71. INSURRRECCIÓN

                  No es que me dé por vencida, mi general, pero ya estoy un poco cansada; es mucho el tiempo de toda una vida de guerra sin tregua. Estoy harta de ser su soldado; ahora quiero ser civil, a ver si usted me deja. No pido demasiado, teniendo en cuenta los años que llevo en la batalla, soportando su mal talante y su peor trato, sus patadas en el alma y el silencio en el rostro; no es demasiado. Y aunque no estoy vencida, sí me siento perdida en este mapa que usted trazó en mi cara a golpe de desprecios, al ruido del “tú sin mí no eres nada”, al mayor de los abandonos que una persona puede sentir cuando es continuamente humillada. Es curioso que sea usted quien lo haga porque yo le digo, mi general, que usted no es nadie, que no es nada; se condecoró con los honores del cargo la primera vez que me levantó la mano y yo no me lo esperaba. Desde entonces, cada vez que su mando ordenaba, yo agachaba la cabeza, evitando el castigo, y acataba atemorizada, ablandándose mi piel para que se incrustaran más hondas sus balas. Este peculiar botín que usted, mi teniente coronel, conquista en sus pugnas privadas, ya ha conseguido saquear del todo mi esencia, desnudándome de cualquier prenda que me pudiera otorgar algo de valor, prohibiéndome ser yo, ésa que ahora reclama independencia. Porque ha de saber, mi coronel, que la era del terror va a terminar, y así lo he decidido, ya que no quedan en mi cuerpo más trozos de piel que dañar pero sí un tímido brote de aliento que he de cuidar para que enderece mi espíritu. Y percibo esa fuerza, tomando conciencia de que el dolor de los hematomas apenas es tal, capitán, que incluso puedo mirar sin miedo las fotos del error de nuestra boda y no sentirme engañada porque viera en usted una buena persona, cuando ni es bueno y ni siquiera persona. Quiero decirle, antes teniente, alférez, sargento, y ahora cabo a secas, que usted ya no me da miedo, que tú, soldado, no me das miedo. Que ya no tengo miedo, que sé lo que es vivir en un ataúd bajo tierra sin haber muerto y ya no te lo consiento. Esta guerra la gano yo, porque mis tropas avanzan a medida que las tuyas se repliegan, cobardes ante mi valentía. Regalaría todos los días que he pasado a tu lado por un solo instante del arrojo que ahora tengo; qué gran ejercito se ha creado dentro de mí, y todo gracias a tu insulsa existencia, que ha hecho que busque en mi mente lugares ocultos que nunca creí que tuviera, descubriendo dónde se refugiaban mis huestes. Dime, recluta, ¿qué piensas ahora de mí, que siendo civil puedo ordenar legiones en contra tuya, tan solo con pararte el brazo y reírme de ti?. Vete, vete ya de aquí, que el amor que hubo ya no está, que  ya no te quiero porque ahora estoy empezando a quererme a mí más.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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