72. LA NOVIA DEL FLORO

                Ola, soy el Floro y tengo que decir que mis amigos son mu´tontos, pero cabezotas más, porque insisten en que tenga novia y por eso me veo en estos líos. El tema es que cada vez que llega una moza al pueblo me cuelgan en la riñonera los walkistalkis  y ponemos cara de espías sin gafas de sol, en busca de información de la zagala en cuestión. Pues eso, que me obligan a seguirles para estudiar de cerca a la candidata.

-Cigarra a Polilla, Cigarra a Polilla-  se escuchaba en mi interfono.

-¿Polilla quién es?- respondía otro.

-Pues tú, ¿no?.

-¿Yo?. No hombre, que yo soy Mosca.

-¿Pero la Mosca no soy yo?- contestaba de lejos el “Cipri”, oyéndose más la voces que el walkis.

-Que no- repetía el segundo-. Que tú eres Saltamontes.

-De eso nada- el tercero de mis amigos se enfadaba-. Yo soy Mosca, tú Pulga, y el “Pelotes” Saltamontes.

-Que yo no soy Saltamontes, que soy Ladilla.

                Y como no se ponían de acuerdo, nos juntábamos en corrillo mientras la chica nos saludaba al pasar y ninguno le hacíamos ni caso. Asín que me cansé y no quise acompañarlos más para estos menesteres.

                Pero es que, como ya he dicho antes, son más cabezotas que tontos, que ya es decir, y en vez de conseguir que otra vez me escondiera tras una farola para fisgar a la individua, lograron encontrarme por el interné una candidata y que encima viniera al pueblo a conocerme. La foto que me enseñaron era muy borrosa y no se veía na, pero es la que salió según las características que mis amigos metieron en el buscador de citas: que fuera buena y resultona. Asín que a rezar, o mejor dicho, a apostar, porque los muy cabro…, canallas jugaban entre ellos a una porra que consistía en quién se aproximaba más al físico de la señorita, y entre las apuestas de “callo”, “callo malayo” o “mejor no mirar”, ganaba esta última. Y encima, los muy cabro…, canallas se lo cascaron al resto del pueblo, y las risitas que al principio solo escuchaba de ellos cuando cuchicheaban a mi lado, las empecé a oír del resto de los vecinos, y los participantes de la porra se multiplicaron, consiguiendo añadir al premio inicial, que era un saco de mantillo del bueno, una bicicleta que sacaron del río y arreglaron. Y como tenía que aguantar el tipo porque si no, del cachondeo, me comían, hice una apuesta yo solo de que la mozuela iba a resultar guapetona, eso sí, sin aspavientos, soltando los tres eurazos así, haciendo ruido en la mesa para que todos me oyeran, a lo Yon Wein, con un par. En ese momento la porra aumentó, sumando al saco de mantillo y la bicicleta, dos latas grandes de melocotón  en almíbar que ya iban haciendo muy serio el premio. Este asunto, como decía el “Cipri”, se convirtió en vírico, que es como en el interné llaman al cotilleo en comuna, y la apuesta de “mejor no mirar”, se hizo con el primer puesto en el ranquin de más votados frente a la mía, única y orgullosa y, que quede claro, con un par. Pues eso.

                El día llegó y la chica debía venir en el autobús de las cinco de la tarde, asín que el pueblo entero, pipas y refrescos incluidos, se apostó junto a la parada; el pueblo entero y el de al lado, lo que agrandó al saco de mantillo, la bicicleta y las dos latas de melocotón en almíbar, tres almanaques de bomberos en bolas para la pared, que ellos mismos diseñaron para recaudar fondos y comprar una máquina que traduciera el chino, porque cuando compraban algún elestrodoméstico  no lo sabían usar porque no entendían ni papa de las instrucciones y ya estaban hartos de buscarle el hueco al microondas  para ponerle las pilas. Pues eso, que mis amigos me endomingaron, ramo de flores en mano y, mientras me quitaban las pelotilla del niki, se partían el culo a mis espaldas junto con todo el público, que esperaba haciendo tiempo hasta que el autobús llegara. Y llegó, y todos dejaron de comer pipas y se levantaron para ver uno a uno quién bajaba. La primera en la frente, que de fea que era, agradaba. El júbilo fue monumental, pero no, no era ella; voces de desaliento, y de nuevo espestación. Qué cague, y lo peor es que me dolía más perder la porra que echarme de novia un adesfesio. De la siguiente que bajó, lo mejor que puedo decir de su físico es que las entradas de su pelo en la frente parecían salidas que se unían a las cejas; mi madre, qué bancarrota en depilación. Otra vez alegría en la audiencia, pero tampoco era. Ya casi vacío el autobús, descendió una señorita muy normal y se me acercó.

-Perdone- me dijo-. ¿Puede decirme dónde está el Ayuntamiento?.

                Y así lo hice, aunque indicándole que si quería hablar con el alcalde lo tenía detrás, sentado en su silla plegable y con medio cuarto de altramuces casi a terminar. Tampoco era, y la concurrencia resopló aliviada, pues la mujer era pasable. Jolgorio y risas.

               Cuando ya parecía desalojado el vehículo, ella apareció, lentamente, despacio, en silencio hasta los pájaros. Yo no sabía que existieran pantis para unas piernas tan largas. Menudo pibón. Yo, por si acaso, me fijé en el cuello, y nuez no había. Algún sollozo se escuchó entre los espectadores.

-¿Tú eres Floro?- a lo que yo respondí que sí, girándome triunfal hacia el respetable, regocijándome en sus lagrimillas y babas caídas.

                Pues sí, una tía güena. Luego vi que lo que quería era arreglar papeles con un matrimonio fingido. Lo cierto es que una semana después se fue, pero en los siete días que estuvo en mi casa, yo nunca tuve que fingir nada, ¿se entiende?. Lo que no entiendo es qué voy a hacer con los tres calendarios de los bomberos en pelotas. Creo que los guardaré, no vayan a hacer otra porra en el pueblo para ver si los cuelgo o no en la pared. Ya sé que cuando hay sed el agua, agua es, aunque tengo que decir que a mí no me da igual de la manguera que venga.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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