64. LA CARTA DE RECOMENDACIÓN SEGÚN FLORO

              Ola, soy el Floro, y estoy un poco preocupado porque tengo que escribir una carta de recomendación para mi amigo el Paulo, que quiere entrar de mozo en el picadero de Los Santos, y como conozco al dueño, Don Cayo, me lo ha pedido para ver si asín le miran mejor y tiene más facilidad para que lo acepten.

              Yo, lo primero que tengo que decir es que lo de redastar no es lo mío, pero sí lo es ayudar a los míos, asín que ahí va.

              “Estimado Don Cayo:

              Astualmente le estoy escribiendo estas líneas hoy porque le quiero comentar lo bueno que es mi amigo el Paulo, ya que quiere trabajar en sus cuadras. Él me ha pedido que le hable a usted de él, porque usted  a él no le conoce, y él a usted tampoco, pero usted y él tienen algo en común que si usted lo supiera, él ya trabajaría hace tiempo para usted, y son los caballos de usted, que le gustan muncho a él. El Paulo tiene una sensibilidad ecuestre que no la tiene quien no la posea, y eso solo lo sabe quien no la tiene, pero él va sobrada de ella, sobrada en sentido bueno, no de listillo, sino de cantidad; porque él es muy humilde, que yo lo sé, y aunque  también sé que más que el hombre que susurra a los caballos es el tipo que se desgañita con las jacas, le puedo asegurar que tiene un corazón mitad persona mitad mula, y no solo por ser capaz de echarse al hombro más de ochenta kilos de aceitunas luneras y corra con ellas para que la guardia civil no le incaute el alijo, sino porque es un poco bestia y entiende muy bien a los animales. Es por eso que si le contrata se van a llevar muy bien porque todo el pueblo sabe que usted tiene fama de duro, que aparte de su mitad de burro también la tendrá de buena persona, y entre los dos, uña y carne serán seguro, que lo sé yo, que confío en el Paulo aunque en ocasiones se le olvide devolverme el dinero que le presto o tenga que esperar a que lo recupere si gana alguna partida en las tragaperras.

                En general, mi amigo es responsable, y digo en general porque las veces que no, son aquellas en las que se ha pasado con el tinto y no se le puede echar en cara porque no lo hace a conciencia sino poco antes de la inconsciencia que sufre por la pea que lleve. En cuanto al asunto de la lealtad, él es su ejemplo mejor. Siempre ha sido fiel a sí mismo, a su filosofía de vida, que es “si trabajas hazlo bien, sino ¿pa´qué?”. Es por eso que dice que como no siempre puede comprometerse a un resultado chipén, prefiere el paro; para que usted vez hasta dónde llega la exigencia consigo mismo. Y su generosidad es arsoluta. Me emociono pero se lo voy a contar. Hace un par de años, a la niña de la Olga, la de la mercería, se le perdió el gato, y como la cría era muy querida por todos, el pueblo entero se levantó para buscárselo, el Paulo el primero. Al caer la noche, la gente se recogió menos unos cuantos. La mañana siguiente fue triunfal; todavía me se eriza el lomo al recordarlo. Mi amigo regresó con el minino en brazos, con arañazos en el cuello y lleno de pajas; se conoce que tuvo que trepar a algo para cogerlo o meterse en alguna cueva tupida donde el bicho penetró para calentarse. No sé. Lo cierto es que cuando entregó el gato a la niña, noté que el esfuerzo fue conjuntado con la madre porque, aparte de pajas en la cabeza, también la Olga llevaba una cara de felicidad difícil de comprender después de una noche de búsqueda loca; sería la alegría de ver a su hija tan dichosa. Asín es mi amigo, humano como el que más, y sin nada a cambio.

                Para terminar, añado a este cúmulo de cualidades que el Paulo es una tumba en lo que a guardar secretos se refiere porque, sin ir más lejos, le conté cómo usted y yo nos conocimos, aquella tarde en la que yo paseaba por el monte y tuve la grata sorpresa de encontrármelo con una dama de escaso gusto en el vestir, no solo por corto sino también por ordinario, usted me perdone. Recuerdo que me dijo que era su prima; qué bonita es la familia. Se veía que se llevaba muy bien con ella, sobre todo por los besos que se daban y la confianza con la que la cogía del trasero. Cualquiera pensaría mal, allí entre los árboles, escondidos de la vista. Pues bien, mi amigo a nadie se lo ha contado porque sabe que este tipo de información mal interpretada puede afectarle muncho a usted, que salvo accidente nunca saldrá de su boca. ¿Comprende lo que le digo, Don Cayo?, ¿ve que gran tipo de persona va a contratar?. No se ande con miramientos, que el Paulo es un chollo; haga honor a su apellido y trate con su nombre de pila a sus demás empleados, que mi amigo se lo merece.

                                                                                                          Atentadamente: el Floro.”

                Ya es un hecho; con esta recomendación Los Santos tienen mozo nuevo. Qué bien me siento.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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