61. PROBADOR DE COLCHONES SEGÚN SIMÓN

                 Saludos a todos. Soy Simón y esta vez me he superado. En mi desesperada búsqueda empleo creí haber llegado al tope, pero no por los variopintos trabajos que he desempeñado ni por aquellos que no me han dado, sino por esa continua sensación de vértigo, cayendo por un precipicio que no tiene suelo donde parar y poder decir que he tocado fondo, y respirar porque no me puedo hundir más; saber que de ahí en adelante todo será subir, aún poco a poco en busca de aire y algo de paz. Pero si hay duda, el interrogante lo cierra el punto hacia abajo, más y más y más honda esta terrible sensación que ya me pesa demasiado pero que,  gracias a mi preciosa familia, la puedo y tengo que aguantar.

                Probador de camas; ésta es mi nueva ocupación. Aunque parezca mentira es cierto; me pagan por tumbarme en un colchón de diez de la mañana a seis de la tarde, eso sí, dentro de la tienda. Sencillamente, por sobar tenía un sueldo que, sin entrar en la incomodidad de ser observado mientras babeas la almohada, era bastante descansado ganar; fácil, al menos a simple vista. Luego comprobé que no.

                Me explicaron que el principal objetivo del experimento era probar tanto la firmeza del armazón como la calidad de los tejidos, capacidad de absorción, resistencia del material y más etcéteras técnicos, que se podrían resumir respondiendo cuánto nos dura el colchón si por estar enfermos no salimos de la cama y nos meamos dentro. Efectivamente, en las ocho horas diarias de trabajo no me podía levantar de la cama ni dormir, y tenía que comer y beber, y si daba el apretón o aguantarme o disimular el tufo porque además, el horario era de día y el catre estaba en mitad de la tienda. El espectáculo en bandeja; raro, no sé bien especificarlo, pero el sueldo lo merecía todo. Si no llega a ser porque uno de los policías que me interrogaron por la “operación totos pa´tos” (post nº  37 y 38) era suegro del hermano del dueño de la tienda, nunca habría conseguido el trabajo. Qué extraña es a veces la vida.

                En mi primer día llevé vacío el estómago porque, aunque soy aún joven, la vejiga  se me llena muy rápido y quería dar buena impresión. Y seguro  que la di, pero la cama no a mí. Estaba rodeada de cintas que la separaban de las demás, como cuando la policía acota el perímetro del lugar donde se ha cometido un siniestro, y además se encontraba próxima al escaparate. Con cierto nerviosismo y después de quitarme los zapatos, me tumbé. Miré al techo y esperé; buenos muelles, se amoldaba a mi cuerpo con facilidad y luego recuperaba rápido su forma…, y otras muchas características que luego tenía que plasmar por escrito en un informe. Con un cuarto de hora ya habría redactado el parte, pero aún me quedaban siete horas y cuarenta y cinco minutos más. Sobre las once y media estaba desesperado, y eso que había empezado a las diez. Nunca me ha gustado desperdiciar el tiempo, y esto era un tiempo perdido, aunque pagado. Ya memorizados por puro aburrimiento todos los carteles publicitarios de la tienda, un dependiente se me aproximó con un desayuno en bandeja; con el coraje que me dan los pizcos en las sábanas, me traen tostadas bien chamuscadas. Le sonrío, como si no le pudiera hablar, y me bebo el café, dando luego  un bocado al pan y sufriendo  al ver cómo las migas se lanzan desde el trampolín de mi boca a nadar contentas sobre el colchón. Las sacudo incómodo y se me vuelca el vaso, rebosando de la bandeja un chorreón de lecha manchada y sobre todo manchante, porque puso fina la cubierta de la cama.

-Hombre, mira eso…- me dijo el dueño, señalando el vitíligo que parecía tener la tela.

-Es por el experimento- contesté acostado y con la serenidad que otorga la profesionalidad de no ser profesional de nada-. Hay que comprobar la absorción-, y mientras el propietario se marchaba refunfuñando, se escuchaban de fondo las risitas de los clientes, atentos a cómo me libraba de los trozos de rebanada igual que si fueran termitas subiéndose a la cama.

                 No puedo soportar ningún pizco en la cama, ¿es tan difícil de comprender?.

          Cambio de postura, derecha, izquierda, el culo ya me molesta, y encima me empiezo a orinar; y son las trece treinta. Me relajo, aprieto hacia dentro e intento visualizar mi vejiga vacía, pero luego irrumpe una cascada en el lago y no puedo más. Es que me meo. Levanto la mano como en el cole, aviso al encargado y me indica que debo aguantar, que solo quedan cuatro horas y media, pero se apiada de mí y me da de estraperlo una lata vacía de cola que utiliza cuando sale a fumar. Miro el pequeño orificio donde debo atinar y decido esperar, que soy adulto y sé que puedo; hombre, cómo no voy a poder, que ya soy mayor, aunque al fondo haya un póster con un  riachuelo, y el esfínter, de encogerlo, haya abandonado el aparato excretor para unirse al urinario al ver toda esa agua libre por el campo con sus burbujitas frescas y relajantes. No sé por qué pero me siento cercano a la lata. Encima, a tres o cuatro metros, hay un expendedor de agua y cada vez que cae en el vasito empiezo a sudar, y me acuerdo de la taza de mi váter; qué buenos recuerdos y qué poco la he valorado cuando ella siempre ha estado a mi lado, ¡te quiero, váter!, que solo a cambio me pides dar a la cisterna y que el torbellino te limpie aprovechado todas sus gotitas, glu, glu, hasta terminar.

        ¡Que me meo!. Miro la lata con amor sincero, disimulo de lado y asomo a hurtadillas la punta del periscopio, intentado afinar la puntería, y cuando doy vía libre, que digo libre, salvaje, al disparo un cliente se me acerca y la lata sale volando.

-¿Y es cómodo el colchón?- me pregunta.

                Y no le respondo. Un lagrimón se me escapa de alegría. Sonrío y el comprador me imagina relajado en la cama. Todos los sonidos desaparecen y, en su lugar, se escuchan los compases de un acordeón. Y éste se tumba despacio a mi lado y siente una calidez, rara porque es húmeda, que le empapa de tranquilidad, impregnado de un halo tan agradable como indefinido es el olor, que esa esencia será el aroma de la calma, de lo nuevo; se contagia de mi amor, aunque yo solo haya meado, y me abraza por la tibieza que ha experimentado, y por la pura sensación de sosiego en una simbiosis con la cama; y sale extrañado porque está mojado pero le da igual. Encarga tres colchones y, cuando se marcha, me dedica de lejos el símbolo de la paz y un gran corazón. La vida es bella pero el colchón ya no.

Querido diario: he descubierto que la capacidad de mi vejiga es directamente proporcional a mi habilidad para hacer el tonto. Y no lo digo por orinarme en la cama sino por no saber antes que por no hacer nada también se puede ganar dinero. No acierto a descubrir por qué, pero de repente me veo con muchas aptitudes para la política.

ANA Mª GARCÍA YUSTE.

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