58. CENICIENTA NO LLEVA CORSÉ

               Soy bastante fea, he de reconocerlo. Nací así; uno es como es. Digamos, de prudente manera, que los cánones de belleza tienen en mí el blanco al negro, un contrapunto a la guapura que nada tiene que ver con esas dichosas reglas. Y no es que me dé igual, pero la realidad es así, real, y a veces no se puede cambiar, aunque reconozco que no me he esforzado en hacerlo; crecí sabiéndolo y lo he aceptado.

               No siempre fue fácil. En la infancia sí, porque mi mayor anhelo era comer chicles y saltar la rayuela, pero en la adolescencia no. Mientras mis amigas hablaban de novios y de primeros besos, de faldas cortas y coloretes rojos, yo veía la película en una butaca, experta, si no en maquillajes, sí en sombra de ojos. Yo era una especie de diario vivo donde las compañeras contaban sus primeras experiencias, una simple lectora de folletines mal escritos, una oidora de intentos. Es curioso que buscaran en mí consejo, cuando eran ellas las que volaban y yo aún no había despegado. En cierta manera lo entiendo porque, si en una edad en la que es primordial la belleza y yo no la tengo, desarrollé aquello de lo que ellas carecían, que era precisamente inteligencia; y no es que me sienta superior, sino que el sentido común se agudiza como un rayo de luz que entra por una rendija, intentando descifrar aquello que no puede ver plenamente porque una puerta lo encierra o, en mi caso, la fealdad no le deja.

                Soy sincera si digo que a veces deseé ser bonita. Fingí ser quien no era porque me cansé de mirar, y nada más; pero el ensayo fue un desastre. Rulos, pinturas, depilaciones para ser el mismo monigote pero disfrazado, y encima no conseguir nada porque ningún chico se me acercaba por miedo, pienso yo, a que la careta se borrara, salieran mis facciones y el carnaval se acabara. Fue entonces cuando me di cuenta de que no hay que vencer al enemigo sino sacar beneficio de él, ponerte a su lado y aprovecharse; no se trata de ver una guerra perdida sino más bien una alianza con el adversario que evite enemistarte conmigo misma.

                Liberación, es lo que sentí, fuerza, arrojo. Tiré las deportivas y calcé tacones, pisando fuerte sin necesidad de andar entre algodones de laca y carmín. Conseguí, con bastante esfuerzo, eso sí, que aquellos con los que tratara me escucharan, atentos a mis palabras, y no divagaran entre vistazos del culo al canalillo, porque pocos lo querían mirar y, como lo sabía, hablaba cada vez más alto y nadie dudaba de que yo era de armas tomar. Mientras mis compañeras en el trabajo se esforzaban en gustar, trabajando el doble para ser tenidas en cuenta la mitad, a mí me valoraban el triple, aunque fuera para quitarme de en medio rápido y poder ver las minifaldas de las demás. A lo largo de mi vida he llegado a la estúpida conclusión de que hay que esforzarse en parecer tonto, para que los que lo son de verdad se crean más listos que tú y así pasar de puntillas haciendo lo que te da la gana.

                Y así fue. Aprendí pronto y las tornas cambiaron. Esta fea reconocida, carente de interés para el miniorbe masculino, era la que mandaba a los hombres y les exigía, si no el triple, el cuádruple, cada vez que advertía cómo miraban la delantera de alguna fémina en la oficina. De esta manera me hice respetar; incluso puedo afirmar que mis subalternas me admiraban porque, sin tener que perfilarme en rojo los labios, era abrirlos y todos obedecían sin rechistar. Conmigo, ellas se sentían aliviadas porque sabían que con solo una mano espantaba veinte moscones y así rendían más, y la productividad se traducía en continuas promociones que me sentaron en el sillón de cuero verde que el gran jefe dejó vacio cuando le jubilaron.

                Ahora, desde arriba, lo veo todo más claro. Sigo sin hermosura y nada me sigue importando; menos ahora, que la erótica del poder ha hecho de mí un icono sexual aunque fea naciera. No me tengo que esforzar en explotar lindezas que no poseo porque la posición social de mi puesto la lleva incorporada, y me niego a alterar mi libertad por el puñado de elogios que la cirugía estética me pudiera regalar. Soy como una Cenicienta con la cara lavada y escapada de las rejas, que baila a escondidas en su reducto de libertad. Este físico con el que vine al mundo me ha rescatado del caramelo amargo de la belleza, de esa obligación de armonioso rostro y piel tersa que hubiera secuestrado de por vida a Cenicienta, convirtiéndola en princesa. Seguiré ciñéndome a mis principios, seguiré sin reglas. Yo soy Cenicienta y no llevo corsé. No quiero ser princesa.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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