77. EL LADRÓN DE ALMAS

               Si hubiera sabido que aquello era la felicidad, habría degustado cada segundo de ese momento como si nunca más pudiera volverlo a disfrutar. Recordaba tan lejana esa sensación de bienestar, el calor del sol en mi espalda, el roce de la hierba fresca, el olor a humedad de la tierra. Es sobrecogedor que algo tan humilde alcance tanta perfección y regale tanta alegría, y sin embargo no valorarlo en su justa medida; antes por desinterés, después por incapacidad, porque solo podía sentir pena por mí misma. Y no me valían sicólogos, ni amigos, ni siquiera mis pobres padres, que estuvieron conmigo desde el primer momento, mientras en el hospital me extraían muestras de fluidos, de sangre y piel, hasta de saliva en el cuello, y medían las mordidas en mis pechos, suturando luego los desgarros sin que yo esbozara queja alguna. Me sentía muerta; una bala habría hecho menos daño que esta invasión en mi cuerpo.

                Al principio todo era confuso; pensé que nunca volvería a ser quien era, aunque llegué a la oscura conclusión de que daba igual pues, antes, también ignoraba mi identidad. Era como una muñeca de espuma a la que una mínima brisa la hacía tambalear; un tímido paso y caía, pero mis padres me agarraban con fuerza y me hacían continuar. Eran ellos los que insistían, día a día, en que saliera de las tinieblas donde vivía porque refugiarse en una habitación era sinónimo de nada. Qué grandísimo esfuerzo supuso para mí poner un pie fuera de casa, qué tormento estar de nuevo expuesta a verme desnuda aunque llevara la ropa puesta. Apretaba tanto los puños en mis bolsillos que sentía calambres. “Aquel hombre me mira, tengo miedo; mi padre está al lado, nada me pasará”. No podía reprocharles el infierno de salir; ellos han sido y siempre serán todo para mí, un bastón de madera noble donde depositaba mi sufrimiento, mis llantos y lamentos. Ignoro cómo pudieron cargar tanto peso; casi perder una hija y, además, saber que no tendrían nietos, porque ese animal me destrozó por fuera y por dentro. Ese malnacido me arrancó el abrigo, me desgarró el alma y me dejó vacía. Me robó la vida. Me la robó.

                Con el transcurso del tiempo las lágrimas cesaron y llegó una extraña calma en la que nada me afectaba; era una especie de autómata que comía y dormía para sobrevivir. Creí que sería una forma de superarlo, sin darme cuenta de que era cuando más hundida estaba. Y lo peor fue saber que mi bastón de madera noble se quebraba, que oía a mi madre llorar y a mi padre consolarla sin caer en la cuenta de que ellos eran tanto o más víctimas que yo del horror que viví, que de esta tragedia hice de mi vida y de la de mis padres un drama. Fue entonces cuando juré que jamás volvería a escuchar el quejido de esa preciosa madera, y vomité, arrojé todo sin hacer ruido. Decidí resucitar, regresar de entre los muertos para reconstruir lo que antes tenía y mejorarlo, para poder disfrutar del calor del sol en mi espalda, del roce de la hierba fresca y del olor a humedad de la tierra. Por mis padres; por mí también, pero mis padres más. Sólo tenía que pedirla, y cuando lo hice recibí tanta ayuda y descubrí tanta generosidad que no puedo dejar de dar gracias, a mi familia, a mis amigos, a los profesionales que ya son amigos, al del videoclub, al portero, a mis profesores, a todos, que ahora, si no han fallecido son mayores pero no me han olvidado, como yo a ellos tampoco.

                Mis padres hace años que se marcharon, pero aún siguen vivos en mí, y también en mis hijos, porque ese monstruo me privó de mi capacidad de engendrar pero no de amar, y era tanta que mi marido y yo compartimos con ellos la alegría de adoptar dos niños y hacerles abuelos; disfrutaron mucho de ellos. Ahora son mis nietos los que ponen flores en la tumba de mis padres; a ellos les traslado mis enseñanzas para que puedan tener una vida tan plena como la que ahora tengo. Fue muy difícil seguir adelante, reconocer que hubo un ladrón que me robó el alma; pero no pudo conmigo. Rodeándome de afectos, me despojé del odio que me contagió y gané. Recuperé mi alma y él se quedó relegado al olvido, aunque a veces perciba su hedor a añejo. Nunca fue tan hermosa la hierba, ni el aroma de la tierra se apreció mejor.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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