94. PLÁSTICO

               De plástico es la botella donde bebo agua, que nuestros mayores nunca llevaron porque la sed, antes, se aguantaba. También lo son el mantel y los cubiertos de cumpleaños, como los regalos que reciben los niños, eso sí, del más caro, que no piensen que escatimamos en gastos y nos excluyan del círculo de nuestras relaciones de plástico. Y la bolsa del supermercado, que pliego y despliego constantemente para repetir su uso y que hago, no por ecologismo sino por ahorro de cuartos, de esos diez céntimos que no pago y con los que compro un disfraz de activista, aunque mi activismo consista, igualmente, en ser de plástico.

                Recuerdo las bolsas de rejilla que antes llevaban las abuelas, donde nunca había comida precocinada, y me pregunto qué habrá sido de aquellas manzanas que traían, las rojas, las que no brillaban y eran feas pero que limpiabas con la manga y, cuando dabas el mordisco, un trozo de fruta exquisita soltaba sus jugos en tu boca y era mejor que cualquier gominola, como las que ahora devoramos, hartos de alimentos insípidos, de esas manzanas que fingen con sus brillos y colores el plástico que, como sabor, llevan por dentro.

              Ahora todo reluce, sonreímos con risas que muestran dientes blancos y alineados, esculpidos con dinero de tarjetas de plástico que eliminan la espontaneidad de vivir con nuestros defectos, ésos que  son pequeños pero que magnificamos para ser aceptados en el mundo de plástico donde sobrevivimos.

                 Es cierto, las botellas, manteles, cubiertos y demás son de plástico, pero también lo es el polvo de medianoche con un desconocido, o el “hola, me alegro, dele recuerdos” con el que saludo a los que sí conozco; el te quiero perecedero de “en la riqueza y en la pobreza”, o el estrellato de un Don Nadie venido a mas, y también los remiendos a oscuras de un Don Alguien que ahora viene a menos. Y aunque se cosan en cuero, también son de plástico muchos zapatos que ocultan los rotos del calcetín, que una buena capa todo lo tapa; y los ojos que te miran y no saben qué decir cuando lloras, o el contacto que se desprecia, o el beso que no se valora.

               Cuanto más plástico hay, más nos hundimos a la vez que los envases y bolsas flotan en el mar, y matan a tortugas, pájaros y delfines, porque hasta a ellos somos capaces de destruir con esta forma de vivir, nuestra forma de aparentar. Y no deja de ser curioso que habiendo máquinas que recojan toda esa porquería de la superficie de las aguas, no hayan inventado otra que pueda limpiar toda nuestra suciedad.

                Algún beso habrá de alguna boca de dientes torcidos y sonrisa espontánea que se aferre al contacto con otros labios imperfectos, y que sienta el calor de la caricia con tanta fuerza como nace ese brote de hierba entre las baldosas de la acera, peleando para que la naturaleza venza, que si para nosotros el monstruo es el plástico para ellas es el ladrillo, y se agarran con fiereza al suelo para que ningún ecologista de bolsa de diez céntimos las saque de su sitio y las plante en bien abonados maceteros, que no dejan de ser sino bonitas rejas de plástico.

           Que vuelvan las manzanas carnosas, el pelo revuelto, las ramas de hinojo; que vuelvan los juegos de los niños, las nanas de las abuelas, la ropa secada al aire. Que regrese la vida, y que si algún plástico hemos de soportar, que todo quede en una botella que flota en el mar.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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