89. EL CELESTINO SEGÚN FLORO

               Ola, soy el Floro. Mi amigo, el Isidoro, más conocido por el Isi, y no por el nombre sino porque siempre estaba cagao por la posibilidad de alguna catástrofe, “¿y si me resfrío?, ¿y si cruzo y me atropellan?, ¿y si tropiezo y me quedo atorao en una alcantarilla?”; pues eso, que mi amigo el Isi apareció flotando en la alberca de su casa con una paloma picoteándole el abono que tenía en el ombligo, y cuando lo vio el vecino llamó a todo el pueblo. En cuanto llegamos nos acercamos despacito para no alterar la escena del crimen, que lo habíamos visto en la serie de la tele “el Sesei”, y cuando estábamos al lado, el alcalde espantó a la paloma y el muerto se levantó.

-¡Coño!, ¿qué hacéis?- exclamó el Isi, con los ojos llorosos.

-¡Coño tú!- le respondió el alcalde-. ¡Que creíamos que habías palmao, coño!.

-¡Coño, Isi!- nos quejábamos los demás, que habíamos corrido cuarenta metros en dos segundos del susto de resucitar-. Que estás to arrugao.

-Coño, si , es que…- moqueó y se echó a llorar.

                Y nos contó que se carteaba con una chica de la capital hacía munchos meses y que estaba mu´namorao, y que todo iba bien hasta que en la última carta ella le dijo que iba a venir a conocerlo y, claro, el Isi se descomponió porque le había mandado una foto suya de cuando tenía veinte años y cuarenta kilos menos.

-Coño, Isi, ¿a quién se le ocurre?. ¿Es que no querías conocerla tú también?.

-Coño, yo qué sé; si ésta es la primera que me hace caso.

                Y asín fue cómo entre todos, trazamos un plan para que el Isi le entrara por el ojo a la moza, empezando por adelgazar.

                Como teníamos un mes, el asunto tenía que ir a tope. El trancas, cuyo mote, como ya conocen, se lo pusieron porque era menos basto que “el empotrador”, y el Poli, que ni es policía ni tiene varias personalidades sino que se llama Policarpo, lo sacaban a correr por el sembrado, con cronómetro y canción militar incluidos, pero a los nueve segundos no llegaba, se paraba, resoplaba y se cagaba en tó. Pobre Isi, el hombre era buena persona pero las chuletas y el chorizo le perdían, asín que lo ponían a hacer flexiones y casi se hernia. A la semana había ganado dos kilos, con régimen y todo, que el Domingo le cocinaba dieta porque le tenía muncho aprecio al Isi porque era nieto de la tía abuela del segundo marido de la primera nuera de su primo por parte de madre, y le hacía unas comidas muy saludables. Pero es que comía a escondidas en el único momento en que le dejábamos solo, que era precisamente cuando un hombre debe estar solo, que es cuando se va a ir de vientre, y entre apretón y apretón, se zampaba una caña de lomo como si nada.

-Coño, Isi- le reñíamos.

-Coño, es que tengo hambre- y disimulaba las ganas de llorar.

                Asín que esa fue la última vez, porque nos convertimos en su sombra, y dos semanas más tarde había perdido seis kilos y un agujero en el cinturón. El poblema no era solo que todavía le sobraban treinta y cuatro kilos sino que si lo mirabas de lado era feo, pero de frente era una mezcla entre el chuki y un orangután. Entonces, el alcalde le dijo a la Cleo, que la llamaban asín no porque su nombre fuera Cleopatra sino porque era muy indecisa y tenía frenillo en la lengua, “cleo que tengo sed…, o no”, “cleo que no te va bien ese color…,o sí”. Pues eso, que le dijo a la Cleo, que era esteticista y peluquera, que se pasara por la casa del Isi con sus chismes de trabajo a ver que se podía hacer con su cara, asín que todo el pueblo nos metimos en su salón a esperarla, y cuando llegó la aplaudimos y, en silencio, aguardamos que estudiara el espécimen e hiciera sus cálculos. Al momento sacó sus tijeras y empezó a cortar; el sudor le corría por la frente y tenía el pelo pegado al cuello, pero no paraba. Con unos cuantos tijeretazos más, terminó su obra. Se separó del Isi y nos dejó observarlo, a la espera de que el tribunal diera su veredisto.

-Coño, Isi, estás…

-Hombre, no es que sea.., pero bueno, coño.

                Y asín todo el gallinero, porque feo seguía siendo de cojones, pero ahora era feo de diseño. Ya era un hecho. El Isi no se iba a comer un colín con la zagala que venía a conocerle, asín que yo seguí mi intuición y los demás la suya.

                El mismo día que la chica llegaba, el alcalde le prestó su traje chaqueta de los domingos, que por lo que se vé no había duda de que era de los domingos pero de mil novecientos ochenta por sus dibujos sicodélicos y hombreras a lo Mázinguer Z. El trancas le pulverizó con su colonia de machoman, el poli le apretó la faja que le dejó para disimular la barriga, que la tenía desde que le salió la hernia por desaparcar a peso su coche. El maquillaje de la Cleo, los zapatos del Domingo; todo el pueblo le ayudó con algo prestado pero el Isi no dejaba de repetir que le daba vergüenza que la mujer lo viera. Estaba muy desanimado, aparte de flojo, porque al Perico le dio por meterle un laxante en la cerveza para ayudarle a adelgazar, y el pobre se iba de varetas desde hacía dos días.

                La mujer llegó; no era guapa pero tenía algo en la cara que la hacía agradable. Todos disimulábamos estar pendientes; unos, como si compraran el pan, otros arreglando la farola, los demás en busca de aviones en el cielo. Al conocer al Isi, ella no se sorprendió de su aspecto aunque luego sí, cuando se sentaron a tomar café y el maquillaje de él empezó a resbalársele del nerviosismo y salió a correr porque la faja se le soltó en el mismo momento que el vientre.

-Coño, Perico, que todavía se caga canilla abajo.

-Coño, Poli, que tu faja tiene la culpa.

-Coño, Cleo,  que la pintura es de los chinos.

-Coño, que se va a ir- al alcalde casi se le ocurre que la banda del pueblo amenizara a la chica y no se fuera.

                Pero yo sabía que ella no se iba a marchar. Días atrás, cuando veía al Isi con sus hambres y ejercicios, intentando ser otro que no era, me sentí mal. Y como cotilla soy un rato, tomé la dirección de la mozuela y le mandé unas letras con la foto del Isi actual. Ella no me contestó, asín que cuando la vi bajar del autobús, supe que lo que le agradaba en la cara no era la guapura sino la bondad. Muchas veces es mejor confiar, aunque de esto mejor que el Isi no se entere, no por nada sino porque… ¿y si hubiera salido mal?.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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