60. ESPAÑA, SUS PEINETAS Y OLÉ.

                Soy española, andaluza y cordobesa, y en esta retahíla de procedencia me hubiera gustado soltar el pellizco y añadir ser de pueblo, o de una aldeíta de Córdoba. Vivo en tierra de aceites y vino, de palmas, salmorejo, castañuelas, flamenquines y teleras. La luz del sol alegra casi todos los días y, cuando no, seguimos alegres o no, según se tercie, en casa o con los amigos en un bar, como en cualquier otro lugar. Me gusta la paella y bebo horchata y cerveza, quizás más cerveza que horchata, pero horchata, y sidra también. Me atrae el frío del norte, sus bosques densos y verdes; oír el baile de la voz de un gallego al hablar o el deje aragonés, con sus énfasis al pronunciar. Me impresionan los hidalgos manchegos y el señorito andaluz, los duros temporeros y los pescadores, todos de piel curtida por los olivos, las fresas o por el cáñamo de la red. Conozco a Patxis, Jordis y Rafaeles, y observo con admiración cada paso de las Muñeiras, la Jota y el Chotis, con su precisión. Con unas sevillanas mi origen andaluz sale a flote, y se me van los ojos detrás de los caballos, engalanados para el real de la Feria. Y yo me pregunto que por qué me he de avergonzar, cuando un traje de flamenco nos identifica como icono de cultura, si los que nos visitan compran castañuelas para llevarse un trozo de nuestro recuerdo a su hogar; por qué abochornarme de la siesta, si a las seis de la madrugada te levantas para trabajar en la aceituna, en los despachos, en la obra, pescados, tiendas, hospitales, en la venta de la fresa, incluso en el paro, y a las tres de la tarde descansas dormitando en el sofá para luego volverte a levantar. Quién se ríe de nuestro acento , orgullo, patria, raíz de mi cuna como la de los demás, ché, aúpa, carallo, ahí va la hostia, que yo he estudiado una jartá y hay que ser sieso y revenío y noniná para llamar paleto a un andaluz porque no nos entienden al hablar, que quizás sean ellos los que deban ir a estudiar y no criticar tanto, que aquí quien no tiene título universitario se busca las castañas honradamente como el que más, eso sí, apollardaos por el calor, lavin compae, que lo hace de verdad, como en invierno nieve en la maravillosa Granada, cipote, qué frío.

                Si nos viene a visitar por nuestra alegría, sol y flamenco, como a Francia por el oh la la, y sus boinas torcidas, el meñique en alto de Gran Bretaña, la cerveza de Alemania, los tulipanes de Holanda o los sombreros de México, no es curioso que nos indignemos porque nuestro enemigo está dentro, porque estos tópicos manidos y rancios son una manera de sacar punta a una rama para dejarla del tamaño de un palillo y conseguir que vean la suya más grande, cuando la realidad es que todos somos vástagos de un gran tronco que es España.

                Soy cordobesa, y como reza la canción, de la tierra de Julio Romero, pero cuando suena ¡que viva España! de Manolo Escobar, yo me pongo en pie y bailo Sevillanas, Muñeiras, y Sardanas, y soy muy graciosa, casi cojonuda, pero no me hables en lunes si no quieres que te responda con una peshá de malafollá, que después de comer babeo media hora delante de la tele, que no me echo gomina en el pelo ni lo tengo estirado para atrás sino suelto, y sobre todo, a esa típica limpiadora analfabeta que solo sabe fregar y correr, plumero en mano, le sobran los estudios para poder cantar un himno que no tiene letra pero que todos, a la vez, cuando suena, sabemos con mucho orgullo tararear.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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