47. MARICÓN DE PLAYA.

          Te observo desde hace tiempo. Casi a diario he notado que tu expresión se ensombrece en cuanto cruzas el umbral del portal y pisas la calle. Imagino que sabrás que tus ademanes afeminados te delatan, pero no los puedes evitar; eres así. Lo cierto es que se ríen de ti, y yo también cuando tratas de disimular, porque tú eres homosexual, o gay, que suena más chic, pero para los que te rodean cuando pasas a su lado solo eres un maricón de playa. Sucio, promiscuo, un vicioso al que le da igual por delante que por detrás, por arriba que por abajo, un depredador de la noche en busca de otro espécimen lujurioso con el que practicar sexo depravado y carnoso; ése eres tú, así eres para los que te miran, que seguramente serán más cazadores nocturnos que tú, y en continua batida, pero normales, heterosexuales, que es más chic. Porque siendo normal puedes cepillarte todo lo que quieras, incluso el pelo, hacer bombos sin platillo a alguna desgraciada enamorada, que si te he visto no me acuerdo, y jugar en tríos, a veces también en los naipes, que es de muy machos, pero los anormales no, que son unos pervertidos y van juntos, en comuna, cogidos de las manos, exhibiendo en carrozas sus culos para que veamos por donde se meten los prejuicios, esta vez con bombos y platillos de los de sonar, y tríos que agarran con fuerza el mástil y ondean la tela arco iris que proclama que ninguno de ellos hace mal; que cepillan su melena al aire y no la quieren esconder más. Y yo los miro y no sé qué pensar, y me acuerdo del “amaos los unos a los otros” y me siento orgulloso, pero no soy capaz. Prefiero seguir observándote casi a diario, cuando tu trabajo te deja descansar de tanto viajar, y notar cómo aserias el rostro cuando sales a la calle cada mañana en busca de mi croissant preferido, y ensanchas mi alma cuando llegas y tu cara se ilumina al verme, y te beso, que si esto es pecado que Dios me perdone porque solo cuando estoy contigo me siento puro y limpio, porque te quiero, y mi amor es sincero lejos de sábanas y caprichos. Allá aquellos que se burlan señalándonos con el dedo, allá los que luego con él se santiguan y golpean su pecho, “por mi culpa, por mi culpa”, fustigándose por un daño cuyo alcance no comprenden, porque sobre todo son ignorantes, no solo intransigentes. Si supieran, si por un solo instante no nos vieran como homosexuales sino tan solo, incluidos ellos, como personas, la vida sería más sencilla. Si fueran capaces de mirarnos sin el rechazo con el que nos desacreditan, comprobarían que es tan honesto e íntegro lo que sentimos como lo que ellos sienten por sus familias. No soy anormal, ni una aberración de la naturaleza, como he oído. Mi Dios no puede pensar así porque Él es justo y sabe que solo cuando estoy contigo estas cuatro paredes de casa se convierten en hogar, y lo que ocurre entre almohadas es intachable; puro, limpio.

                Quizás algún día nadie tenga que abanderar la enseña multicolor porque nos acepten sin distinción; quizás. Mientras tanto, seguiré observando cómo tu expresión se vuelve sobria al salir del portal, pero hoy no; hoy seré yo quien pise la acera para comprar croissants. Miraré al frente y no fingiré ser quien no soy. Te sentirás orgulloso de mí. Seguro que no te ríes, como yo de ti.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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