90. EL ALGORITMO. RESVELACIONES SISNALAMÁTICAS DE LOS EMPLASTOS ASNALFABÉTICOS

               Es increíble cómo evoluciona la tecnología. Sus pasos, antes tímidos, ahora son agigantados y afectan a todos los aspectos de nuestra vida. Empezamos jugando al pingpong con unos puntitos que rebotaban en la pantalla de la tele, y ahora podemos ser parte de un mundo virtual con solo unas gafas. Si me aburro me bajo una película en el ordenador, leo los menús de todos los restaurantes y pido on line, y cuando me quiero comprar ropa, perfume y hasta una lavadora, con un click todo llega a mi casa. Las posibilidades laborales se han ampliado con nuevos trabajos, especializaciones directas a la informática, novedosas fórmulas de publicidad en busca de clientes para tu empresa, campañas agresivas que arrancan consumidores a los rivales en una especie de arena donde todos son gladiadores y gana el que más dinero tenga. Chicas que se hacen famosas por publicar en vídeo la primera vez que se lo montaron con sus novias, o jovenzuelos cuyo infinito vocabulario abarca entre quince y veinte palabras, y seis de ellas son repetidas. Lo curioso es que esos mismos se hacen de oro al ser catalogados de youtubers o influencers, y los lanzan a ser cara de cualquier producto que se tercie, sean yogures o cuchillas de afeitar, y hay muchos que lo adquieren por eso. Entiendo a los primeros, demuestran inteligencia al aprovechar el momento; uno nunca sabe cuándo va a apretar el hambre. Comprendo también, aunque menos, a las marcas que los contratan, pero que alguien me explique, por favor, qué corre por la mente del parroquiano que lo compra por ese motivo.

                Todo esto es muy raro, no lo acabo de asimilar bien, y creo que la culpa es del algoritmo. Según me han contado, se trata de un conjunto de operaciones matemáticas que te sitúan en la red conforme a unos parámetros predeterminados que se actualizan a menudo. Resumiendo, es el que, si no te hinchas a trabajar gratis o no pagas más que otros, te manda a tomar viento fresco, que soy muy fina y no quiero decir a tomar por culo, y no asomas por internet ni en los títulos de crédito de la página que hace mil. Y si no existes dentro del ordenador nadie te ve, y si nadie te ve no vendes, y si no vendes dejas de creer en eso que siempre te han dicho de que con esfuerzo e ilusión todo se consigue, y vuelves a la huerta, a recoger tomates y pepinillos, y como no te da de comer sales en internet enseñando una teta o inventándote historias de alcoba, y te conviertes en influencer, y te visten de payaso en las fiestas para publicitar un dentífrico, y todos te invitan al cotarro porque estás de moda, aunque solo sea por mostrar tu pezón  o contar tus hazañas orgásmicas, y te ríes en las fotos, y eres famoso hasta que llegas a tu casa, que has comprado a tocateja, cierras la puerta y te sientas en la cocina, solo. Ahí es cuando te quitas tu nariz de bufón y recuerdas sobrecogido cuánto tiempo ha pasado desde que tu pequeño despachito de vinos cerró y lo feliz que eras entonces. Ahora eres un triunfador, lo dice el algoritmo, que te envía millones de seguidores a quienes interesan las bandas depilatorias con las que te haces las ingles, y encima privilegiado, que hay cientos de miles que nunca han llegado. Pero tu despachito…, ay tu despachito. Qué chiquito era, pero cuántos clientes hablaban contigo, incluso mucho después de acabar la jornada, y qué buenos estaban los cartuchos de patatas que hacían en el quiosco de la esquina. Y esa tienda donde te solías comprar las camisas, y que sabían a la perfección tu talla, donde siempre te mandaban recuerdos para tu madre, y en donde conociste a la que sería tu novia, después tu mujer y ahora tu ex. Ay, tu despachito.

                No, no. Tú no tienes la culpa sino que la tiene el algoritmo, que cada vez que lo nombro me acojono, que ahora ya no se asusta a los niños con el Bute o el tío del saco sino que se les dice que  el algoritmo va a llegar, y directamente se comen hasta crudo el pescado. Y eso que nadie sabe lo que es o cómo se hace. Yo creo que es como una especie de resvelaciones sisnalamáticas de los emplastos asnalfabéticos, porque, como su mismo nombre indica, no tengo ni la menor idea de lo que significa pero leerlo da mucho por saco, que no diré por culo porque soy muy fina.

                Está claro que la tecnología avanza de la misma manera que se actualizan las múltiples formas que hay para fastidiar al personal. En fin, habrá que ir sacándose la tetilla.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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