57. NO MATARÁS

                 No voy a contar ningún trauma de infancia. Me gusta matar y ya está; siento una gran satisfacción al hacerlo.

                 Nunca me ocurrió nada extraño que despertara alguna oscura faceta de mi personalidad, ni abusaron de mí, ni soy un reprimido sexual que se excita al ver sangre; incluso puedo decir que mis padres, aún aburridos, eran honestos y me educaron bien. Poco les tengo que objetar salvo esta apatía, esa manera acostumbrada de asumir los acontecimientos sin que, cuando les afectara, nada hicieran al respecto. Yo los veía día tras noche tras día, subiendo, bajando, entrando, saliendo, con una sonrisa en los labios y andando, pero por la inercia del movimiento. Se dejaban llevar, aunque luego, a hurtadillas, escuchaba cómo se quejaban de alguna zancadilla en el trabajo o del agobio de un jefe que les pedía más y más. Cuando leían las noticias se exaltaban, y conjuraban al averno con la subida de impuestos, con la corrupción del Gobierno, con las guerras, con los refugiados a remo. En esos momentos había un breve instante en que creía ver un atisbo de lucidez en sus mediocres vidas, una rebelión contra su rutina, pero me equivocaba; como cada mañana, a las ocho, se ajustaban la corbata al cuello, bien apretada, y ceñían a su uniforme la reglamentaria sonrisa de conformidad. Me decepcionaban. A cualquiera que me pusiera en un aprieto, yo, sin más, me lo cargaba.

                Cuando era pequeño pasaba las horas delante del televisor, viendo documentales sobre animales; era delicioso observar a los cachorros, sus costumbres, sus propias normas, el instinto. Pero cuando la naturaleza los seleccionaba para comer o ser comidos, no lo aguantaba. Adoro los animales; son lo único puro que queda en este mundo. Ahora soy como un león, el rey de las bestias en la selva donde vivimos; decido a quién me como y nadie se atreve a decirme que no. Soy el jefe de la manada;mando yo

                La primera vez que cacé fue a los diecisiete años. Era un cabrón que atosigaba a mi hermana, un viejo de cuarenta y dos que se calentaba con jovencitas de diecinueve. A veces la oía llorar después de colgar alguna llamada, hasta que un día el teléfono dejó de sonar y ella se alivió. Todos se extrañaron de su desaparición; nunca se encontró, y mi hermana volvió a sonreír sin temor a que el móvil se escuchara. Sentí tal placer en aquel primer ajusticiamiento que me quedé con ganas. No hubo sangre, ni gritos; solo un adormecimiento que le quitó el brillo de los ojos mientras chispeaban los míos al verlo. Poco a poco la inyección hizo su efecto, y lo demás, el cemento de unos pilares en construcción.

                Esos fueron mis inicios, los primeros ensayos que me han dotado de la maestría que ahora tengo a la hora de matar, aunque no siempre fue tan sosegado. Dependiendo del pecado, yo escogía la pena y la ejecutaba. A un simple funcionario de ventanilla que siempre trataba mal a todo aquel que atendiera, un severo golpe en la nuca y ya está; no merecía más. Al estúpido director de un banco que engañaba al contratar, una discreta sacudida para desorientar y luego un rato de distracción con una cuchilla de afeitar. A aquel que se hurgaba en la bragueta cerca de un parque de niños, una provocadora invitación de una supuesta quinceañera y, una vez mordido, sacarle el anzuelo y llenarle de lejía la boca. Al camello que vende muerte por las esquinas, al chulo que arrodilla a las mujeres, al ladrón de buenas gentes, al trepa que te roba las lentejas, al mentiroso que a sabiendas te llena de falsas ilusiones o al que te arranca la ilusión de vivir. A todos les dediqué unos momentos de justicia que me regalaron el pleno equilibrio que me hace dilucidar claro.

                Nunca creí ser cruel hasta ese día en que lo tuve sentado frente a mí. Yo transportaba en mochila lo que quedaba de mi última víctima como un senderista más, por aquella vereda olvidada del paso. Me llamó la atención un viejo cercado donde un caballo, a lo lejos, se resistía a caer, famélico y mareado. Salté la valla y me aproximé a él; las costillas del animal eran tan visibles que no me atreví a acariciarlo. Pero no fue lo peor. Junto a una pequeña casucha, sucia y desconchada, había un establo. Lo abrí; no sé cómo describir lo que vi. Entre escombros, tres perros, uno muerto y los otros dos agonizando, tumbados en su propia mierda; gallinas y conejos podridos, y una jaula con todos los pájaros en el suelo. Y el olor, nauseabundo, masticable casi. Algo por dentro me ardió; me clavé mis propias uñas en la palma. Con la visión de la sangre en mis manos, me asomé por la ventana de la casa y vi al duelo, plácidamente sentado viendo un partido de fútbol en la televisión, en mitad de un caos de porquería y desorden. Plasmé aquella imagen y me marché para ocultar mi mochila en el bosque, coger algunas cosas y volver después. Cuando regresé, solté al caballo y empezó a comer tímidamente hierba después de beber. De los dos perros vivos no pude hacer nada por uno y lo sacrifiqué de la manera menos humana posible, es decir, sin dolor. Al otro le administré medicación y lo coloqué caliente con un gotero, para llevármelo cuando acabara lo que tenía que hacer.

                Una vez clavados los pies en el suelo y las manos en la silla y tras graparle los labios, le abrí la camisa y le taladré un círculo en el vientre que utilicé de diana con mi cuchillo, solo un par de veces, ya que aún no quería que muriese. Cuando perdía el conocimiento le reanimaba; en todo momento debía estar consciente. Le desclavé las grapas para obligarle a tragar alguno de sus animales ya descompuestos y luego le volví a grapar; después, en prevención del cáncer de piel, le extraje con un pelapatatas cinco o cuarenta lunares de su repugnante cuerpo. La pena es que de nada le sirvió porque el corazón le falló y murió. Sí, fui cruel, ¿y qué?; ¿acaso él no lo fue?.

                Ahora tengo un compañero que nunca me defraudará; mi perro sobrevivió a aquel asesino que lo dejaba morir junto a sus colegas de guerra en el establo. Cada vez que me mira me comprende, y yo a él. Compartimos instintos de cazador y nunca somos presa. Hay muchas formas de morir, pero solo una de existir. Para mí y mi amigo, únicamente entendemos la vida matando.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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