54. A EVA NO LE GUSTA ADÁN

                La esperaré sentada en el lugar de siempre, apoyada sobre el muro que se cae de viejo. Estiraré las piernas y haré surcos con mis talones en la tierra, y luego jugaré saltando sobre ellos hasta que llegue. Tengo ganas de bailar.

                Cuando entró en el colegio me pareció una más; nada tenía de especial. Era desgarbada, como un ave zancuda en crecimiento; espinillas y brotes de espontaneidad propias de la edad. No la conocí bien hasta que la profesora asignó pupitres por parejas, las más aplicadas con las menos; y terminamos juntas las dos. Yo era la estudiosa, la introvertida, la responsable; aquella a quien le gusta mirar desde la barandilla. Ella era todo lo contrario; se lanzaba al agua aunque fuera un charco y, aún seco el océano, se zambullía en él y volaba nadando. Envidiaba su frescura, su improvisación, porque sin reflexión yo no era capaz de dar un paso, mientras Claudia no paraba de andar, de correr, de actuar. Nos hicimos amigas enseguida. Quedábamos después de clase con dos o tres amigas más en el campo que bordeaba al barrio, junto a una pared sin caer de un antiguo cortijo. Allí aprendí a fumar esos cigarros que ella le robaba a su hermano, a decir tacos, a urdir enredos que luego se embrollarían en el colegio aún más; a hablar de chicos, a pintarme los labios, a posar. Aprendí a tener trece años. Fue una embestida a la cordura en mi vida, una revolución que me hizo respirar.

                Crecimos juntas y, aunque por la Universidad me marché a otra ciudad, siempre nos mantuvimos unidas. La echaba en falta y se me hacía eterna la espera hasta regresar, pero cuando la veía era como si un viento helado me sacudiera el alma haciéndome temblar, y luego con su abrazo me templara, cálido y verdadero; no había nada que me llenara más. Alejarme de ella suponía lo mismo que romper uno en dos, hacer trizas un todo en el que yo, uno de los trozos, no dejaba de pensar en la otra mitad, porque sin ella no era nada. La adoraba, a su lado siempre deseaba bailar.

                En la Facultad era incapaz de relacionarme de la misma manera que los demás. Tenía amigos pero ninguno en especial; esporádicos encuentros de cama y cervezas que no dejaban rastro. No sé cómo explicarlo, cómo explicármelo, pero percibía algo en mí distinto a lo que solía ver, desordenado, como un intruso en mi cuerpo, descompasado al andar de todos, al pensar común, sobre todo cuando me acordaba de Claudia. Algo pasaba; la simiente que entró en mí cuando la conocí emergía poco a poco del subconsciente y no lo entendía. Solo notaba que cuando un hombre me acariciaba no me agradaba, que cuando sentía sus manos, ese tacto varonil me alejaba de ella y no quería porque la traicionaba. Y todo se alteró en mí; la mentira ya era verdad, la duda certeza, la asfixia aliento, hasta que me invitó a su boda y la fuerza, de nuevo, volvió al decaimiento. Fue el día más triste para mí el de su matrimonio. Ella nunca lo sabrá, pero ese día no quise bailar.

                Cuando terminé la carrera me incorporé a una multinacional y ocupé mi tiempo en trabajo para no tener que reflexionar, mientras Claudia me reprochaba que la tenia olvidada. A veces la visitaba pero, sin dotes de actriz, apenas podía disimular la turbación de tenerla a mi lado sin que su marido lo notara; siempre imaginé que lo sabía.

-Eva- me decía él-. Con lo guapa que eres, ¿cómo es que no tienes pareja?.

-Qué sé yo- respondía-. Será por falta de tiempo- mentía, y me encogía de hombros para despojarme entre sonrisas de la incomodidad de una pregunta que quizás no tuviera trampa, pero me preparaba al acecho.

                Luego, ella, con cualquier excusa, le echaba y cuando quedábamos solas en el sofá charlábamos, y me imaginaba con mi amiga en el muro del cortijo que se caía de viejo. Como esa tarde de diciembre, que llovía.

                Yo solo la rocé cuando le puse el fular que le regalé, la toqué con tiento mientras le enroscaba la prenda al cuello, pero en ese momento la luz le dio en los ojos y el verde de su iris se iluminó, brillando el sol en el campo que bordeaba el barrio, donde siempre quedábamos. Ya no escuchaba el chaparrón; el instante quedó sordo, mudo, quieto. Tan cerca me desarmé, sintiéndome débil, caída pero en pie, y al verla feliz con su regalo le tomé la cara y la besé. En toda mi existencia recordaré algo tan frágil e invencible como aquel contacto en sus labios, un milagro íntegro y honesto. La miré y su verde iluminado se apagó; el desconcierto llenaba ahora sus ojos. Bajé la cabeza y me dejé observar, escuchando de nuevo el aguacero; llovía, cada vez más, pero sobre todo por dentro.

-Te quiero y te querré hasta que muera, pero no de esa manera- añadió ella.

                Claudia se marchó de mi vida, y el suelo, la tierra de aquel campo, se me hundió bajo los pies regresando  el cemento.

                Desde entonces no la he vuelto a ver, aunque siempre he sabido de ella. Tuvo dos hijas, ahora adultas, y hace poco quedó viuda. Lo sé por la mayor, Eva como yo, con la que tengo comunicación, la misma que ahora me dice que habla constantemente de mí, que me echa en falta, que nunca me ha olvidado y que va a morir.

                He podido soportar vivir sin ella a mi lado, imaginar que era Claudia cuando mis manos amaron a otras aunque mi corazón respetara su recuerdo, tenerla en mi mente a cada momento, pero no creo que pueda sobrellevar esto. No quiero. No. Este intruso que llevo dentro ha echado al huésped y me he aceptado como persona. Me llamo Eva, y Claudia es, ha sido y será mi único amor, intocable como el mismísimo Dios.

                Permitid que recuerde el principio. La esperaré sentada en el lugar de siempre, pero no ya apoyada en el muro que se cae de viejo; en su lugar, el progreso ha construido edificios y una placita en el centro, con una pérgola donde una banda de música afina sus instrumentos. Su hija, Eva, nos ha citado allí. Las veo a las dos de lejos. Como yo, ella ya es anciana. Cojea, está muy delgada y tapa con mi fular su calva, pero su sonrisa la hace irresistible y hermosa. Frente a mí, la hija retrocede y se va, mientras de fondo suenan los compases de un vals. Claudia me mira a los ojos y acepto sus manos; la abrazo y bailamos. Huele a azahar.

ANA Mª GARCÍA YUSTE.

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