100. SIMÓN EL DETECTIVE

               No parecía demasiado complicado esto de perseguir a alguien pero lo era. Acepté este trabajo porque necesitaba urgentemente dinero para comprar una nevera y porque me enteré del trabajo por mi vecina, que es un sol y tenía que ser agradecido. Tengo que aclarar que por culpa de las películas tenía una idea equivocada de esto de ser colaborador en una investigación, porque siempre pensé que se trataba de esperar sentado en el interior de un coche comiendo rosquillas y apuntando horas de entradas y salidas. De eso nada. De lo que me recorrí las calles empecé a perder tan rápidamente la barriga que convertí en realidad eso de esconderse tras una farola y desaparecer de la vista. Lo malo era cuando íbamos en pareja y tenía que utilizar un walki talki con mi compañero.

-Oye, Simón. Objetivo a las doce en punto. Corto.

-Pero, ¿a las doce de la mañana?, es decir, ¿AM o FM?.

-¿Eh?. Las doce, coño. Corto.

-Pero es que tú miras a otro lado, ¿desde dónde tengo que mirar el reloj?.  Desde aquí yo veo más bien calle arriba, y tú te enfilas más para abajo.

-Desde el Este, hombre. Corto ya, coño, de una vez.

                Yo sabía que estaba en algún punto cardinal pero no en cuál así que, como último recurso, me chupaba un dedo y lo levantaba para ver si calibrando la brisa me podía orientar. Y como no lo conseguía, disimulaba muy serio y con profesionalidad, y saltaba detrás de mi compañero cuando localizaba al sujeto. Y así iba, día tras día, evitando el despido inmediato y haciéndome adicto a las gafas de sol y a los cambios de imagen más variados.

                Hacíamos seguimientos por diversos motivos, desde bajas laborales hasta infidelidades pasando por padres que querían conocer las costumbres de sus hijos, medios de vida de economías sumergidas, en fin, un panorama variado donde se exhibían todas las miserias de la realidad. Era muy raro porque, estando al otro lado, me sentía más cercano a los sujetos que investigábamos, con sus infantiles triquiñuelas para evitar cualquier responsabilidad, que a aquellos que cumplían a la perfección cualquier obligación. Seguramente será porque a mí de nada me ha servido actuar con honradez para ahora verme donde estoy, buscándome el pan en una carrera sin piernas. La cosa es que el trabajo no iba mal hasta que un día, mis hijos Juanito y Manolín, me quisieron acompañar en unas pesquisas para las que iba a ir solo. Y la culpa la tuve yo, que de tanto fardar de espía mis niños se creyeron que yo era un agente secreto de élite infiltrado en el hampa, y no una piltrafa armada con tirachinas. Y para colmo, Paloma, mi mujer, también se sumó porque libraba esa tarde de su trabajo de limpiadora.

-¿Y ese hombre es muy peligroso, papá?-

-Anda ya, Miguelito- gruñí divertido-. Si solo se trata de descubrir el almacén donde guarda la carne que roba del matadero.

                Ésa era mi misión, el seguimiento de un empleado del matadero municipal sobre el que caían las sospechas de robar el género. En principio no era problemático; se trataba de esperar y ya está, y así lo hicimos. Dentro del coche, los niños atrás se ajustaban las capuchas de las sudaderas mirando de reojo con un halo misterioso la puerta por donde debía salir la furgoneta del individuo, mientras a mi lado, de copiloto, Paloma comía pipas de manera compulsiva con los nervios de aguardar. El objetivo apareció. Puse el coche en marcha y mis tres ayudantes se irguieron excitados.

-Papá, ese tío tiene muy mala pinta. Seguro que es un asesino.

-Cállate ya, Juanito- le riñó mi mujer con la cara descompuesta. ¿No ves que vas a asustar a tu hermano?- y se giró hacia mí, susurrándome-. No sé si esto ha sido buena idea.

-Que no pasa nada, mujer. Además, es de día.

                Y era cierto hasta que media hora después anocheció, y el vehículo se detuvo junto a una pequeña nave en el polígono industrial a las afueras de la ciudad. Aparcamos alejados y nos aproximamos al lateral, afinando el oído a los ruidos que se escuchaban, hasta que un agudo grito de mujer nos erizó la espalda.

-Tengo miedo, mamá.

-Simón, vámonos- Paloma me tiraba del codo.

-¿Eh?- acertaba a decir yo, con la certeza absoluta de que al día siguiente iba a tener agujetas en el culo de cómo lo estaba apretando.

                Y en ese instante el portalón se entreabrió, saliendo el hombre con un delantal repleto de sangre donde se limpiaba unas manos totalmente enrojecidas. Rebuscó en el maletero y extrajo un saco, perdiéndose de nuevo en la nave. Segundos después regresó, soportando la saca llena, controlando los movimientos  de lo que había en su interior e intentando silenciar los gritos de mujer que también salían del bolsón.

-¡Llama a la policía, Simón, que la mujer todavía está viva!- mascullaba Paloma, incrustándome sus dedos en el hombro.

                Así lo hice. Y de no haber sido porque Manolín estornudó, nunca nos hubiéramos visto en la situación en la que terminamos, rodeados de agentes por todos lados.

                Al escuchar a mi hijo, el hombre soltó el bulto en la furgoneta y se aproximó a la esquina donde nos refugiábamos. Yo ya conocía la intensidad de los gritos de mis hijos pero allí, el mayor alarido, lo di yo.

-¿Pero vosotros quiénes sois…?- exclamó el otro.

-¡Ay!, ¡que me cago- gritó Manolín, mientras mi mujer le atinaba en uno ojo con una piedra.

-¡Venga!, ¡corred!- y ella tiró de tanta fuerza de nosotros que los cuatro caímos al suelo.

                Aquel hombre se nos acercaba despacio, parecía incluso que nos tenía miedo pero…, ya se sabe, de un sicópata …. Y cuando ya creíamos que iba a sacer el hacha, se agachó y nos ojeó con expresión asombrada.

-Joder, coño. Qué daño me habéis hecho en el ojo.

-No nos mate, señor, por favor.

-¿Matar?- adujo extrañado-. Pero…- se miró el delantal y las manos sucias ,y suspiró.

                Yo sé que nacemos con bondad, que después el mundo nos va torciendo hasta llegar a doblarnos y hacernos indiferentes y ajenos. Pues bien, este pobre hombre, maduro ya, seguía erguido y bueno. Después de contarle nuestras actividades detectivescas, nos contó que desde que entró a trabajar en el matadero no podía dejar de sufrir, y que desde hacía poco más de un año, cada vez que podía, escondía algún animal en su furgoneta y lo libraba de morir, desde conejos a patos, gallinas, ovejas y demás. Que alquiló un pequeño terreno alejado, instaló un cobertizo  y los soltaba allí, libres y cuidados Que la nave donde estábamos era de su cuñado, y la usaba de enfermería, pues había animales que llegaban heridos o medio muertos y allí los curaba; y que en el saco estaba Rosita, una oveja de grito verdulero, con un absceso abierto que lo empapó en sangre, y a la que llevaba al veterinario dentro de la bolsa para evitar los bocados que le daba.

-¡Coño, tío!- le rodeé el hombro con mi brazo, disimulando el patinazo-, te vas a reír porque… hemos llamado a … la poli…, ¿sabes?- le dije, oyendo las sirenas y viendo cómo Paloma lloraba con la historia.

-¡Rápido!- mi mujer se secó  el moco-. ¿Tienes  más animales dentro?.

-Sí, está Berta, que es una coneja que acaba de parir, y Estanislao, que es un pato con la pata rota. También Fina, una ternerilla que no come por tristeza…

-¡Al trote!- continuó Paloma-. Juanito, Manolín; vosotros a por los conejos. Y tú y yo los demás. Usted vaya arrancando la furgoneta- ese puntito prófugo de mi esposa me puso un poco malote, la verdad.

                Y así fue cómo nos esposaron media hora de persecución después de llegar al terreno donde ese hombre guardaba a los animales.

-Papá, papá-  me decía Juanito, atento a mis grilletes-. Ahora que somos delincuentes, ¿podemos hacernos un tatuaje?.

-Calla, niño.

                Lo curioso es que nos hicimos famosos porque nuestra hazaña la publicaron en todos los periódicos, y la gente salió en nuestra defensa logrando librarnos de aquello sin pena alguna. Bueno, alguna sí, al paro de nuevo y sin nevera. Pero lo más sorprendente fue saber que un benefactor anónimo pagó el precio de cada uno de los animales y costeó el mantenimiento del terreno, ampliándolo y convirtiéndolo en refugio, con este buen hombre al mando. Después, supe  quién era, porque una mañana llegó a mi casa un extraordinario frigorífico envuelto de regalo y con una nota dentro: “Tú siempre seguirás siendo my hero. Lady Ja, Ja”.

Querido diario: Nacemos con bondad, y luego nos torcemos, pero cabe siempre la posibilidad de volvernos a enderezar; es entonces cuando el mundo se despliega y todo puede llegar a cambiar.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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