82. EL PROFESIONAL SEGÚN SIMÓN

               Buen día, compañeros. Soy Simón y de nuevo tengo un trabajo raro, porque raro es pero me pagan, así que yo encantado de guardar la cola por otros, que en eso consiste mi nueva incursión en la esfera laboral: soy filero profesional. Eso no es lo mismo que ser filero a secas, que es cuando uno va al mercado a por pescado y aguanta una decena de pedidos de cuarto y mitad de boquerones en oferta que tiene por delante porque, si no, no los cata, sino que soy especialista en esperar. Ahí es nada. Sí señor. Ése soy yo, Simón el profesional.

                La primera vez me tocó esperar en una hilera de no sé cuántos metros para que mi cliente comprara un iphone nuevo, y fue bastante bien. Además, teniendo en cuenta que mi móvil tenía  teclas para pulsar, como una vieja calculadora, y el tono más moderno de llamada era la música de “we are the world, we are the children”, eso de estar allí para llevarse un chisme de dos mil euros tenía su puntito de aristocracia; y aunque no fuera para mí, me sentía nervioso cada vez que me aproximaba con un pasito. Luego, llegaba un chavalillo, me pagaba treinta euros por ocho horas de guarda y me iba, mirando de lejos la felicidad en su cara, mientras la mía refulgía con su verde de envidia cochina (apuntar 1: sentirse feliz con lo que uno tiene).

                Mi segunda experiencia como perito en filas fue a las puertas de “El Corte Francés”, el primer día de las rebajas de invierno. Fue un servicio de lo más completo porque, no solo tenía que aguardar a que abrieran el establecimiento, sino también localizar y coger un abrigo de pieles cuya foto me enseñó ,con la anotación de la talla,la señora que me contrató.

               Las diez en punto; hora de apertura. Cada giro de llave era un tres, dos uno de carrerilla de niños con pis nervioso incluido, era como un golpe de tambor africano llamando a un almuerzo caníbal, el pum-pum de la película Jujmanji, hasta que, ya libre la entrada, pasamos todos como una bola de demolición. Menos mal que llevaba pantalón oscuro porque, literalmente, me meé encima; aguantando fuera más de tres horas, y dentro, con los empujones, la esponja se estrujó y soltó chorreón. Pero ese inconveniente no fue obstáculo para conseguir mi encargo porque yo era como un mercenario; una vez aceptada la misión, era imposible detenerme. Como un asesino a sueldo, frio y cruel, el abrigo tenía que ser mío, aunque a mi lado dos ancianas, que sumaban entre ellas unos doscientos años, corrieran más que yo. Igual que en la selva, nos comunicábamos con sonidos guturales; el “ugh”, “agh” o “ufg”, es lo que más hablábamos, aunque una de mis contendientes me estimuló a utilizar un lenguaje más elaborado cuando me puso la zancadilla, soltando ella un “¡yiiiijaaaaa!”, al que yo respondí “¡yiiiijaaaatuuuuuuu!” al agarrarme de su falda para no caer, dejándola en bragas. Una menos.

               Quedaba la peor. Me enderecé cual Terminator y, al arrancar a correr, me escurrí en mis propios meados, deslizándome como un rayo, sin esfuerzo alguno, y pasando por delante de la anciana, que giraba la cabeza como la niña del exorcista, chirriando los dientes a mi adelanto. Abrí las zarpas en cuanto vislumbré la talla cincuenta y dos, y el abrigo fue mío. “Ja, ja, ja”, solté con voz de malo en la ultratumba, y ella se esfumó. La moraleja de todo esto es que hoy en día cualquiera puede ganar cincuenta euros; solo hace falta orinarse encima y pelearse con  dos viejas (apuntar 2: estar orgulloso consigo mismo- {y revisarse la vejiga}).

               Las siguientes veces fueron sencillas aunque largas en la espera; varias horas que rellenaba con vistas al móvil o repartiendo mis tarjetas (apuntar 3: uno solo es un desgraciado si se lo cree- {ir pidiendo cita al sicólogo}). Hasta que llegó la tarea de guardar cola para conseguir ser el primero en entrar en un concierto de Lady Ja Ja..

-Estoy de acuerdo- le dije a los padres del chico para el que eran las entradas, cuando me decían que tenía que dormir en la acera-. Ella es una diva; yo la conozco (https://elabrigodepuas.es/2019/01/22/73-simon-y-lady-ja-ja/)-, tenía que presumir ante sus escépticas miradas, escépticas y desagradables porque eran bastante bordes y me trataban con desprecio.

                Y tanto que “de acuerdo”. Doscientos euros por seguir a los fieles de la cantante en su procesión hacia la taquilla de entrada, no era tan difícil.

                El concierto era un sábado, así que desde el jueves me aposté en la columna que formaban los fans, que ya era de unos diez metros, fiambrera, manta, termo y silla plegable incluidos, como profesional filero que ya era. Poco a poco fueron llegando más, aumentando eslabones en la cadena de espera. El público era muy dispar, pero sobre todo había adolescentes y, no sé por qué, también mucha pluma. Al principio todos estaban recatados y apenas se hablaba pero, una horas después, ya nos habíamos hecho amigos íntimos y cantábamos con sus altavoces digitales el repertorio de la Ja Ja. Para el viernes, mis compis de cola ya se sabían mi vida entera, incluso varios de ellos llamaban a sus contactos para ver si me podían encontrar algún empleo. Otros me daban apoyo emocional con un lingotazo de calimocho, y luego me guardaban mis tres losetas de acera cuando me iba a desaguar (apuntar 4: no todo el mundo es malo {y revisarme la vejiga}).

                Cuando mi mujer, Paloma, venía con mis hijos, Manolín y Juanito, se traía pestiños hechos por ella y los repartía entre ellos mientras me miraban con admiración al contarles cómo era la cantante en persona. En general fue una grata experiencia, muy agradable, hasta que llegó el sábado y con ello, el momento del cambio de guardia al verdadero dueño de mi metro de bordillo.

                Quedaba media hora para la apertura cuando se escuchó el derrapar de un coche; todos nos giramos al ruido, incluida mi mujer e hijos, y vimos salir del auto a tres chicos jóvenes y a un adulto, que era el que me contrató. De mala manera se sacó la billetera y casi me tira el dinero.

-Venga- me señaló con la cabeza que me fuera, empujándome para hacer sitio a su hijo  y mostrándose indiferente ante la vergüenza de un trato así ante mi familia (apuntar 5: no mostrar debilidad ante el enemigo- {visita urgente al sicólogo}).

                Dicen que el tiempo pone todo en su lugar; el nuestro, mío y de los míos, en ese momento fue apartarnos de la imbecilidad. Nosotros cuatro nos alejamos unos pasos mientras mis nuevos amigos íntimos de la fila nos sonreían apurados, mirando asqueados al nuevo miembro de la cadena de espera. Abrieron el portalón y los gritos se desataron, pero el personal de seguridad impedía el movimiento porque una limusina se aproximaba. Se detuvo y apareció Lady Ja Ja. Aunque no iban a entrar al concierto, mis hijos se entusiasmaron al verla. La diva arrancó a andar, lentamente, saludando a todos sus fans. Pasó cerca de nosotros cuatro e imaginé, con falsa inocencia, que me reconocería, cuando parecía que nos miraba. Pero no. Desapareció en la boca del estadio y volvió el silencio. Al instante, uno de sus guardaespaldas se encaminó hacia nosotros. El ojo de Sauron me enfocó directamente.

-Lady Ja Ja invitar tú and family to the concert, ¿ok?.

                ¡Hostia!, que sí me había reconocido. Esos segundos de gloria que todos debemos tener una vez en la vida, los gasté ahí mismo, delante de los aplausos de mis amigos de fila, de la envidia del niñato que me contrató y, sobre todo, de la cara de orgullo de mis hijos, de los que aprendo continuamente que siempre hay un motivo para sonreír.

Querido diario: Revisar vejiga, ir al sicólogo.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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