52. PUTAS Y SEÑORAS

               Debí llevarla siempre conmigo porque me hacía reír y porque ella se reía de todo, pero no lo hice. Debí mantenerme firme ante los demás aunque sus cuchicheos me molestaran; era tan agradable estar con ella. Cuando le hablaba escuchaba, atenta, fija a mis palabras hasta oírme terminar, y luego cavilaba en silencio y expresaba lo que pensaba, siempre con fin de ayudar; porque Lucía era mi amiga aunque, por lo que luego descubrí de mí misma, la amistad pura la aportaba solo ella.

                Fui de las últimas en enterarme pero al final el chisme llegó, como un gran banquete que deja comida entre los dientes para después hurgar y hurgar, extrayendo jugo a las briznas. Era prostituta. Mi compañera de paseos, compras y cafés eternos se dedicaba a cobrar por dejarse sobar. Nadie lo sabía; yo ni siquiera lo imaginaba aunque, a veces, tras una llamada, me dijera que se tenía que marchar porque algo urgente le esperaba. Vivía en la misma urbanización que yo, un lugar tranquilo, de gente tranquila con trabajos tranquilos, niños tranquilos y tranquila tranquilidad, donde una noticia de este calibre se esparció entre susurros en unos cuantos segundos. La vecina del número 40, del bloque 3 y piso 2-D era una fulana, y yo, su amiga; luego mi vida ya no sería normal. Y es curioso que emplee la palabra normal cuando, en mi día a día, excepto la compañía de Lucía, era todo demencial.

                Siempre adoré la música; me hacía sentir libre, tan llena. De esta afición nació mi trabajo, pues soy profesora en un colegio privado donde cientos de alumnos asisten a diario a mis clases. Es tan reconfortante ver sus caras cuando escuchan algún fragmento en alto…, dulce, esperanzador; pasa el tiempo tan rápido cuando la música suena. Pero cuando la pieza termina, todo vuelve a su orden natural; disciplina, seriedad, mano dura y, sobre todo, mano extendida, porque es extraordinariamente caro entrar en este centro escolar. Y cuanto más se llena, más se extiende esa mano para llegar a abrir puertas que sin el dinero sería imposible alcanzar. Es injusto pero real. “Así es la vida”, me decían otros profesores, resignados, como yo. Y callaban, y callábamos, porque para mantener el trabajo, sin palabras, nos exigían sumisión. Luego a casa, un hola a mi marido y un pronto adiós, pues su consulta dental le tenía del todo saturado, aunque la auxiliar, pelirroja toda ella, le agotaba aún más. Yo callaba, como en el colegio; siempre callada. Hasta que conocí a Lucía y no paré de hablar. Ella estaba sentada en el jardín de la urbanización con los auriculares puestos y, cuando pasé cerca, me sonrió. Era una mujer absolutamente despampanante; parecía una ejecutiva, vestida a la perfección, bien maquillada, elegante. No sé por qué pero me senté a su lado; imagino que lo hice por no subir a casa. Se quitó los auriculares, girándose hacia mí, y esperó sonriendo a que le hablara. Le pregunté qué escuchaba y me respondió que viejas canciones que ya nadie oía. A lo largo de nuestra amistad nunca conseguí que me las dejara escuchar.

                Yo tenía una amiga y se llamaba Lucía. Era buena y sensible, inteligente y culta; y me quería. También fue fácil quererla y, sobre todo, confiar en ella. Le contaba mi vida, como a un párroco la confesión, y comprendía; cuando no, me reñía, y yo le daba la razón. Ella me hablaba de su padre, ya fallecido, de lo que le quería y que tan alto dejó el listón que de ningún otro hombre se fiaba; “nunca he encontrado honradez tal”, decía, mientras observaba el negro de sus ojos brillar sin ni siquiera imaginar a lo que se dedicaba.

                Desde que lo supe, espacié nuestros encuentros porque me avergonzaba. La vecindad le dio de lado, y a mí también, hasta que no pude más y me pasé al otro bando, incapaz de soportar el rechazo de la comunidad. “¿Quién iba a sospechar que fuera una cualquiera?”, “pues yo ya lo veía venir, con ese aire superior que siempre lleva”, “claro, tan ceñida siempre”, “yo nunca la he visto guapa, más bien apañada”, oía chismorrear mientras a escondidas Lucía me preguntaba cuál era su mal si a nadie dañaba, cuál fue el mío, que era el único que le importaba. Y yo no le sabía decir, solo que el miedo me superaba.

-Perdóname- le dije.

-Pagan fortunas por estar conmigo pero ahora me siento barata- contestó, y una semana después se marchó.

                Ahora formo parte, soy aceptada; formo parte de un grupo de personas que me importan una mierda y soy aceptada en un lugar que no me dice nada. Y sonrío. Me río mucho cuando saludo a los vecinos, cuando llego a casa y mi marido, a pesar de la pelirroja, tiene ganas de cama, y me dejo tocar por él como una puta sin paga, como una furcia de esquina que abre las piernas por la propina de evitar la soledad, aunque ya esté sola; sucia, porque me arranca la dignidad y yo me dejo. Y todavía me río más en el colegio, cuando algún alumno tocado con el don de la música, baja la cabeza ante su padre, que le obliga a estudiar lo que no quiere en busca de un “Don” delante del nombre, y me mira en busca de ayuda; y callo, siempre callada, en el colegio, en casa, en la vida, y soy como una fulana de calderilla porque solo con los ojos la directora me hace callar; indecente, baja, despreciable. Cada vez río más; es todo tan gracioso. Pero cuando escucho música todo cambia; los labios se relajan y me aserio por fuera y por dentro. Es cuando me olvido de quién soy, de qué soy, y me miro al espejo y me entran ganas de llorar porque, de tú a tú, ante mi reflejo, no hay nada que contar; estoy vacía.

                Yo tenía una amiga y se llamaba Lucía. Era una señora y, como tal, elegantemente se fue de donde no la querían, sin voces, sin reproches. Un mes después recibí una carta suya. Dentro, un CD y unas letras: “Quizás te ayude a ti también”, se leía. Esas canciones que siempre escuchaba y no se atrevía a compartir eran grabaciones de su padre. “No importa cómo te llamen; tú sabes que tu nombre es Lucía”, terminaba con una bronca voz, recta y cariñosa también.

                Puta o señora; da igual. No tengo collar pero sí una larga cadena atada al cuello que me ha dejado sin identidad. Quizás alguna vez alguien me llame por mi nombre; quizás alguna vez sepa quién soy en realidad.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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