102- DISTINTO

               Le indiqué que era el momento; asentí con la cabeza y ella obedeció. Al principio fue tímida; hundió poco el cuchillo en la espalda de aquel hombre que fue amable con nosotros, pero una suave sonrisa mía apretando el cuello de su hijo pequeño bastó para que lo clavara hasta el fondo. Luego, tras una arcada, lloriqueó y se giró hacia el niño, que resoplaba espantado, intentando aspirar el poco aire que mi mano permitía que entrara en su boca. Ella lo sabía; si no me hubiera contentado, le habría estrangulado.

                Fue muy fácil llegar a ellos; una cordial disculpa tras un ligero empujó y la conversación ya se había iniciado. Después, fingía que las bolsas que siempre llevaba me resultaban demasiado pesadas, y conseguía que me ayudaran a llevarlas a mi furgoneta, que siempre estaba estacionada en algún lateral solitario de aquel centro comercial o de cualquier otro lugar. Un golpe al adulto, cloroformo al menor y ya está. Las instrucciones eran claras: “haz lo que ordeno y tu hijo vivirá”. ¿Que por qué?, porque sí, porque quería, porque podía, y porque viendo morir a mi antojo, experimentaba un placer tan intenso que jamás conseguí con ningún otro pasatiempo.

                Observando sus expresiones aprendía el valor que tenía la vida para ellos, propinas, calderilla por seguir existiendo. Todos eran grandes maestros que me enseñaban que, a través del miedo, se puede conseguir cualquier cosa, y yo, a cambio, les regalaba una lección: que con un solo muerto allí quedaban tres víctimas, el cadáver, su asesino y su hijo, a los que concedí una muerte en vida, uno por matar, otro por ver a su mayor haciéndolo.

                Una vez superada la prueba, soltaba a sus hijos y se alejaban de mí corriendo, igual que cuando liberas a un animal salvaje al que has estado curando algún daño, aunque a ellos la herida se la causara yo. Y la vida se renovaba y volvía a empezar. Cinco llevo ya, seis si cuento al que eliminé por mis propias manos aquella vez que casi me localiza la policía y tuve que abandonar la furgoneta y ampararme en las calles algunos días; ese miserable borracho que me intentó robar mientras dormía se equivocó conmigo. Creo que lo pudieron identificar por los pocos dientes que le quedaron en lo que antes era su cara; no soportaba que me mirara. Qué asco me dio tocarlo.

                Creo que ha llegado el momento pues, de las dos presas que aguardaban en mi nuevo furgón, el padre ha saltado sobre mí y me ha inmovilizado; el golpe en su cabeza debió ser más rotundo como más empapado en cloroformo el paño. Y es curioso porque no avisa a la autoridad para informarle de que me ha capturado. Me tiene atado; él y su hijo y me miran curiosos. Después de más de medio día oigo que alguien aporrea la puerta. Escucho varias voces, silencio y cinco personas entran en la habitación. Los reconozco; a cada uno de ello les ordené matar para que alguien de su familia viviera. Tres mujeres lloran, y los otros dos hombres clavan sus ojos en mí. Les sonrío; ya era hora. Estaba harto de huir. Cada uno de ellos lleva un objeto en las manos, el mismo con el que les obligué a cometer sus delitos: dos cuchillos, un pedrusco, unas tijeras y un martillo. Echan el pestillo a la puerta y se aproximan lentamente hacia mí. Estoy orgulloso de ellos; qué gran legado he dejado.

                Dicen que estoy loco; yo solo creo que soy… distinto.

ANA Mª GARCÍA YUSTE.

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