99. YO SOY VERGANA

               Sabemos que somos los mejores de los peores, porque de cuartos hemos quedado terceros; que los más feos de los guapos siguen siendo más monos que cualquier callo malayo, porque si dos más dos son cuatro, cuatro por cuatro son dieciséis. Que si el más alto de los retacos del trabajo es el menos cabroncete, el enano del jefe es el grano en el culo más grande que te puedas encontrar. También es ampliamente admitido que el hijo de la mujer de mi abuelo es mi padre, y lo sé porque soy así de lista, pero va siendo hora de ir reconociendo la condición de idiota que uno debe tener para soltar tal retahíla de paridas a la hora de denominar al marido de la única hermana de mi tía. Todo esto es un follón, como sencillo es un plato de patatas fritas con huevo y chorizo, que ralla la perfección, pero parece que cuanto más se líe uno, más inteligente se cree cuando trata de desenredarlo. El tema es que me probé una falda del año pasado y no logré que subiera de la rodilla, y esa simpleza tan insuperable de las patatas desapareció complicándome la vida al rondar por mi cabeza la idea de hacerme vegetariana.

                Reconozco que, aparte de querer perder de vista mis lorzas, siempre me ha encantado acariciar cualquier peludito de cuatro patas; incluso puedo decir que se me escapa alguna  que otra lagrimilla observando a las crías cuando maman. Y por eso, y tomando fuerzas de mis abigarrados michelines, me hice ovo-lacto-crudívora. A principio no me fue mal, aunque era ver un huevo y si no me daba tiempo a secarme el chorreón de saliva me comía hasta la cáscara; y si es de la leche, hasta los círculos que el vaso hacía en la mesa lamía. Y lo peor no era el hambre, ni siquiera disimular el asquito que me daban esos puerros chorreantes de limón y aderezados con perejil y semillas, sino pensar que esto era una filosofía de vida. Y como yo no lo tenía muy claro, me puse a investigar el concepto de filosofía y al descubrir que se trataba de encontrar un sentido al obrar humano, llegué a la conclusión de que era verdad, que era un tipo de filosofía porque obrar, lo que se dice obrar, obré un montón; vamos, que me iba de varetas cada vez que comía porque sin cocinar, algunos microorganismos se resistían y organizaban una macrofiesta en mi estómago con fuegos artificiales incluidos a la salida. Por eso me hice vegana; y muy chungo, porque terminé de tofu y de soja hasta los ovos y preferí convertirme al vegetarianismo, a eso del think green pero con huevos y leche también porque era más completo.

                Como no me enteraba bien de lo que podía comer o no, me metí en un grupo de alimentación sostenida, con pescetarianos, frutarianos y demás terminados en “anos”, y me hice amiga del profesor Kao, que por otro lado estaba bastante bueno, y me iba explicando la dieta; sin embargo tuve que dejarla porque mi tripa siempre estaba descontenta y pedía más. Así que me hice flexiteriana, bajo la estricta observación de mi maestro, y podía comer algo de carne de acompañamiento en un gran plato de verdura. Era casi igual que comía antes; bueno, antes era al revés, dos chuletas y un par de hojas de lechuga. A ver, para qué engañar, de lechuga nada, patatas fritas con un zurriagazo de mayonesa.

                Menos mal que Kao me guiaba y me enderezaba a la senda recta. Tal era su dedicación conmigo que me aconsejó que lo mejor para mí era la paleodieta. Carne, carne por todos lados. Y me llevó a su casa y me enseñó su plato estrella, basado en vegetales como el nabo, y me hizo probar toda esa carne de lomo sonrosada con dos huevos a cada lado. Y grité de alegría al probarlo, lloré con ese placer en mi boca. Me lo tragué, todo, entero y un estallido de sabor explotó entre mis dientes rebosando sus jugos por la comisura de mis labios. Y Kao reía, gozando con mi descubrimiento, atento a cómo chupeteaba por mi barbilla los restos de aquel manjar; yo nunca había visto dicha tan grande. Qué gran gurú, qué extraordinario maestro, y qué humilde también, porque me explicó el secreto del festín, que no era sino una sencilla vara o verga con un delicioso aroma desconocido y que debía ser recolectado cuanto más duro y tieso estuviera el palo. Desde ese instante me convertí en vergana. Probé todas las que podía en busca de esa experiencia con mi líder espiritual, pero jamás encontré una igual. Creo que se trataba de la consistencia del nabo, o de esa mágica crema blanca que lo cubría; no lo sé. De lo que sí estoy segura es de que de todas las dietas que he degustado, la vergana es la mejor de todas las filosofías.

                Por lo demás mi vida apenas ha cambiado; soy la misma aunque mejor alimentada. Me sigue encantando acariciar peludos a cuatro patas, esos matojos de pelo ávidos de mordiscos y lametones,  sobre todo a los cachorros, con los que juego sin parar después de cada una de sus mamadas; me los comería a todos a besos. Qué bonito es respetar la naturaleza, y qué simple a la vez; ahora que soy omnivergana me siento por primera vez satisfecha.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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