80. PENA DE MUERTE

               Me produce una extraña sensación pensar en la existencia de una sentencia que condene a matar a una persona; es inquietante porque origina en mí distintas emociones que chocan unas contra otras. Si la ley natural nos hace responsables de nuestra preservación, de nuestra supervivencia, es como poco desconcertante que ese principio básico sea sesgado por otra ley humana que contravenga los dictados de la Naturaleza, los designios de Dios, para aquellos que crean en Él, o la ética, para todos los que, como yo, pensamos que la vida es un derecho fundamental sobre el que se asienta la dignidad de una persona.

                Es fácil teorizar, hablar es sencillo; básicamente no sé de nada, y hay que saber para hablar. Tengo que saber qué pasa por la mente de un padre al que van a matar a su hijo por asesino; pero también al del padre del hijo al que ese criminal mató. Y me pongo en el lugar de uno y de otro, y a ambos comprendo. Yo misma ahogaría con mis manos al violador de mi hija, porque soy humana y porque lloro, como también la madre del sentenciado cuando lo vea muerto. Igualmente necesito saber por qué un Estado, que tiene la obligación de prevenir delitos para proteger, entre otros bienes, la vida de sus administrados, manifiesta tan claramente su incapacidad para abarcar tal responsabilidad que se irroga en verdugo de aquel a quien no ha podido educar, privándole de la posibilidad de cambiar, de rehabilitarse.

                Todas las decisiones que tomamos tienen una consecuencia ineludible, buena o mala, pero resultado de nuestro derecho a elegir. Pensar en la pena capital como un consuelo, como una venganza que minorará el insoportable dolor que sentimos, representa una dudosa y falsa satisfacción fugaz que también deja viudos, huérfanos, vidas tan trastornadas como las del entorno a la víctima, que ahora son todos, familiares, amigos de ambos lados, cuyas vidas han cambiado y ninguno se siente reconfortado; porque la revancha conlleva rencor, y el rencor, si se alimenta, nunca se olvida por muchas que sean las condenas  muerte.

                En este punto deberían jugar un papel importante la religión y la moralidad; la primera por el perdón, y la segunda porque aceptar este tipo de castigo, que es el mayor atentado contra la vida, implicaría estar de acuerdo con otros, no tan drásticos pero de innegable descrédito moral, como las torturas, los latigazos, humillaciones y demás. No se trata de “poner la otra mejilla”, pero tampoco del “ojo por ojo” ya que, privar a una persona de la posibilidad de redención, es negar la esperanza de que un ser humano pueda enmendar el daño realizado y haga un bien, a sí mismo y a la sociedad.

                Es fácil teorizar cuando no me toca a mí, vuelvo a repetirlo porque es cierto y apenas sé de nada, pero sí puedo afirmar, y con categoría de profesional, que ese placer efímero que disfruto cuando paladeo chocolate, se convierte en inmediato arrepentimiento cuando me peso; pero que nadie me prive de él, porque entonces puede que deje de teorizar, y me aproxime a la mejilla, aunque solo sea para ver más de cerca ese ojo.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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