85. BIENVENIDO, MISTER MAGRA SEGÚN FLORO

               Ola, soy el Floro. Yo, lo que digo es que ya está bien, que hay que ayudar sí, pero que un hombre no debe ponerse mallas también; que el alcalde lo hace por el bien del pueblo sí, pero obligarnos a que nos apuntemos a yoga para hacer la pelota al magnate del jamón y conseguir que ponga aquí su próxima fábrica no. Pues eso, que Don Manuel, “el jamones”, como se le conocía en todas partes, quería ampliar el negocio del gorrino y buscaba suelo para sus negocios, y el Nemesio, nuestro alcalde, se enteró y corrió a decirle que lo que es suelo teníamos muncho, que fíjate tú la de suelo que hay, y que hay que ver lo bonita que se vería aquí  una empresa de alguien tan simpático como él.

                Pero el chupeteo de ano no sirvió, asín que el Nemes le invitó al pueblo, con todos los gastos pagados, incluida la sauna de “el melonero”, que no vendía melones pero que era bastante tonto, y que se construyó en el cobertizo con palés y fixo, y que menos mal que no la utilizó porque la vaca le parió dentro y salió con los todos los poros mu abiertos. Pues eso, que “el jamones” aceptó la invitación y se trajo a su hijo  para que nos diera, durante una semana, clases de yoga como agradecimiento, ya que se dedicaba a eso en su “taller de contemplación”. Coño, el padre vendiendo cerdos y el niño con amapolas en la oreja. En fin, que cada uno con lo suyo.

                Resumiendo, nuestra misión consistía en conseguir que “Jamones D. Manuel”, construyera en el pueblo una nave y desempolvara el cartón del paro de los vecinos. Y eso hicimos, al menos lo intentamos los veinte que nos apuntamos al cursillo para hacerle la pelota al hijo del empresario.

                Lo primero que tengo que decir es que yo, eso de las mallas no, que mis bultos son míos y no quiero que nadie los mire, y menos apretaos y marcando la raya de los calzoncillos al centro. El chandas, el chandas es lo mejor; y aunque el mío fuera el más nuevo y me lo comprara de marca en Galerías Preciados, creo que no le gustó  al profesor, por la cara que puso al verme. La cosa es que, cuando después llegaron mis amigos,  debió pensar que yo iba en chaqué. En fin, para qué contar. Y si hablo de las esterillas que se llevaron, no paro. La mía era nueva, con una foto muy bonita al centro que ponía en grande el nombre del diseñador, Avecrem, porque también era de marca; la de ellos, sacos de ajos y arpilleras de naranjas.

                Pues eso, con ciertas lagrimillas en los ojos contemplando el alumnado, empezó la primera clase con algo de que teníamos que decirle no sé qué al sol.

-Este tío es mu raro- me susurraba al oído “el Domingo”, que aunque se llamaba Rafael le conocían asín porque siempre estaba descansando. -Raro y un poco, no sé…, ¿amaricona…?.

-Oigan, los de ahí al fondo- interrumpió Lao, que asín se llamaba el hijo de “el jamones”-. Se callen.

                Y nos callamos e intentamos poner la postura del árbol. Ésa era fácil para todos menos para el Macario, que era tuerto y no lograba el equilibrio. Luego, la cosa empezó a ponerse peor porque llegaron los calambres y las risitas a escondidas, sobre todo cuando tuvimos que hacer una pose rara y el Carlitos soltó que asín había concebido a su último hijo (no lo dijo esastamente de esa manera), mientras a dos o tres les crujían los huesos y al resto se nos escapaban ventosidades, que mezcladas con el olor a cebolla y ajos de los sacos, perfumaban el ambiente con un aromilla más denso que la varilla de sándalo que había encendida, o que esa colonia que llevaba el monitor, que decía que era de algo del rábano de un tal Paco.

-A ver, a ver. Esa respiración por la nariz, y la mano derecha a la pierna izquierda- decía el pobre Lao, atento a cómo nos tocábamos la nariz izquierda con el ombligo derecho-. Hombre, por favor, un poquito de coordinación. Venga, ahora Halasana, la postura del arado, que es así.

                Lo hacía la mar de bien, el hombre, y me empezaba a caer todavía mejor porque cerraba los ojos y se aislaba, no sé si por concentración o para no echarse a llorar viendo cómo hacíamos nosotros la postura, porque por algo éramos especialista en sembrados y lo del arado nos salía cojonudo. Después, para terminar, se puso a cantar con una sola sílaba todo el rato y se despidió con un nostálgico adiós.

                Mientras tanto, nuestro alcalde llevaba a Don Manuel a lo mejorcito del pueblo, que era el museo de fósiles, y que en la mayoría eran almejas de paellas de mariscos de domingueros, que se encontraban en el monte, pero como curiosidad…, nadie dice que no lo sea.

                Como el pobre Lao comprobó en dos ocasiones más que el yoga no era lo nuestro, pasó a sus clases teóricas de meditación.

-Concentrémonos en nuestro ser, y reflexionad- respiró que parecía un globo-: la vida debe ser comprendida hacia atrás pero vivida hacia adelante- soltó el aire y esperó respuesta.

“¿Eh?”, decía el Carlitos, “¿eso qué es?”, arrugaba la cara el Domingo. “Pues está claro”, añadía el Macario, “como el Miguel Yacson, que andaba pa´tras pero mirando al frente, y sino mirad”, e imitaba al cantante, retrocediendo mientras tropezaba, aplaudiendo todos y regalando a su entregado público más bailes.

-¿Pero es que vosotros no…?- definitivamente el Lao me resultó muy tierno, cuando insistió en sus frases raras-. ¿Y ésta?: si la oportunidad no llama, construye una puerta.

                Silencio absoluto.

-¿La oportunidad?- preguntó el Domingo-. ¿Quién es esa?. Yo, lo que quiero es que llame a la puerta la Paqui, ¿habéis visto con qué parte de su cuerpo abre las litronas?.

                Bullicio general, codeos y más aplausos. El Lao se tapó los ojos y comenzó a sollozar.

-Hombre, que no es para eso. Ven pa´cá- y el Carlitos le abrazó, dándole palmadas en la espalda.- Es que nosotros somos de campo, ¿sabes? Y, entiéndeme, todo eso que cuentas son chorradas.

-Ya, ya lo imaginaba- se desmocó-. Lo que queréis es que mi padre ponga aquí su fábrica nueva, ¿no?- todos asentimos.- Claro.

-Tú, lo que necesitas es una inspección de tascas, macho- el Macario tiró de él.

                Y mientras estudiábamos muy de cerca los sentimientos de las barricas, el Lao nos contó que su padre era bueno pero demasiado serio, y que su madre muy seca.

-¿Qué si es china?- respondía al Domingo cuando le preguntó a Lao por ella-. Qué va, de Albacete. Y Lao viene del nombre de mi abuelo, Wenceslao, que acortarlo por la primera sílaba sonaba de telenovela “ eh, Wen, súbete a la camioneta”; así que mejor Lao, que va al pelo con mi academia oriental.

-Desde luego que va al pelo- añadía el Carlitos-. Había un chino muy famoso que se llamaba Lao-Se-Tuá, que tenía ferreterías y vendía martillos y segadoras- y antes de terminar el tour vinícola, le informó de las virtudes del Kikisana, una postura que debía enseñar a su mujer y que le iba a dejar la espalda más relajada que la pose del arado.

                La cosa es que unos días después, el alcalde firmó el contrato con Don Manuel, y el pueblo se vino arriba; hasta el Domingo se volvió a llamar Rafael, pero no por muncho tiempo. Seis meses después de abrir la fábrica, se clausuró por “blanqueo de capitales”; ya ves tú, “blanqueo”, con la mierda que había en la fábrica, y “capitales”,  cuando la más cercana estaba a más de cien kilómetros del pueblo. En fin, que aquello acabó mal para todos menos para el Lao, porque para su “taller de contemplación” había lista de espera. Creo que su espiritualidad evolucionó haciendo famosa la postura que el Carlitos le enseñó; además, dejó de decir chorradas del tipo “pienso luego existo” y pasó a lo trascendental de la vida con frases que sí eran dignas de reflexión como “el que vino a este bar y no bebió vino, ¿a qué coño vino?”. Eso digo yo.

ANA Mª  GARCÍA YUSTE

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