103. MÍA

-¿Por qué me haces esto?.

-Ya sabes que es por tu bien; hay tanto mal suelto…- apretó las bridas que unían los tobillos de la mujer y los brazos a cada lado de la cama.

                Luego, el hombre le descubrió las sábanas, dejando sus pechos al aire, y suspiró excitado; impregnó una gasa con betadine y le desinfectó las heridas de haberla rajado.

-Todo lo hago porque te quiero; a estas alturas ya lo deberías saber- le humedeció con el medicamento los cortes que dibujaban las palabras “puta” entre sus senos, que él mismo trazó con un cúter el día anterior, y cuando terminó la volvió a cubrir de nuevo.

-Lo sé- adujo ella, aterrorizada-, pero me duele.

-¡Crees que a mí no!- la interrumpió con enfado-. Fue una prueba; te intenté besar y te dejaste como una cualquiera. Por eso te castigué, para que aprendieras.

                Nadia reprimió el llanto; sabía que a él le molestaba. Intentó sonreír, aunque apenas lo consiguió.

-Es cierto- prosiguió ella-, pero solo fue por agradecer lo bueno que eres conmigo. He aprendido la lección. Ahora… ¿podría incorporarme?. Llevo días tumbada y me cuesta respirar- torció la cabeza con mimo-. Prometo ser buena.

-Lo mismo dijiste la semana pasada y te pusiste a gritar. Por tu culpa te tuve que golpear en el costado; te mereces las costillas que tengas rotas. ¿Es que no ves que te pueden oír por la ventana?- dejó sobre una mesa los utensilios de sanar-. Es por eso que te cuido; no voy a permitir que nada de lo que hay ahí fuera te pueda hacer daño. ¿Ves?- le acarició la frente, pasando el dedo por las erosiones que sus bofetadas le hacían en la cara-. Te protejo.

                La mujer asintió y disimuló el miedo aceptando el roce, aunque le asqueara.

-Venga- añadió, ahora contento-. Querrás hacer pipí. Voy a ponerte la cuña.

              Ése era uno de los peores momentos, y aunque fuera incapaz de acostumbrarse a la falta de intimidad, tal incomodidad era de todos la más pequeña. Eran sus ojos, abiertos de par en par, brillando al acecho y regocijándose en la visión de su desnudez, lo que la aterraba. Y esa tarde fue peor. Cuando acabó de orinar, él la aseó con una botella de agua, y la empezó a secar con la toalla. Mientras lo hacía, Nadia notó que la respiración del hombre se dificultaba, y que dejaba a un lado el paño para deslizar su mano por el pubis, disfrutando del tacto del vello. Él cerraba los ojos y jadeaba, estimulado por el momento, hasta que el lloro de ella le desaturdió.

-¡Otra vez te has dejado, perra!- la increpó, golpeándola en el mentón-. ¡Solo eres una furcia!, ¡puta, más que puta!- le acalló la boca con cinta adhesiva-. ¡Te vas a enterar!.

                Transcurrieron varios minutos hasta que logró atemperar su acaloramiento. Cuando lo consiguió, se recompuso la ropa que se desordenó con la paliza, y se chorreó el puño con antiséptico para curar las heridas que el maltrato a la mujer le causó. La miró con desprecio y se marchó, dejándola inconsciente sobre la cama.

                Pasadas unas horas, regresó; ella aún no había despertado. La zarandeó, pero no respondía. Se extrañó. Le arrancó el adhesivo de la boca pero no se movió, aunque sus labios comenzaran a sangrar el brusco despegado.

-No, no, ¡no!- exclamaba mientras le rompía las bridas de manos y pies para incorporarla-. ¡No puede ser!- la sentó en la cama y agitó sus hombros sin lograr respuesta alguna.

              Y mientras rellenaba de agua un vaso en el baño, Nadia, que fingía el desmayo, tomó de la mesita de noche un pesado reloj con el que se orientó durante sus once días de cautiverio, y lo escondió entre las sábanas. Recobró su postura y aguardó.

-¡Venga, Nadia!, ¡bebe, mi niña!, ¡bebe!- ella rebuscó el reloj y le golpeó con tanta fuerza que le hizo caer al suelo.

              Exhausta, se arrastró para alejarse de él con la dificultad de su cuerpo mullido, y logró llegar a la ventana. Retrepó con ayuda de los muebles y se irguió, en el mismo instante en que él recuperaba el control; pero en cuanto se le aproximó, ella la abrió y se sentó sobre el marco.

-Tú sabes que te quiero. Todo lo he hecho por ti. Ven conmigo, ¡aléjate de la ventana!- aún de lejos, le alargó la mano e insistió para que la tomara.

                Desnuda, medio sentada, sacó  una pierna y esperó.

-¡No lo hagas, Nadia!. ¡Te quiero!- avanzó un paso y la mujer torció su cuerpo hacia la altura de cinco plantas.

-¡Yo no, hijo de puta!, ¡yo no!- se giró y se lanzó al vacío.

               La habitación quedó en silencio. Él se rozó la cabeza y comprobó que sangraba. Con prisa recogió las sábanas, las guardó en su mochila, de recuerdo, junto a su escaso equipaje, y salió de la sala como si no hubiera pasado nada. Bajó al tumulto que rodeaba el cuerpo de Nadia y poco después desapareció, jugando con dos nuevos pares de bridas entre los dedos.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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