78. LAS GALLETITAS DE LA SUERTE SEGÚN SIMÓN

               Saludos a todos. Soy Simón. Acabo de descubrir un mechón blanco de pelo por encima de las orejas. Mal visto me hace viejo, pero bien ojeado me pinta de venerable y sabio, o al menos eso debió pensar de mí el chino que me contrató para ser, oigan bien, redactor de frases de galletitas de la fortuna.

-Tú esclibil bien, ¿no?.

-Uf, cojonudo- le respondía a todo, porque no se enteraba de nada, mientras asentía continuamente con la cabeza.

                Y entre los once que estábamos me dio a mí el trabajo, aunque no creo que mis intelectuales canas fueran el motivo. Más bien me inclino a pensar que, de entre todos los currículum, el mío fue el que más le gustó porque no me lo llevé; en su lugar le entregué un ejemplar de la revista “Totos pa´tos” (post nº 37 y 38) para que leyera mi trabajo. Tan atento como contento, le debió gustar porque se la empapó delante de mí, mientras yo intentaba sacar del agujero del calcetín el pulgar que el roto me estrangulaba.

-Esto sel también cojonudo- dijo, y después me guiñó-. Tú esclibil pala mí. Tenel que hacel todas las flases distintas; eso atlael clientela.

                Luego me llevó a un lateral del almacén donde nos entrevistó, pateó cajas y recipientes haciendo hueco y colocó una mesa sucia y una silla donde me debía sentar a escribir.

-Tú tlabajal aquí pala no lascalte huevos. Yo dalte un papel y tú ponel flases a mano. Así más bonito, más clientela. Tú ganal dinelo y yo también. Contentos los dos; cojonudo, ¿no?.

                Pues si por cojonudo se entiende ganar 0,05 céntimos por mensaje, sí que lo era, pero para él; a mí me dejó más bien acojonado.

                Al siguiente día empecé a rellenar papelitos con frases chorras del tipo “hoy encontrarás el amor”, “una sorpresa inesperada te llegará”, “recuperarás un buen amigo” o “tu vida va a cambiar”, hasta llegar a doscientas, con lo que los diez eurillos que gané me levantaron el ánimo, aunque mi culo quedara como una torta de aceite despachurrada. Tampoco era tan malo; unas nueve horas sentado en un cuchitril amohosado, con la luz de un flexo por compañía, y el trasiego de entradas y salidas de los empleados en busca de material para cocinar, no es que fuera una cruz pero sí una raya donde esperar otra cosa mejor mientras ayudaba a sostener a mi familia. Lo que pasa es que el chino apretaba pidiéndome más, porque también repartía galletitas a otros restaurantes de su clan y les gustaban mucho; así que pasé de nueve a once horas diarias, incluido festivos, por un miserable puñado de euros que, poco después, empezaron a pasar factura, porque del esfuerzo mi imaginación reventó y sufrí lo que los escritores llaman “el terror del folio en blanco”, en mi caso “el terror de la tirita en blanco”, y no sabía qué poner. Por eso, mi jefe comenzó a impacientarse, y lo hizo tanto que una tarde perdió conmigo las formas y me trató mal, llegando casi al insulto.

-Si tú no tlabajal, yo despedilte- me dijo, coronando una retahíla grotesca, como un rapapolvos de un profesor a un alumno.

                En ese instante comprendí mi equivocación; era él quien más me necesitaba, porque su calderilla a mí de poco me sacaba. Hay veces en las que un hombre debe subir la cabeza, aunque reconozco que delante del chino no me costó; era casi enano. Y desde lo alto, al elevar el cogote, cientos de frases llegaron a mi mente. Sonreí, pero no de alegría. La sutileza se adueñó de mí; la revancha también.

                Una semana después, el restaurante estaba a rebosar, pero el jefe se quejaba porque los clientes comían poco.

-Esto sel una jodienda. No entendel qué pasal- se rascaba el cogote-. Venil solo hombles  o solo mujeles, no familias. Sel lalo.

                Y mientras apenas comían su arroz, pedían el postre rapidito, galletas de la fortuna y cuenta.

                Cuando nadie me veía, yo salía a hurtadillas del almacén y ojeaba a los clientes, entretenido. Unos, con timidez, se ponían en pie ante su mesa hasta que otro comensal se les acercaba. Algunos levantaban el brazo y, cuando el camarero atendía a lo que creía su llamada, lo rechazaban y no lo bajaban hasta que otro de los clientes le respondía subiendo el suyo. Tres que aplaudían a la vez, dos que agitaban al aire sus servilletas; una joven al fondo que giraba su silla y se sentaba a horcajadas contra el respaldar. Incluso clientes sueltos que abandonaban airados el local, lanzando con la mirada cuchillos al personal, siendo ocupadas al instante sus mesas. Aquello parecía una obra coral donde cada uno se interpretaba a sí mismo, en un escenario donde todos conocían su papel, menos el chino y sus empleados. Hasta que se enteró y me echó.

-Tú ilte a la mielda, so cablón- le dije yo, antes de marcharme.

                Tampoco era para tanto. “Si te pones en pie tu media naranja se acercará”, “levanta el brazo porque alguien especial te responderá”, “si aplaudes, una pareja conseguirás”, “si buscas rollo enséñame tu servilleta”. Bueno, reconozco que esos no pero… “tengo el chorizo como un palo de cantimpalo” o “mi butifarra es de calidad, ¿la quieres degustar?”,”me gustaría comerte el Chow mein” “saborea nuestros nabos chinos, es la especialidad de la casa” o incluso “si te gusta tragar prueba nuestro plato principal, es largo y fino y sabe fenomenal”. En fin….

Querido diario. Tengo una duda existencial, ¿seré responsable de más divorcios que de hacer parejas o a la inversa?. No sé, lo cierto es que hay lista de espera para reservar en el restaurante chino y yo sigo en el paro. Aquí hay algo que no cuadra; ah, claro, el que han empleado en mi lugar cobra 0,03 céntimos por frase y la casquería es su especialidad. ¿Sabéis eso de “no soporto ver la casa sucia; ahora mismo me levanto y apago la luz”?. Pues yo ni por esas.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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