92. UNA MIERDA PINCHADA EN UN PALO

               El arte es una cuestión muy subjetiva. Todos sabemos que si yo escribo un texto y no te gusta es que tú estás equivocado; no hay duda. Lo cierto es que cuando un individuo crea una obra del género que sea, la perspectiva a la hora de valorar su calidad varía en función de la posición desde donde se mire, o de los intereses que tengan los que la juzguen.

                Cuando vas al mercadillo, que es la jet set de las tiendas donde suelo comprar, y te pruebas en la trasera de la furgoneta un pantalón al que solo puedes subir la cremallera cuando desplazas tus órganos internos, incluidas lorzas y ombligo, entre medias de los riñones tirando para atrás, y el vendedor te dice que te quedan de muerte, tenemos un claro ejemplo del tema en cuestión. A ojos de los demás podemos pensar que miente, porque lo único que quiere es vendernos la moto, que no la fragoneta, y sacar beneficio del dinero, que es lo único por lo que se mueve. También a ojos ajenos, puede que el comerciante no mienta y crea que nos sientan geniales los pantalones porque, de moda, para él, las chorreras en las camisas sean el último grito, y además piense que se valora demasiado eso de poder respirar. Incluso si apuro más, el “te quedan de muerte” puede ser literal porque con un rato más la gangrena está asegurada y este buen hombre no ha avisado de ello. Después está uno mismo, y el que te veas bien o mal depende de la categoría de la circulación sanguínea que tengas, que si llega al cerebro no nos podemos quejar, pero si nos vamos poniendo azules mejor no comprar. Resumiendo, que la realidad no es fría, que es la que cada uno ve, la que te gusta y que puede coincidir con otras personas o no; la vista a ojo de los demás o a ojete propio.

                Pero ocurre que hay algunos que se autodenominan Editorial, que quieren compartir su ojete contigo, y te tratan como un templo del arte, el Leopoldo da Chichi del barrio, qué digo del barrio, del Polígono, cuya relación con la literatura, en este caso, nada tiene que ver  con el trabajo de una verdadera Casa Editorial. Son meras imprentas a las que les da igual que solo seduzcas a las moscas con tus escritos o entretengas menos que mirar una baldosa porque lo que les interesa es que pagues las copias del libro aunque lo hayas perpetrado, y ya está. Y antes te dirán que su cupo de publicación ya está pactado, pero que ante la maestría de tu ejemplar está más que justificada la excepción, pero que mira tú los azares de la vida, que ante tal genialidad no tenemos medios y si usted tiene por bien cooperar aunque solo sea con unos cuantos cientos de euros nos conformamos para ayudar a un fenómeno como usted, que sobresale de la vulgaridad y que tan privilegiados nos ha hecho.  Luego, te organizan un evento mientras piensan que eres un marujón en plena apoteosis menopáusica o arrebato transgeneracional, y se embolsan una buena cantidad con los sueños de otros, se lucran con sus mentiras y tú te dejas porque es lo que quieres escuchar, y si te pago tú me lo vas a contar mientras llenas con cuatro cómplices coleguillas un rinconcito del centro cívico que reservas cada vez que una presa cae en la telaraña, y la mareas dándole vueltas y vueltas, repitiéndole lo bueno que es hasta hacer una bola que después de vas a zampar a golpe de talonario. ¡Una mierda!, ¡una mierda pinchada en un palo!. Juegan con un arma poderosa, lo que te hace creer lo guapo que eres y lo fenomenal, que se llama vanidad. “Demos importancia a la autoedición”, dicen ellos, autodefiniendo su autonegocio en una automentira que se autoaprovecha de incautos sin autoestima, cual garrapata que chupa al perro. ¡Una mierda!.

                Los escultores, escritores, pintores y demás “ores” que entren en el concepto de arte no deben pagar para que su obra salga al aire, salvo que voluntariamente elijan la autopromoción tras un diligente y honrado trabajo de imprenta, en el caso de la literatura, no de desaprensivos con ínfulas de editor. La edición es un negocio que ha de ser digno, y como tal negocio debe existir beneficio para ambas partes. La obra de un autor es su trabajo, ésa es su contribución; la de la editorial es apostar por el escritor, no hacer que apueste él y quedarse luego con su dinero apostado. Si hay que comerse la zapatilla se come, pero antes de regalar mi trabajo a esas seudoeditoriales, prefiero comerme una mierda después de haberla pinchado en un palo.

ANA Mª GARCÍA YUSTE.

2 comentarios en “92. UNA MIERDA PINCHADA EN UN PALO

  1. ¡Bravo! A estas empresas el nombre de Editorial les queda muy grande, y lo peor es que hay escritores que piensan que es lo normal pagar para que te publiquen, que lo de esperar a que te editen de la manera tradicional es de creerte muy importante. Hay gente muy perdida en la vida.

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