59. LLORARÉ MI MUERTE

                Esto es muy alto; desde aquí bastará. Incluso creo que no dolerá porque el impacto será rápido. Lenta la vida, tan súbita como este final; un nuevo fracaso.

                Nunca me ha gustado mirar atrás pero es inevitable hacerlo, sobre todo en este momento donde ojeo, subido al bordillo de una azotea, siete pisos abajo. Reconozco el vértigo, también el miedo, y eso me hace sospechar, dudar de que aún pueda quedar en mí algún sentimiento diferente al desaliento, porque apenas tengo fuerzas, y ganas menos. Lejos quedan los juegos con mi hijo, que ahora vuela con su madre y otro padre, nuevo y postizo; antes, pero no olvidado, los abrazos de la que fue mi mujer, la línea de su sonrisa, que luego se quebró en tristeza cuando me dejó de querer, si es que alguna vez me quiso. Atrás nuestros proyectos, que acabaron en eso, simples bocetos mal pintados que se desdibujaron con el tiempo; los niños que no tuvimos, noches de insomnio, días eternos. Y la esperanza, esa puta mentirosa que me seducía para insistir en la patraña de que había solución, de que, con paciencia, algo podría haber cambiado; pero todo era una descomunal farsa, igual que la del vidente al moribundo que le engaña, a cambio de su provecho, dándole aliento cuando sabe que va a morir y, además, no le importa nada.

                Anodina ha sido mi vida, y hablo en pasado porque asumo mi existencia desde un prisma deformado que reproduce imágenes feas, secuencias tristes, una detrás de otra, que no me han dejado avanzar sino inmovilizado por un bucle de descalabros mayores que los que sentiré cuando me tire, como el día que perdí el trabajo. Con él, llegaron invitados inesperados. Se fue la tranquilidad y entró la angustia; la insumisión dio lugar a la resignación y, sobre todo, los reproches se atrincheraron en el sofá del salón y nunca más se fueron, pero sí mi mujer y hijo, llevándose ellos dos mi vida entera.

                Digo claro, porque todas las probé, que no había droga ni alcohol que me aliviaran; incluso tanteé la religión, pero Dios no me hablaba. Era tanta mi soledad que cuando alguien me rozaba yo mismo me sobresaltaba, porque el vuelco en el corazón me indicaba que aún estaba vivo, que la carne dolía si me pellizcaba, que podía respirar, oír, sangrar, porque mi cuerpo respondía pero mi alma se ausentaba, volaba como ahora hará mi cuerpo lanzándose al vacío. Lloraré mi muerte lo que en vida no he podido.

                Avanzo un pie, me mareo; no tengo miedo. Hay mucho viento; siento escalofríos pero sé que no es por el invierno. Sonrío y se me escurre una lágrima. Tomo impulso y miro al frente; el corazón se me desboca. Voy a saltar, me suelto ya, pero el azote de unas plumas me lo impide. Un halcón controla el vendaval, inmovilizado ante mí. Fija su mirada en mis ojos y se me acerca cada vez más. No lo comprendo; me enfrento, pero el animal no cede. En ese momento me dejo llevar y lo observo. Percibo su seguridad, su belleza con intensidad. Quiero tocarlo y alargo la mano, pero él retrocede, dejando un espacio entre los dos por donde yo me puedo tirar, pero en ese instante no; ahora deseo acariciar su perfección. Mantengo estirado el brazo y le pido que venga. El ave me examina y luego se acerca, permitiendo que mis dedos rocen sus plumas, y luego se va. Es entonces cuando entiendo que, entre todas las mentiras que he vivido, hay una gran verdad, y es que soy capaz. Que si soy experto en desgracias, sé cuál es el camino erróneo para no volverlo a caminar; que he tenido la oportunidad de morir y la he despreciado porque aún me queda vida por vivir, que he mirado cara a cara a la muerte y he ganado. Alegrías, llantos, risas y lamentos; todavía tengo mucho por sentir. He tocado un halcón volando. Si Dios existe, ya me ha hablado.

ANA Mª GARCÍA YUSTE.

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