87. SIMÓN, EL ESTETICIÉN

               Buen día, compañeros, soy Simón. Ya sabéis que he hecho cursillos de todo tipo para compartir con los plásticos su mismo final honroso, que es reciclarse. Pues bien, uno de ellos fue, y a mucha honra, el de esteticién. Desde que lo hice, mi mujer lleva las uñas más cuquis que nunca, y la limpieza de cutis le queda superfashion (a ver, las expresiones van con el diploma). Uno de los módulos del curso fue el de maquillaje y, la verdad, tengo que reconocer que era uno de los alumnos más aventajados; el ahumado en los ojos me salía de muerte. Quién me iba a decir a mí que por ese diploma que casi tengo olvidado me iban a contratar en un salón de belleza unisex para “perfeccionar rasgos”, como ellos decían. Y efectivamente así fue.

                Al principio resultaba un tanto chocante estar en un lugar donde hombres y mujeres compartían eyeliner, pero luego me di cuenta de que cuanto más seguridad simulara, más encajaba allí. Y así fue como me convertí en esnob. Mi mujer, Paloma, me disfrazaba cada vez que iba al salón con atuendos de lo más estirados, gomina incorporada, y un toque afeminado que arrasó en la clientela. Incluso mis jefes se rindieron a mi fingida maestría, atendiendo embelesados mis enseñanzas y sin perder de vista el arte con el que me anudaba el foulard al cuello.

                Pero lo cierto es que, por avanzado que fuera en el cursillo del paro donde aprendí, del ahumado de ojos no me sacabas, así que cuando requerían mi ingenio, improvisaba con descaro unas pinceladas amaneradas que todos aplaudían, me calaba más honda la boina y subía altivo la barbilla, dejando que el populacho admirara la destreza de un lechuguino con doble vida. Madre mía. A veces hacía cada estropicio que yo mismo me reía; y todos creían que mi alegría se escapaba de la pureza de mi arte. Cuanto más me equivocaba, más original me veían así que fingía sabiduría y mis errores garrafales causaban sensación. A un párpado caído le depilaba las cejas y las volvía a dibujar casi a ras de pelo y con destellos fugaces de purpurina en cada extremo. A una cara con orejas de soplillo le maquillaba con exageración un solo ojo para desviar la atención, dejando que el protagonista principal de Dumbo se hiciera secundario. A las canas les teñía de negro solo las raíces, y a los que casi no tenían pelo les sacaba brillo a la calva y la decoraba con pañuelos estrafalarios a juego con las camisetas que mi mujer e hijos diseñaban y que buen dinero les sacaba. Incluso puedo decir que marque tendencia cuando pegué por primera vez las pestañas postizas al párpado de abajo. Cada vez que perpetraba una excentricidad todos parecían hechizados con los movimientos de mis manos creando una gran obra. De hecho, mis admiradas birrias llegaron a oídos lejos como transgresor de moda, e incluso creé escuela; sí señor, los seguidores de este pringado que soy yo simulando ser quien no es, imitaban mis desastres cual devoción a un santo al que le llevan flores.

                Parece mentira dónde llega la estupidez humana, y no parece mentira sino pura verdad que mi caradura era ya profesional. La culpa la tiene el paro, que hace el rostro imperturbable como una piedra para disimular la impotencia de no poder vivir así. Da igual, aproveché este vergel repleto de manjares hasta no poder comer más; quién sabe cuándo me iba a ver en otra o cuánto duraría esta pantomima. Y sobre todo cuánto más iba a soportar no ser honrado. Por lo que comprobé unos días después, me quedaba bastante poco.

                La convención nacional de belleza se celebró este año en la ciudad, y acudí a ella con las prendas más horteras y modernillas que tenía; incluso me pinté la raya del ojo con ese toque tan exótico que me hacía parecer… raro pero admirado por la originalidad. Cuando llegué con mi guardapolvos largo y relamido, el zumbido de los cuchicheos se acalló y se oyeron aplausos. Allí todos eran muy extraños pero no iban disfrazados como yo sino bien arreglados, incluso elegantes, así que, salvo algún sujeto discordante, el único que daba la nota era yo. Con mis bombachos y botas de tacón alto, foulard al viento y sombrero de ala ancha, de primeras me señalé como idiota; menos mal que me dejé el bolso de lentejuelas en casa. Me senté junto a ellos y entré en una conversación donde presentí mi ruina.

-Creo que es usted especialista en smokey- me preguntó uno, sonriendo con disimulo hacia mi atuendo.

-No, si yo no fumo- contesté, sin saber que se refería al maquillaje de ojos.

                Sonrisitas. Mis bombachos se desinflaron un poco.

-¿Está usted de acuerdo en perfilar la línea del agua o le deja como está?.

                Coño, la línea del agua; eso es una orilla, ¿no?, donde pones las sombrillas en la playa, ¿verdad?.

-No, no, mejor no perfilarla porque, ya se sabe, agua que rio lleva línea que se puede borrar- y me quedé más ancho que alto.

                Mis pantalones adelgazaron del todo, y más después de dar un trago largo de agua a una botella a la que no le quité el tapón.

-¿Utiliza el agua termal antes de la prebase?.

-Nunca- contesté aplastante sin imaginar qué leches era eso de termal, quitándome un foulard que ya no me dejaba respirar-. Mejor el agua del grifo, y sobre todo del tiempo.

                Ya es un hecho, me han pillado, pero esta troupe no tiene escrúpulos en bombardear más.

-Para el contouring, ¿utiliza la mofeta?.

                Ahí me cogieron bien; es que no supe ni contestar. Tentado estuve de plantear mi total rechazo hacia el bestialismo, y menos mal que no lo llegué a hacer porque después me enteré de que era un tipo de brocha.

                Pies, para qué os quiero. Al disimulo, ojeando cuadros en las paredes, salí de la sala y huí de aquel lugar. Aunque algunos justificaron la ausencia como una extravagancia propia de un genio, lo cierto es que mi leyenda se fue apagando gracias a las mismas habladurías que tiempo atrás la encendieron. Al paro de nuevo.

Querido diario: Todo esto es muy raro. Tengo ciento veinte pedidos de los pañuelos que les vendía a los calvos a juego con la camiseta. A lo mejor es cierto eso de que cuando se cierra una puerta se abre una ventana. No lo sé; prefiero no pensarlo porque si también se cierra la ventana tendré que picar la pared y no sé si podré hacerlo. A veces estoy tan cansado.

ANA Mª GARCÍA YUSTE.

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