73. SIMÓN Y LADY JA JA

                Saludos, compañeros, soy Simón. Reconozco que mi vida es de todo menos aburrida, y esta misma semana es un ejemplo de ello. El lunes, mientras paseaba por el centro de la ciudad y antes de entrar en el supermercado a por los fideos que mi mujer me mandó comprar, observo a lo lejos una multitud que grita y, como soy cotilla, me acerco por voluntad propia primero, luego remolcado hacia dentro por una vorágine enfervorizada que quería llegar al interior del volcán para ver a su cantante preferida, Lady Ja Ja. Sin tocar el suelo casi, y de espaldas, entre codazos y empujones, no sé cómo pero topé junto al coche de la estrella con tan mala pata que, cuando aterricé, uno de sus matones le abría la puerta y me comí sin hambre el pico de la ventanilla, resbalando casi inconsciente encima de la diva. La cantante abrió los ojos y los sacó de sus cuencas como canicas, mientras el guardaespaldas me agarraba de las canillas y me arrastraba hacia fuera, y, en ese momento, justo antes de merendarme el suelo, la famosa sacó la cabeza del coche y me habló entre flashes.

-Tú ser macho ibérico. Tú ser my hero, baby- apoyó su tacón en la vía y me agarró de las solapas, levantándome cual chicarrón del norte.- My torero- y me estampó el sello del rojo de sus labios en la frente.

                Pero ahí no quedó el asunto porque, a continuación, se me cuelga del brazo y me obliga a acompañarla por un pasillo flanqueado por sus escoltas, hasta llegar a la puerta del centro comercial donde iba a firmar autógrafos.

-Señorita, es que yo me tengo que ir a por fideos- acertaba a pronunciar.

-Fideos-chapurreaba.- ¡Paella!, ¡paella!- y se jaleaba sola, trastocando los pasos con efluvios a vino tinto.

                En cuanto accedimos al interior, ella se despegó de mí y se perdió tras una puerta, dejándome solo en mitad de una salita, hasta que regresó uno de los vigilantes y me obsequió con un puñado de chapitas con la cara de la Ja Ja. “Arreando”, le faltó decirme para que me marchara, así que atajé por un lateral del edificio y salí; y si en la entrada principal el coro de fans voceaba a su celebridad, en mi salida una nube de fotógrafos me ametrallaron a fotos mientras metían sus micrófonos en mis ojos a la espera de respuesta a la pregunta de “¿desde cuándo tiene usted una relación con Lady Ja Ja?”. Y lo peor de todo no fue que se me olvidaran los fideos sino que en el barrio se formó un revuelo descomunal con la prensa pisándome la rabadilla; en casa ni hablo, porque si mis hijos se peleaban al repartirse el impar de chapas de la diva, mi mujer, Paloma, me la daba al pedirme explicaciones, que entendió a la primera porque sabe que el mundo del absurdo lo he pintado yo a brocha gorda, de esquina a esquina, de lado a lado.

                Y eso fue el lunes; para el martes ya habían contactado conmigo dos agentes para representarme, y el miércoles recibí una llamada del “Rescátame Deluxe” para salir en la tele que rechacé por Paloma, a pesar del olor a gloria del pastel que me ofrecían. Ya para el jueves me agobié por los paparazzi apostados en el portal y les bajé unos bollos.

-Oye, ¿y por qué no dices que te la has pasado por la piedra?- me preguntaba el mayor de ellos, con la boca llena.- Te puedes sacar unas buenas perras. Mira sino la Teresiita, que por tirarse al futbolista y decir que tenía la minga corta pero resultona ha pasado de vender aspiradoras a colaboradora en “Hembras, machos y a la inversa”.

-Es que yo estoy casado y tengo hijos- aduje, disimulando estar tentado.

-¿Y qué?. Nos han dicho que estás en el paro.

                ¡Coño!, directo al ojete. ¡Cómo dolió y cuánta razón tenía!. Pero no. Miré hacia arriba y mis dos hijos y Paloma me saludaban desde el balcón; les respondí con la mano y sentí una gran ternura. A mi lado los reporteros me ojeaban entretenidos, seguros ya del ocaso de esta estrella que nunca sería, mientras se movían las cortinas de muchas ventanas fisgando la novedad. Y en el mismo instante en que les pedí que me grabasen la manida frase de “ni confirmo ni desmiento”, una mujer vestida de desvestida surgió de la nada y acaparó la atención de los focos.

-¡Ese hombre miente!- gritó señalándome.- Soy yo la que tuvo una relación con la Ja Ja.

                Y las mieles de la fama regresaron al panal dejándome con las ganas. ¡Coño, otra vez!. Los periodistas se lanzaron sobre la nueva estela luminosa, dejando mis brillos a la altura de una luz de flexo, con la misma intensidad que una luciérnaga, tan olvidado como cuando el ojo de Sauron de repente mira para otro lado porque se les pierden de vista las canoas que el hobbit tiene por pies. Madre mía; estos perentorios fulgores de la popularidad fueron más breves de lo que creía. Este putón en cueros, aprovechada y lista, cogió la ocasión como mosca que va a la mierda. Y no puedo juzgarla, sabrá ella de su vida. Yo solo la envidio; esa falta de escrúpulos que yo no tengo me hace regresar hacia al portal, no sin antes de entrar echar una última mirada atrás. A lo lejos, los periodistas rodean a la nueva presa, todos menos el que habló conmigo, que me observaba serio, y me hace una reverencia. No sé si me llamó gilipollas, o honrado quizás; lo cierto es que cuando cayó el telón después de esa función, no me sentí liberado sino idiota. A ver, si es que soy humano.

Querido diario. Me cuesta olvidar la oportunidad, aunque creo que he actuado bien, ¿no?, digo yo, vamos ¿si?. Claro, porque sino…, ¿no?. Desde luego que sí. ¡Coño!, que no se me va de la cabeza este dichoso refrán: “cuando un dedo apunta al cielo, el tonto mira al dedo”. En fin…

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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