81. EL TESTAMENTO DEL FACUN SEGÚN FLORO

               Ola, soy el Floro y voy a la lectura del testamento del Facun. El notario nos había citado en el gimnasio porque su local se había inundado por culpa de “el Tartas”, que le llaman asín no porque coma munchos dulces sino porque se traba al hablar y, una palabra de tres sílabas tarda en pronunciarla como si fueran quince, y encima mal; porque además, aparte de tartaja, es dilesico, de esos que dicen todo al revés y por lo que se ve, también lo hacen todo al contrario. Se conoce que fue a la notaría a inscribir la paternidad del pollino que su borrico tuvo con la burra de Don Olegario, que ella era muy digna, como su dueño, pero se dejó llevar por la poderosa atracción de la melena al viento del rucio de “el Tartas” y parió una cría de sangre azul, aunque aguailla por culpa de la canilla al aire que echó. Pero la sangre, sangre es, y “el Tartas” se esforzó para que cuando esa cría fuera mayor, supiera de sus raíces y se orgullonociera de que el burro de su padre no la hubiera abandonado.

            Pues eso. Que “el Tartas” fue a la notaría y le dio un apretón, asín que mientras descargaba, se echó un cigarro en su minicachimba y, cuando terminó, como era dilesico, la tiró por el sumidero y se guardó en el bolsillo su papel del culo to enmarronao. Y empezó a salir agua, y venga agua.

-Us…, us…, usted per…, per…, perdone, señor notario, que yo so…, so…, solo he cagao. Que no sé qué ha pa…, pa…, pasao. Que ma cos…, cos…, costao porque era dura pero no para que se que…, que…, quede to atorao.

               Y mientras pasaban la fregona, y con las ganas de fumar, se dio cuenta del equívoco y comprendió de dónde venía ese tufo raro que todos olían.

            En el gimnasio, “la Churra , “la Popeye” y “la Chumbera” se sentaron en la primera fila. Las tres se hicieron inseparables desde el velatorio del Facun (post nº 76 ), y como ellas eran mucho de telenovela, se pusieron a modo de pamela tres tocas de paja, con flores incluidas, que guardaban para las mejores ocasiones. Detrás “el Potato” y “el Trancas”, alargando el cuello para ver por encima de la maleza de los gorros. Yo al centro, y el Heriberto y “el Poli” a mi izquierda, saludando al cura, que acababa de llegar. Cuando el notario apareció, todos aplaudimos. Y empezó la lectura del testamento.

                “Todos sabéis de la profundidad de mis sentimientos hacia el prójimo…”, se oyeron risitas, “… por eso quiero agradecer y devolver con creces lo que en vida he recibido…”, murmullos. “… Al Heriberto, a quien el pésimo estado de su tractor le ha jugado tan malas pasadas, le regalo el mío…”, exclamaciones, aplausos, “… que está todavía sin abrir en un puzle de cinco mil piezas valorado en varios pares de euros…”.

-¡Será cabr…- exclamó y lo senté, mientras no podía evitar que lo pusiera verde.

                Murmullos otra vez. “… A “el Poli”, a quien tantas veces visité en su entrañable bar, le dejo dos posesiones que tengo de incalculable valor para mí: dos esculturas de plástico en exquisito estado de conservación, del toro y la sevillana, para que los exhiba con orgullo en su local…”

                Madre mía, lo que llegué a oír. Viendo a “el Poli”, al Heriberto le dio por reír, y, bueno, también a mí. “… Al párroco del pueblo, que tantas veces alivió mi alma, enderezándome hacia la senda del bien, le cedo mi bono de cliente VIP del club “Pendonas sin perdón”, que todavía tiene cuatro servicios sin usar. Sé que él, con su buen mandado, sabrá usarlo correctamente…”.

-¡Un antro de pecado!- se exaltó el cura, aunque luego, el Heriberto me comentó que lo vio sonreír a hurtadillas.

                “… A “la Chumbera”, una buena mujer con la que a veces fui injusto, le doy todo lo que he ahorrado en…”, gritos de la mujer y saltos, ”… en la lata de la cocina. No lo he contado pero calculo que para varias compras en el supermercado habrá, eso sí, sin carnes ni pescados…”.

                Ahora era “el Poli” el que reía; el Heriberto la calmaba, y el cura se perdía, atendiendo sonriente a la nada.

                “… A ”la Popeye”, que tan entretenido resulta verla masticar, y cuyo buen corazón siempre la caracterizó por la cantidad de amistades, sobre todo masculinas, que tenía, le regalo mi colección de…”.

-¿De porcelanas?- estalló expectante.

                “… mi colección de suspensorios…”, prosiguió el notario, comenzando a no controlar la sonrisa. “… He oído que con la técnica al vacio se puede hacer una escultura de esa parte de mi personalidad que tanto le gustaba, para que no me eche de menos…”.

-¡Hijo de…!- yo la intentaba calmar, pero, la verdad, el Facun se las traía.

                “… Y a mi “Churra”, que tantas veces se ha comido mi jeringo y me ha aguantado de forma tan desinteresada le dejo todo…”.

-¡Sí señorrrrrr!- se desgañitó la mujer.

                “…le dejo todo mi corazón, expresado en las canciones con bandurria que grabé en la cassette que está junto al váter, detrás de la escobilla…”.

                No me atrevo a repetir lo que salió de la boca de “la Churra”. Si no fuera porque el notario, para disimular la risa floja, se alejó para echar a los de mantenimiento del gimnasio, que se partían el culo con la lectura, la mujer le pega; y eso que él no tenía culpa ninguna.

                “… Y al Floro…”, se me descompuso la cara, imaginando lo que oiría, “… le dejo mis dos cortijos, los tres tractores, dos coches y todo el dinero que tengo en el banco. Quiero que quede claro que soy un cabrón, pero un cabrón justo, y el Floro es la única persona honrada que he conocido en toda mi vida”.

                Es curioso porque, en lugar de sentir alegría, sentí pena, tristeza por un hombre al que solo una vez ayudé en las siembras cuando estaba solo, cojo y sin un céntimo, y por eso me dejó lo que tenía en vida. Qué pena. Más curioso fue aún que los que sí esperaban algo, no sintieran envidia de mí; se quedaron desconcertados y bastante enfadados con el Facun, todos menos el cura, que parecía ensimismado en sí mismo y sin parar de sonreír.

                Ni que decir tengo que todo lo regalé para quien de verdad lo necesitaba. Es una sensación tan estraordinaria ver jugar al fútbol en el nuevo pabellón que se construyó con mi donación que no quiero esplicarlo; lo dejo para mí. He comprado esa sensación. ¿Para qué tener dinero si no te hace feliz?. Mejor regalarlo y, cuando nadie te vea, ir a solas a ver el fútbol. Qué gran valor tiene el dinero y qué feliz me hace no tenerlo.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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