50. EL SOBRESALIENTE SEGÚN SIMÓN

               Saludos a todos. Soy Simón. La verdad es que desde que estoy en el paro apenas noto la diferencia entre el verano y el invierno. Recuerdo que llamaba vacaciones a la suerte de no trabajar durante un mes al año, con cuarenta grados y una cerveza helada cerca de la piscina. Es curioso porque ahora me veo desde fuera y comprendo la gravedad de lo que miro, disfrutando con mi bañador horteras de una jornada de no hacer nada cuando, en este momento, haría cualquier cosa por disfrutar de un trabajo. En este punto alguien diría que las personas, en sus continuas manifestaciones de imperfección, siempre seremos seres insatisfechos que ansiamos lo que vemos en otros, el rubio por el moreno, el bajo por el alto, el rizado por el lacio; pero yo aseguro que en mi caso, modelo de numerosos defectos, jamás volvería a quejarme por no tener puentes ni permisos si con ellos me asegurar de que nunca más volvería a tener que pasar por este cruel veraneo obligatorio.

                Hace un mes, cuando iba a recoger a Paloma a su trabajo, vi pegado a una farola un papel que anunciaba con interjecciones rojas una carrera de seis kilómetros para todo aquel que quisiera apuntarse. A primera vista no me llamaba del todo la atención, pero al final del folio había una línea que encendió los intermitentes, las luces de freno, antiniebla y hasta el neón de la cocina: PRIMER PREMIO 300 EUROS Y UN JAMÓN, SEGUNDO PREMIO 100 EUROS Y UNA PALETILLA, TERCER PREMIO UN LOTE DE PRODUCTOS VARIOS DEL PATROCINADOR DE LA CARRERA “CARNES MANUEL”. Lo cierto es que con mi anterior ocupación de escritor, había acumulado “líquido en las nalgas”, así que me propuse eliminarlo poniéndome en forma y ¿quién mejor que yo mismo como mi propio entrenador personal?, porque, como ya me conocen, no se trata de un exceso de confianza sino de una solemne falta de dinero, enmascarada bajo una autocapacidad que temblaba de consistencia igual que mis piernas en su primera jornada de puesta a tono.

ESTIRAMIENTOS. Yo he visto en la tele que los que van a hacer ejercicio se cogen la pierna por detrás y tiran para arriba manteniendo la postura unos segundos y luego sueltan y la vuelven a subir varias veces. Pues eso intenté yo, pero empezando porque parecía que la pierna echaba de menos a la otra de una manera casi entrañable y no se quería separar de ella, llamémoslo así y no falta de elasticidad, y pasando porque la carencia de equilibrio en mi vida no solo es una cuestión emocional sino también física, del hocicazo que me pegué encontré trufas sin  querer buscarlas.

ESTIRAMIENTOS. “Sitúese en una zona libre de obstáculos y dé saltos sobre sí mismo. Cuando sienta cierta quemazón en las pantorrillas (es decir, desde el primer salto), añada subidas y bajadas de brazos dando una palmada al aire, y abra y cierre a la vez las piernas”. Lo que yo quiero aclarar es que, normalmente no pero quizás por la presión del premio, he tenido que añadir a mi lista de defectillos el tema de la falta de coordinación. Lo de los saltos lo tengo más que controlado porque en las rebajas, para localizar entre la barahúnda de gente los ofertones de lejos, llegué a tal nivel de brincos que los Massai a mi lado eran simples aprendices. Pero lo demás… ,resumo si digo que dos transeúntes me aconsejaron que dejara de intentar aprender a bailar sevillanas.

FONDO. Ya era mi cuarto día y para ese entonces tenía al menos cinco seguidores fijos que valoraban mi esfuerzo. Se llevaban café en un termo y bollos, y en lugar de pasar la mañana en el hogar del pensionista observaban mis propios progresos y retrocesos deliberando entre ellos si el ejercicio estaba conseguido o no. Luego me llamaban y me sentaba con ellos y, mientras me invitaban a una torta de alcázar, señalaban mis puntos flojos y me obligaban a repetir la faena hasta que el portavoz emitía su voto favorable y todos aplaudían.

SPRINT. El público era muy numeroso. A los cinco abueletes se le fueron sumando diez o quince más, que incluso se llevaban pancartas de “Simón va a ganar”, o “los trescientos para Simón y también el jamón”. Paloma y mis hijos de sentaban con ellos y, mientras el más viejo cronometraba mi tiempo de carrera, los demás coreaban todos “¡Simón, Simón!” que yo escuchaba ya con mucha presión. Los últimos días antes del encuentro se llevaban mesas y sillas plegables y abrían sus fiambreras de tortilla, filetes empanados, huevos duros y picadillo y se ponían todos morados de zampar, incluidos mis niños, Manolín y Juanito, y mi mujer, Paloma, mientras yo hacía surcos en el suelo de tanto desfilar.

LA CARRERA. Llegó. Pagué mis cinco euros de inscripción y me dieron el dorsal. Mi club de fans estaba más excitado que nunca. Esta vez no llevaron bollería pero las pancartas no se les olvidaron, incluso dos o tres más. Mis hijos fueron acompañados por algunos amigos del colegio mientras Paloma cambió su turno para poderme acompañar. Los altavoces nos llamaban a la línea de salida; las sienes me iban a estallar. Me faltaba aire y sentí pesados los talones. Ella me besó sin decirme nada y se marchó con una sonrisa de adiós. Y allí estaba yo, con mis canillas al aire temblando más que un pavo en Navidad, junto a unos cuantos que, más que gemelos tenían quintillizos en las piernas, y encima depilados, según parece, por lo de la resistencia del aire; y yo hecho un oso, con matojo de pelos rebosando por todos lados; y el corazón que se me iba, y el “Simón, Simón” de mis seguidores de fondo. Agaché la cabeza topando con el culo que tenía delante, apreté los dientes y el esfínter y sonó el disparo con tan mala suerte de que el dueño del culo retrocedió, me golpeó en la cara, me pisé mi propio pie y caí de boca al cemento, obcecado en mi constante búsqueda de trufas. El pelotón salió, incluso alguno me pateó, y quedé semiinconsciente a la espera de que el tropel terminara de pasar.

                Allí concluyó mi reto de atletismo en busca de los trescientos euros, que ganó un joven de veintitantos y que iba a emplear, según le entrevistaron, en depilación integral. Mis exaltados seguidores plegaron disimuladamente las pancartas mientras mis hijos corrían a ayudarme y Paloma voceaba al del culo, con un increíble registro varonil, frases que no me atrevo a repetir.

Querido diario: Hace muchos años hicimos una función de teatro en el colegio que puntuaba como nota. Mi actuación, según los aplausos que recibí, fue la mejor pero el profesor solo me puso un notable porque, según dijo, se me escapó una sonrisa donde tenía que haber mantenido la seriedad. Tras un largo abucheo mantuvo el notable pero, tanto él como yo, sabíamos que ese anterior aplauso largo y mantenido ya me había calificado con el sobresaliente que se negó a dar. Pues bien, esta fallida carrera de hoy es así, sobresaliente. Un conjunto de ancianos, con sus pastillas para la tensión y la tristeza, hicieron una pequeña colecta y compraron en “Carnes Manuel” una caña de chorizo, otra de salchichón y dos cuñas de queso, y me lo regalaron allí mismo, mientras Paloma ponía hielo en mi mentón y Manolín y Juanito me despegaban el dorsal de los pelos que me sobresalían de la camiseta. Entrenándome durante un mes por trescientos euros y ahora, sin ni siquiera haber participado, recibo la mayor distinción, la medalla de oro, el primer premio. Nunca dejaré de aprender; este día de hoy ha sido sobresaliente. Sobresaliente.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

7 comentarios en “50. EL SOBRESALIENTE SEGÚN SIMÓN

  1. Pues no me resisto. Me resultó gracioso pa leer. Gracias Ana María G.Y. porque con 4.809 seguidores hay que tener mucho valor para publicar. Como Simón. Tú fíjate qué papelón si no gustas a los seguidores, que son miles como ya he dicho y repito no por envidia, que tampoco, sino porque son bastantes, ¿no?
    Tendré que leer más … de lo tuyo.

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