63. HONRARÁS A TUS PADRES

              Quiero creer que me acostumbraré a esto pero lo veo tarea difícil, por mucho que me esfuerce en ello. Aquí todo es muy grande y hay mucha gente, pero apenas nadie se conoce. Cuando pasan a mi lado les saludo, como hacía en el pueblo, pero o no me responden o me ojean como a un bicho raro. A veces no sé dónde mirar cuando cruzo la carretera porque, aunque el semáforo esté rojo para los coches, las personas me atropellan con sus prisas o me adelantan dando codazos. En la granja las vacas tenían más orden al andar y pastaban tranquilas en la pradera, y cuando el sol se ponía regresaban solas a la vaquería, mugiendo contentas al entrar. Estoy seguro de que esta gente tan ocupada que corre tanto en la ciudad también gruñirá cuando llegue a su casa; es fácil llegar a esa conclusión viendo sus caras.

                Ya hace cinco meses que estoy aquí y me arrepiento desde el primer momento. Mi hijo creyó que sería lo mejor para mí estar cerca de él; me convenció, traspasé el negocio, vendí la finca y me jubilé. Allí quedó toda mi vida, la infancia feliz junto a mis padres, mi juventud con Elena, el nacimiento de nuestro hijo; Elena, siempre Elena. Pero ella ya se fue y me dejó solo. Aún me cuesta trabajo; todavía no hablaré de ella.

                Mi hijo se equivocó, y no solo por mí sino también por él, porque olvidó las caras de sus hijos cuando ordeñaban a mano las vacas, o cuando limpiaban con pajas a los terneros recién nacidos, o cuando comían ciruelas directamente del árbol; perdió la cuenta de las risas de mis nietos, corriendo tras las gallinas, o las lágrimas por la muerte de algún cachorro de perro. Allí, con los animales, aprendían cómo era el día con sus penumbras, y los candiles que daban luz a la noche; el sabor de los buenos alimentos, el sonido de las cigarras al sestear, el olor de la alegría. Pablo, mi hijo, insistió en que viviera con él, su esposa y mis dos nietos en su lujoso chalé, pero preferí alquilar un piso porque a los cuatro los quiero bien; uno siempre sabe dónde está su sitio. Sé que intenta rasgar tiempo de su trabajo para verme, estrujando cada minuto igual que yo el líquido el queso, pero la verdad es que ojeándolo tan apurado me siento un trasto viejo al que cuidar, y no hay nada que deteste más; yo solo me basto con mis arrugas y achaques. Lo que más me duele es la soledad, pero por mucho que sea el amor de mi hijo no la voy a dejar; desde que murió Elena, ella siempre me acompaña, es la única que no me falta. Es como un lazarillo que me agarra fuerte para no tropezar, pero en lugar de indicarme el camino me desorienta aún más para que me aferre a ella y no intente escapar. En el fondo me gusta su papel de carabina porque, si me recuerda a mi esposa y el recuerdo es sufrimiento, quiero seguir constantemente sufriendo para sentirla a mi lado. No quiero hablar más de Elena; la dejo para mis adentros, para abrir el baúl y disfrutar despacio junto a mi amiga la soledad.

                En este sitio se come muy raro y mal. Veo en los supermercados comidas que venden ya hechas con un aspecto tan desolador que dan ganas de ayunar. El tocino sabe a goma, el chorizo a grasa seca, la fruta a agua y la carne se encoge tanto al cocinar que ahora entiendo por qué están todos tan flacos. En el pueblo, con el olor de un pollo a la leña, dabas gracias a Dios; aquí, si sabe a algo la carne es por los condimentos y aliños. No sé qué comprar cuando voy al mercado; todo lo que veo parece plástico. Pasa igual que la ropa. Se visten por la cabeza pero no llegan a los pies; van a medias o demasiado, ridículos o pasados, modernos pero anticuados. Leo una revista al desayunar. Un hombre con pantalón elástico de camuflaje rosa, camisa a corazones y melena de león anuncia que va a escribir su cuarto libre sobre moda; y lo peor no es eso sino que es un famoso diseñador ya. El mundo aquí no está al revés; está en otro lado. Viendo lo que veo no es de extrañar que el plástico se haya esparcido por fuera de los mercados.

                Hace tiempo quela tristeza es peor; es por eso que intento salir y ver movimiento a mi alrededor, pero me canso pronto, quizás por falta de ánimo, qué sé yo. Entonces me siento en algún banco y, entre bullicios y ajetreos, no soy uno más, soy invisible, como una farola u otro asiento. Echo de menos mi pueblo; allí era un hombre importante, miembro de una inmensa familia de tres, conocido por todos. Ojeo cerca a otro anciano, que parece asumir su condición de secundario en el género humano, ya que solo mira a las palomas a las que da de comer, y me apeno por él. No quiero ser igual, pero bajo los ojos al suelo y asumo la derrota. Es entonces cuando veo una hilera de hormigas y la interrumpo con mi pie; se vuelven locas pero luego bordean mis botas y rehacen su rumbo a la fila. Aquí soy una de ellas y el zapato la ciudad, pero soy incapaz de retomar el camino y me he quedado en la locura de quererme marchar. Le digo a Pablo que quiero regresar y me quita las ganas.

-Ven a comer a casa-, me dice, y acepto a regañadientes.

                En la mesa le veo bien acompañado con su mujer y mis nietos, una inmensa familia de cuatro. Ahora el importante es él. Creo que mi trabajo ha terminado.

                Apenas tengo apetito aunque mi nuera cocine fenomenal. Me tumbo en una hamaca del jardín y me quedo dormido mirando al cielo; imagino ver en una nube la silueta de Elena. Estoy confuso porque la soledad me abandona cuando estoy casi seguro de que toco la mano de mi esposa. Es tan cálida, tan cierta. Me levanto y me lleva con ella de vuelta al pueblo, con los cencerros de las vacas y el pan recién hecho. Sé que no voy a despertar más, pero no me entristezco. Mi hijo es feliz y yo también aquí. Mi trabajo ya ha terminado.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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