95. LA DEPRESIÓN

               Cada vez que sonrías haz que reluzca un brillo en tu colmillo, y guarda las arcadas para tus adentros junto a las inquietudes e ilusión que ya hace tiempo has perdido. No pienses que por ello eres un perdedor; ya lo eras antes. Alégrate ahora de ser consciente y procúrate un buen juicio, porque tú no eres nada; quizás un cúmulo impreciso de características que no llegaron a cuajar, la burda imagen de un yo futuro que no serás, ése con cara de idiota que mira ido al aire en busca de una brisita que le indique por dónde queda el norte y dejar de estar perdido.

                No soy tan mala, solo te digo la verdad. Mírate sino y verás. ¿Ves esos rasgos anodinos y sin personalidad?. Tus ojos brillan demasiado; no debes llorar, ¿acaso es tu vocación lloriquear?. Es de tontos sufrir por algo que nunca tendrás. Tus labios, inexpresivos, una línea recta y simplona que solo expresa conformidad, aunque en ocasiones se quiebren en una incipiente sonrisa cuando tratan de explorar un terreno que yo no determino y que, de un zarpazo, elimino borrando cualquier atisbo de felicidad. Y esa frente, ancha, en constante expansión  por el pelo que abandona filas en la cima. No, no; no solo anodino, casi diría vulgar. Si al menos tu nariz fuera prominente, tu cara adoptaría otro cariz, una especie de halo de peculiaridad que te haría sobresalir de la muchedumbre, pero no, eres igual que todos. Te miro y solo veo uno más entre un millón de tontos que creen que la vida puede mejorar, que vive con la esperanza de cambiar, que se peina antes de salir a la calle, vistiendo su alma rota con ropas amplias que esconden su dolor y el temor de no salir del agujero, observando por la mirilla, antes de abrir la puerta, si hay alguien fuera que les espere; y aún cuando no sea así salen, esperando que la vida entre en ellos, que regrese, pero mientras yo esté aquí saben que no pasará.

                No, no soy tan mala; te lo aseguro. Tú no puedes actuar como si estuvieras destinado a ser un líder; olvídate de eso. Piensa que aquello que siempre quisiste ser nunca lo serás. Admite que el éxito jamás te encumbrará, porque siempre perdurará en ti el recuerdo de ese continuo fracaso que impregna tu vida. Apóyate en mí, lo hago por tu bien; te preparo al fracaso. Verás que si no fuera por mí, el golpe de la realidad te dejaría derrotado. Porque tú no eres especial en nada. Esos cuadros a los que te aferras y que nadie compra solo son la punta de tu naufragio. Los miro y apenas siento nada. Quizás…, quizás las manos las retrates bien. Sí, ¿por qué no reconocerlo?, ¿ves como no soy tan amarga?. Incluso puedo admitir que esas hojas de otoño que has pintado al fondo parece que…, que se mecen y cobran movimiento en el aire, y las flores que asoman…, que nacen del magistral suelo que has plasmado y… ¡Si nadie los compra es porque son malos!, debes aceptarlo, aunque… la plenitud de la felicidad del niño que juega con el fantasma de la que debe ser la madre, me encoge el corazón que no tengo. Malos, si nadie los compra es porque son vulgares. Tú eres nada, te lo digo yo; y la nada se cobra con más nada. Pasa a la realidad ya. Mira tu nevera; dentro no hay lienzos sino un cacho de queso que pagaste pintando en blanco las paredes de un piso con la brocha gorda. Tira tus pinceles, ¿no ves lo frágiles y delgados que son?. El arte no te da de comer; puede que te alimente el alma, pero deja huera tu panza.

                No, no cojas otro cuadro. Te conozco; ahora tus ojos brillan y no encuentro lágrimas en ellos. Están llenos de aliento. La ilusión, esa puta barata que llena de mentiras toda verdad, ha soplado ánimo en el naufragio y tu deriva ha recuperado el norte. Parece que pierdo, porque hasta yo misma puedo admirar la belleza. Aplicas los óleos con tanta maestría que incluso parece que los colores cobran vida en tu paleta antes de emplearlos. Tus labios han roto su habitual línea recta y ríen; tu frente parece más alta y, además, tu nariz aparenta ahora una prominencia que antes no tenía. Me abandonas. Cuánta fuerza hay en ti. Ha sido tan solo rozar esa tela donde pintas y al instante he notado que te ibas a despedir de mí. Es imposible que me alegre, pues represento en su estado más puro el desaliento, pero quiero que sepas que no quiero estar a tu lado, no sé por qué. Has resistido con tanta fiereza a la pelea que tan solo puedo decir que ha sido un gran honor perder esta batalla. Debes alejarte de mí; en cuanto notes mi presencia huye, patéame, corre, mantente férreo con esas indestructibles armas con las que tu vocación te ha pertrechado. Que nadie diga que no lo he intentado, que yo, la tristeza, la desilusión, he socavado en lo más hondo de tu corazón aunque no haya conseguido contagiarte el cáncer de la depresión.

                Adiós, me voy en paz. No puedo alegrarme pero tú sí pues, gracias a mi desaparición, la perfección de tu arte nunca dejará de existir; nunca morirá.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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