46.- ESCRIBE UNA HISTORIA PARA MÍ, SIMÓN (PARTE 3 Y ÚLTIMA)

-Una noche, después de acabar un trabajo con un cliente, volví bajo mi farola y todo empezó a darme vueltas. Cuando me desmayé recuerdo el golpe en la cabeza y unas manos fuertes agarrándome la nuca-  la Cochina cerró los ojos en silencio durante unos segundos y continuó-, y un maravilloso olor a incienso.

                Impecablemente peinada y maquillada, recostada en un diván, alargó la mano y su solícita cuidadora se le aproximó, besándole afectada la palma. Luego le dio dos pastillas y agua y le colocó un cigarro en la boca.

-Era Wang, mi querido Wang. Ese hombre me sacó de la calle, me alimentó y cuidó y no dejó que nadie me volviera a llamar puta. Me enseñó técnicas orientales sobre sexo que nunca hubiera imaginado y formamos nuestra “Cochina, compañía china”.

                Respiró con dificultad y prefirió sentarse a estar tumbada. Con una mueca de dolor se humedecieron sus extraordinarios ojos verdes. Mi mujer, Paloma, que me acompañaba, se acopló a su lado y le acarició el brazo; la Cochina le sonrió mientras decía que ahora ya no se miraba con desprecio a un actor porno, que incluso a algunos les abrían las puertas para salir en la tele contando chismes o escribiendo libros sobre algo que no sabían, pero  que antes no era así. Contaba que en algunas actuaciones, a la salida, les esperaban para lanzarles objetos, que les insultaban y amenazaban para que no volvieran allí y que incluso una vez le empujaron de tal manera que acabó en urgencias, enterándose de que acababa de perder un hijo que venía en camino.

                -Qué cruel- lloriqueaba Paloma, apretándole de nuevo el brazo.

                La Cochina le cedió el canuto; mi mujer fumó. Más tranquila ya, se secó la lágrima y esperó que continuara.

-Después de todo creo que es mejor así. De haber tenido hijos se habrían avergonzado de mí- recuperó su cigarro y se encogió de hombros.

                Durante un mes, todas las tardes, escuchábamos sus relatos y nos reíamos y conmovíamos por la historia de una mujer a la que, de no haber conocido, habríamos juzgado a la ligera, como esos vecinos que tenía, que cuchicheaban cuando salía a despedirnos y a los que ante mi asombro mi mujer se encaraba.

-¡Tú, qué  pasa!, ¿qué miras?-, y le mantenía la mirada a la espera de alguna contestación que nunca llegaba.

                Paloma. Paloma y la Cochina. Entre ellas la amistad fue inmediata, ¿y quién no?. A veces ella llegaba antes mientras yo acababa en casa de escribir alguna escena y mis hijos sus tareas, y cuando íbamos nos las encontrábamos a las dos frente al espejo, enseñándole la Cochina la forma de delinearse los ojos a la perfección o de humedecerse con pintalabios y aceite los labios para parecer mojados y jugosos. De espaldas a mí, frente a mi reflejo, Paloma me guiñaba y la otra, a su lado, se dejaba resbalar con fingida picardía la ropa y me mostraba desnudo el hombro. Es curioso que una mujer con tanto arrojo guardara tan excesivo pudor a la hora de relatar algunas esquinas en su vida como la muerte de su marido. Mi mujer suspiraba entristecida cuando me repetía lo que ella le contaba sobre Wang, que al irse él de su vida quedó rota, que incluso por el dolor se sintió traicionada y durante unos meses no le perdonó haberla dejado sola, hasta que en una noche, en sueños, él se le apareció, lentamente le lamió el cuello y la penetró, experimentando tal placer que se despertó sudando en mitad de los espasmos. Luego, Paloma me mostró  la fotografía que la Cochina le dejó que hiciera de un enorme vibrador de silicona, sacado del molde que había sobre la chimenea, y que era una copia exacta del miembro viril de su marido.

-Menuda tranca tenía el chino- reía mi esposa-. Dice ella que era un falo “digno de un rey”, igual que Wang, que significa eso en español. Pues yo lo llamaría “mi tesoro” y Gollum al chino- y reconocía que usaba el consolador cuando estaba a solas con su cuidadora, que al principio solo fue su admiradora, luego amiga y al final compañera de vida, a la que odiaba por amarla por miedo a que le abandonara como hizo Wang.

-Tuve muchas parejas de espectáculo pero ya nada era igual. Cada vez que grababa una porno me sentía más puta que cuando hacía la calle y como por entonces ya tenía buenos ahorros lo dejé e invertí en inmuebles y…, aquí estoy.

                Ese día nos recibió en la cama; se encontraba muy mal. Una enfermera le ajustaba el gotero mientras ella retocaba con polvos su cara. El cáncer avanzaba. Su compañera nos miraba y luego bajaba angustiada la mirada; nunca la escuchamos hablar hasta un día, dos semanas después, cuando nos llamó de madrugada.

-Ella quiere que vengáis- nos dijo por teléfono, parca, seria-. Venid rápido; no sé cuánto durará.

                Media hora después, mi familia al completo entró al chalé. Paloma insistió entre gimoteos que los niños nos debían acompañar. Encogida en la cama dolía verla irreconocible, sin peluca, sin dientes, sin pestañas; sin maquillajes, rodeada de un médico y una enfermera que se marcharon a instancias de ella.

-Ya es la hora- musitó con voz quebradiza.

-Lo sabemos- admitió mi mujer  fingiendo calma, invitando a nuestros hijos a que se acercaran.

                Ellos la besaron y se quedaron sentados a su lado. En pié, junto a la cabecera, su compañera respiraba con dificultad.

-Quería ser yo…, la que os lo dijera- susurraba de manera casi inaudible.

-¿Qué?- inquirí yo acercando el oído-. ¿Qué…?.

-Mi nombre- entró el médico con el quejido-. Mi nombre es Soledad.

                Murió; se fue, no sé si al infierno o al cielo pero si existe otra vida después de ésta seguro que ahora estaría con su rey Wang. Soledad se llamaba pero hasta el final se ocultó tras el disfraz de eterna actriz porno, excéntrica y avanzada, coqueta y experimentada, que se dejaba mirar cuando estaba espléndidamente adornada. En vida jamás hubiera querido que la viéramos como ahora estaba, vencida, terminada, sin ganas de luchar.

                Cuando expiró, su compañera se resistió a expresar su dolor, pero acabó por derramar lágrimas en silencio mientras se restregaba el carmín por toda la cara. Se tumbó junto a ella y la abrazó. Allí quedó Soledad  sobre la cama junto a otra mujer de la que nunca llegué a saber su nombre hasta el día en que terminé las memorias y la registré como autora del libro “LA COCHINA SOLEDAD”, en agradecimiento a todo lo que aprendí en esa casa y a la enorme cantidad que la fallecida me pagó por su biografía.

Querido diario: da igual la forma de la caja, el papel que la envuelve, su textura, sus colores llamativos o apagados, que huela a gloria o a mierda; nada importa si lo que lleva dentro nos resulta indiferente porque ya hemos decidido no querer mirar. Cuántas veces habremos tenido la ocasión de disfrutar de un mar de oro puro entre quincalla, de aire nuevo y fresco entre efluvios o de luces vivas y blancas en mitad de una solemne oscuridad; por no querer mirar. Yo quiero verlo todo y, aunque mi primera reacción sea dejarme llevar, después peleo y soy capaz de mirar, de ver de verdad. Siempre abriré la caja si existe una mínima esperanza de encontrar dentro a una futura Soledad.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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