84. ALGO DE VERDAD

               Como le iba diciendo en esta carta que solicita para que le hable sobre mí, le diré que me resulta muy complicado verme reflejado en un papel sobre el que no puedo escribir sin vacilar la línea. Es fácil torcer el renglón con un lápiz aunque, si le soy sincero, con lo que le cuente, seguro que la letra se quebrará por sí sola.

                Me pide usted que le diga cómo soy, que es muy distinto a cómo me veo. Es densa tal petición; supone un gran riesgo este ejercicio de introspección pero lo haré, en vista del buen fin de su requerimiento.

                Como todos, mi edad avanza con el paso de los días pero, de un tiempo a esta parte, he dejado de sumar años y me he estancado en una especie de vejez prematura que no entiendo y que me hace sentir mal. Me refiero a mi forma de pensar; ese yo que quiere que le muestre, observa la vida bajo su particular prisma y la hace suya, mientras los demás se amarran unos a otros sin dejar un mínimo hueco a la individualidad. Hacia los adentros camino en calma, pero es cruzar el umbral y todo cambia. Ser distinto tiene su precio; el mío es la soledad.

                Desprecio la vulgaridad, tanto como el verbo fácil y ordinario. Me gusta la gente distinta, los admiro, no por sus piercings o por sus pantalones raídos, sino por la originalidad de pelear para seguir siendo cómo son y no ser pisoteados. Así soy y me he reconocido, y por ello se alzaron voces que gritaron la sentencia de anormalidad, amasando la mierda entre ellas como ingredientes de un pastel insípido y manido.

                Me pregunta usted por mis aficiones, y es justo que entre la enumeración resalte la lectura. Leo de todo, me hace volar, pero últimamente he aterrizado con mala fortuna porque he visto cosas que no me han gustado. Lo que en las redes sociales debía ser un entramado descomunal de apoyo para acoger cualquier expresión de cultura y entretenimiento, se ha convertido en una enorme trampa donde una araña teje su malla para atrapar cualquier víctima. Maravillosos autores desconocidos que regalan sus trabajos, a los que nadie apoya, reportajes extraordinarios que se obvian, denuncias sociales, muestras de superación, y también publicidad, ¿por qué no?; y a todo ello, un silencio por respuesta. Y, sin embargo, asisto con impotencia a comprobar cómo un anuncio de “toi triste, ¿quieres ser mi amigo?”, arranca la caridad de doscientos o trescientos iluminados, que respaldan con sus cantinelas de medio pelo a un caradura de dudosa depresión, permitiéndose luego el lujo de satirizar a un erudito que habla sobre el aborto, sobre la religión o sobre el racismo. Son como las moscas de la red, amparadas en el anonimato de sus desapellidados nombres de “melasuda.kom”, y cuyo revoloteo habitual consiste en juzgar, cuando deberían ser ellos los enjuiciados.

                Sepa usted que también fui feliz. Muchas personas pasaron por mi cama y pocas se quedaron, quizás para alisar las sábanas y luego volverlas a arrugar, ¿qué más da?. Y aunque en el presente esté solo, no las echo de menos; quizás el calor de sus alientos o los ruidos en la casa, en la que ahora retumba el silencio, con ese desgarrador y anodino sonido en  el que vivo. Y aunque sea cierto que no las echo de menos, curiosamente, deambulan por mi mente con total libertad y no me importa; a veces estar acompañado es bueno.

                Me noto cansado. Continuamente me enfrento a sordos que oyen o a ciegos que ven, pero aún teniendo todos sana la piel, el tacto de cada uno de sus poros resulta frío e impasible; sin embargo yo, en mi prematura vejez, lloro como un niño cuando apenas me rozan. No debo estar bien; lloro igual que río, y río igual que lloro, y ninguna de las dos acciones me produce emoción alguna.

                Pues bien, doctor, aquí tiene alguno de mis miedos, algo sobre mí, estas letras para que usted las revise y me diga qué enfermedad sufro. No sé si encontrará alguna. Si no es así, déjeme en paz; no me moleste más. Iré a casa, cerraré los ojos y escucharé los sonidos que se oyen en ese trocito de campo que tanto añoro. Tenga claro que no me quiero curar; tan solo quiero recordar quién soy y olvidar todo lo demás. ¿Hay medicinas para eso?.

 ANA Mª GARCÍA YUSTE

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