigo se despertó, porque hasta ese momento creo que no sabía de qué se trataba. Tosió sin soltar el cigarro apagado de sus labios y le sopló un guantazo al Pinganillo que le giró el pasamontañas.

-¡Ay, mi madre!,¡ qué leche me ha dado- y se dejó levantar por la trupe de encapuchados.

                Yo reñí al Pogaino por el riego de las armas, mientras el Choper le metía el cañón de su fusil de pega por los huecos de la nariz, tirando de la Damiana.

-¡Nos la llevamos de rehén!- dijo, y abandonaron el banco subiéndose al coche, que estaba preparado-. ¡Coño!, ¡pero no me han multado!- cogió el papel del limpiaparabrisas y lo sacó por la ventanilla, mostrándoselo al alcalde, que de lejos le restaba importancia.

-Venga, Pogaino!- le dije yo-. ¡vamos tras ellos!- y fuera, el alcalde meneaba las manos desde su coche, indicándonos que nos montáramos para perseguirlos, como habíamos organizado.

                Comenzó la persecución, con derrapes incluidos y sirenas de policías, y cuando notábamos que al Choper se le calaba el vehículo con las prisas, me ponía a hablar con el Pogaino para que no notara que reducíamos la velocidad. Cuando chocaron contra una farola, que por cierto no estaba asín planeado, los dos coches patrulla y los demás que nos seguían desde el pueblo, nos detuvimos y los vimos salir. Tiré de mi amigo, que se dejaba como si no fuera con él, y lo llevé al muro donde habíamos colocado una cuerda para escalar.

-Han entrado aquí¡ Subamos por esta cuerda!- le dije con tono heroico pero, con los morros cerrados agarrando su cigarro, le pegó una patada a la pared que se derrumbó como si fuera de mentira. Coño con el tío.

-¡Cuidado!- seguí-, ¡llevan armas poderosas!- y el alcalde, detrás de nosotros y junto a la fila que nos seguía, se tapó la boca para disimular la risa-. ¡Ahí, ahí está!.

-¡Ay!, gritaba  entretenida la Damiana-. ¿Qué me han secuestrado, y estamos conforme subes A MANO DERECHAAAAAA!

                El Pogaino se encogió de hombros y subió conmigo y con la pandilla las escaleras de aquel cortijo en ruinas; cuando llegamos arriba, apareció en mitad de la habitación la Damiana, atada a una silla y rodeada de sus secuestradores. Insistí a mi amigo para que negociara.

-¡Y un cojón!- me respondió-. ¡Me cago en tooooo! – y abordó a lo banzai la embestida a los secuestradores.

                Y todos le seguimos cual juerga de botellón hasta que empezó a crujir el suelo y, de repente, se abrió un boquete por donde nos colamos de vuelta a la primera planta como si el cortijo nos cagara por su agujero negro.

                Pues eso, un desastre. Y claro, aunque las neuronas del Pogaino siempre estuvieran aburridas, se dio cuenta del asunto, y mientras se lo explicábamos, se encendió unos cuantos cigarros más, sacudiéndose el polvo de los pantalones y mirando cómo nos levantábamos del despachurramiento.

-Ya decía yo que me sonaban las mayas del Pinganillos. Por cierto, ¿dónde está?.

                En ese momento emergió de entre los escombros la Damiana, elevándolo entre sus brazos como si fuera prima hermana de Terminator. Luego, el Pogaino nos explicó que de morirse nada. Sí, le quedaban dos o tres meses para que todo terminara, es decir, para que el préstamo que le dieron para remodelar la cerca y acondicionar la porqueriza se acabara y poder comer otras cosas distintas a huevos con patatas. Pero el hombre se emocionó, sobre todo cuando le dimos un diploma de héroe y el carné de Rambo. Madre mía, se acababa de enfrentar a siete secuestradores de banco armados de pies a calva y decía que le gustaría ser tan valiente como Rambo sin saber que ya lo era. Qué mundo más raro; yo, con no cagarme en los calzoncillos por lo del banco me hubiera conformado. Sí señor, echar a andar es lo más difícil de caminar.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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