53. JUDAS NUNCA MURIÓ

                 En las relaciones humanas, la divergencia que hay entre la franqueza y falsedad es tan extensa como el abismo entre escoger vivir aislado o camuflado en el gentío. Este contraste parte de la simple decisión de ser o no aceptado, ya que se margina al elemento traidor que disiente de la costumbre general de mentir. No hay que olvidar que la sociedad es una conceptuación global con ciertos parámetros a seguir para formar parte de ella, y que cualquier ejemplar subversor a dichas reglas suele ser apartado por expresar una individualidad de la que los miembros del grupo han sido despojados como primera ley, al menos de cara a la pasarela. Luego, en la intimidad, cada uno se rasga las vestiduras como  puede, unos tapándose los oídos para no escuchar, otros acallando con pretextos los rumores de una conciencia que les hace sentir mal.

                Sin embargo, la hipocresía no siempre es nociva; posee ciertos beneficios que resultan indiscutibles en determinadas situaciones. A saber:” ¿te gusta mi camisa nueva?”. Partiendo de la realidad de que la prenda en cuestión es fea y desfavorecedora, la sinceridad tiene una vertiente pero la mentira puede tener dos. Si como verdad respondemos “no, no me gusta”, o la menos cordial “con ella puesta pareces una butifarra tan bonita como un zurullo en minifalda”, la consecuencia ineludible, dependiendo de la personalidad del oyente, es no ponérsela más, de forma que la respuesta, cruel o no pero de veras, ha evitado alargar los eslabones de la cadena de fingimientos a la que sucesivamente sería expuesta. En el lado contrario, si como contestación se emite un escueto “sí, me gusta tu camisa”, podemos pensar que el dicente intenta no dañar el más que dudoso buen gusto del propietario, con lo que la falsedad está justificada. Pero si en la misma línea de hipocresía se responde un enfático “me encanta, te sienta genial, póntela mucho porque te favorece”, es justo afirmar que el embuste calibra en la balanza a favor de la maldad, porque busca regodearse en el ridículo ajeno y quizás disfrutar y quedarse a la par por alguna otra mentira que sufrió en su parcela dentro de la sociedad.

                También puede buscarse esta farsa gregaria como lenguaje de grupo, medio de comunicación donde digo a los demás lo que quieren escuchar, para que igualmente me lo digan a mí y vivir en continua actuación para ser parte del teatro y poder rellenar más agendas falsas, eventos falsos y falsas invitaciones. Y es curioso en todo este tema que la moralidad, que debe ser un faro en toda relación humana, va perdiendo su significado inicial y amoldándose a su nuevo concepto, porque nadie puede negar que no haya ética en criticar al vecino y terminar la comidilla con un “pobrecillo”, o en fingir entusiasmo ante una idea tediosa para no afectar al promotor del invento. Entramos en el terreno de la doble moral, campo donde la hipocresía planta sus semillas, sustento de toda falsedad; un sí pero no, una apariencia puesta en marcha para compartir un espejismo de integración tribal que en realidad no es tal, ya que esa visión es imaginada, tan fingida como real.

                Pero no nos engañemos aún más. Todos somos hipócritas, y el que no lo es por forma de ser, alguna esporádica vez lo ha sido. En todos los estamentos, pobre, ricos, medios; sociedades, organizaciones, incluso las altruistas, instituciones, organismos públicos o privados; en toda cultura, raza, religión. En todas ellas el fariseísmo es un pilar de su estructura. La política es uno de sus mejores ejemplos. Entre la gran variedad de temas en este sector, me centraré en uno solo: el tabaco. Fumar es legal; gracias a ello, el Estado español recauda en impuestos una considerable cantidad de dinero, aún a sabiendas de que por su carácter perjudicial es uno de los mayores causantes de muerte. Por otro lado, sanciona a las tabaqueras por no advertir la relación tabaco-cáncer y, mientras sigue nutriendo sus arcas, castiga a estanquero y fumador, aumentando la imposición, porque el fumador es un enfermo, un adicto, y como tal debe sufragar su propia curación, por haber hecho caso omiso a esa campaña de prevención que alertaba sobre su nocividad junto a otra que propiciaba comer cinco piezas de fruta al día. Es algo tan sencillo como asumir que el cigarro es malo porque mata pero a mí me da dinero y, como no quiero prescindir de él, te castigo a ti por usarlo, y así no tengo que dejar de ser el único que conduce el carro. Lo curioso en mitad de esta traición a la honradez, de esta mentira, es que el Estado es el primero que no puede dejar de fumar porque, como efecto colateral, las pensiones se eternizarían, los tratamientos para la vejez se alargarían, y cuanto más gente en el carro más va a costar lo que antes se guiaba con mucho menos. Reconozcámoslo; es más rentable morir joven que sobrevivir a la edad.

                En el mismo orden de fingimientos,  y dentro también de la política, la diplomacia es doctora honoris causa en hipocresía;  es un saber decir, un capear la embestida, un disfraz a medida que suaviza con esmero la caída antes de la zancadilla. Experta en formas, es la envoltura lo que le importa para camuflar su principal interés, que es el fondo del tema; no es lo mismo un “su postura es brillante pero por ahora no me interesa”, que un “váyase a la mierda”. Y aunque en ambas la respuesta es un no, una cierra la puerta y la otra la deja entreabierta, sustentada en los cimientos de lo que se denomina educación aunque, en la mayoría de los casos, ésta se una a la palabra hipocresía.

                Siempre desembocamos en la necesidad de pertenecer a algo o a alguien, de no ser perro sin collar, de integrarnos, aunque para ello perdamos una parte de nuestra libertad. Ser del pelotón de la mentira global, de pacifistas militantes que meten la flor en el cañón del fusil mientras lanzan un coctel molotov, del ateo radical cuya religión es reírse de Dios, de los radicales religiosos que hablan del amor al prójimo mientras matan a los que veneran a otro Profeta, de los que ante un coche fúnebre o un paso de Semana Santa de santiguan y luego echan sal sobre su hombro o tocan madera, por si Él no los ampara que venga otro y lo haga; de los que desprecian el capitalismo y a los que visten chaqueta mientras su uniforme de trabajo es la rasta y el tambor. De los que solo miran a los demás desde su pedestal porque son incapaces de bajarse para ver sus carnes en cueros; del feo bueno, del gordo gracioso, de la rubia tonta, del gafitas intelectual; del sé tú mismo, del que la sigue lo consigue. De los gatos negros que fomentan la incultura colectiva; de los azules, que no existen, pero uno dijo ver y miles le siguieron. De, de, de…, cientos, infinitos, tantos como las mentiras que uno cree o hace creer, traicionando a los demás y a sí mismo.

                Judas nunca murió; aún quedan muchos besos que dar porque Judas nunca morirá.

                ANA Mª GARCÍA YUSTE.

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