75. AUNQUE ELLA NO LO SEPA

                Cada vez que la veo me desconozco; yo, tan cabal y metódico, tan centrado como ordenado. Y ahora todo al contrario. Es pasar cerca de su trabajo y la vuelta a la adolescencia se produce de modo instantáneo. Tan bonita es, y yo tan poca cosa. Detrás del escaparate de la agencia de viajes la observo de reojo, de camino a mi oficina, y me cuesta despegar los ojos de ella; me parece tierno poder contemplarla sin que lo sepa. Sonríe a menudo, y la noto agradable, aunque en alguna ocasión una sombra enturbie la nitidez de su rostro. Me gustaría saber si puedo ayudarla, si hay algo que pudiera hacer por ella que le devolviera el brillo. Quizás solo sea cansancio, pero siento la necesidad de consolarla, de cuidarla y tenerla cerca, aunque ella no lo sepa. Porque es mi secreto, un gigantesco tesoro que solo me pertenece a mí saberlo; es mi guarida furtiva, una especie de redención a mi cuadriculada vida. Cuánto valor tengo, y también cuánto miedo, saber que la quiero y no podérselo decir porque no sé qué me espera sentir esto por alguien a quien no conozco. Pero me conformo; así debe continuar para preservar la delicadeza de esta emoción, libre de cualquier impureza en la que ella me pueda decir “no”. Sé que me equivoco, debo asumir el riesgo, pero prefiero esta cobardía ante la posibilidad de perderla, aunque ella no lo sepa.

                Día a día, uno tras otro, vacilo ante el cristal que la separa de mí, observándola entre medias de ofertas de viajes a Londres y Venecia, simulando interés en una lectura que no leo porque estoy atento a los renglones de su cara, y me pregunto si alguien habrá escrito ya sobre ella alguna historia, si hay tinta que aún permanezca o quién habrá rozado las líneas de su boca. Es entonces cuando fluye mi aliento e intento entrar en la Agencia, pero el miedo me retiene; yo solo soy un oficinista con gafas de vista, rígido y disciplinado, impecable en el trabajo aunque incompleto en su vida. Así, retrocedo y vuelvo al carril de los desorientados, en busca de un camino que no conduce a nada, girando sobre mi propio círculo, y desespero. La vida no debería ser de esta manera; no puedo siempre andar esquivo. Es cierto que puede salir mal, pero también lo es que al lado de una recompensa tal, cualquier fallo resulta anodino. Voy a desordenar mis normas, haré con ellas un batiburrillo; dos más dos no son siempre cuatro sino también tres más uno. Aunque ella no lo sepa me armaré de valor, entraré y me sentaré a su lado; lo que ocurra después solo Dios lo sabe. En mitad de esta revolución, cuanto más agito el orden, más cosas encuentro que pensé que había perdido.

                Al abrir la puerta suenan campanas. Siento pavor pero no lo demuestro. Me acerco y tomo la silla. El mundo despliega sus páginas ante mí para que yo las escriba cuando ella me dice que me conoce porque me ve todos los  días. Creo que es este el instante más afortunado de toda mi vida; aunque ella no lo sepa.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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