45. ESCRIBE UNA HISTORIA PARA MÍ, SIMÓN (PARTE 2)

          El día anterior, en el primer encuentro que tuve con aquella singular mujer, convinimos cuestiones relacionadas con mi sueldo, número orientativo de páginas a escribir y demás asuntos que no plasmamos en ningún documento; no sé por qué pero me fiaba de ella.

-No hablemos de años; es una ordinariez- sonrió con picardía-. Digamos que han pasado algunas primaveras desde que nací, y desde muy pequeña sabía que me iba a dedicar a esto.

-¿Al porno?- inquirí curioso.

-No- se sentó a mi lado-, a la actuación.

                Entre humo me contó que solía acompañar a su tío, que era como el chico de los recados en un pequeño teatro de variedades del barrio, y que se quedaba pasmada de los vestidos, maquillajes y sobre todo de los aplausos del público al terminar. Que bailaba en el escenario casi a oscuras y que declamaba a versos de memoria ante una platea vacía.

-Pero mi padre murió- aseriaba el semblante-, y mi madre nos distribuyó a mí y a mis cuatro hermanas en distintas casas de criadas. La que me tocó era de ringo rango y pasé inadvertida durante tres años hasta que la talla de mi sujetador casi llegó a la cien. Con esos… atributos empecé a destacar y entre la insistencia del jefe de cuadras, del don de la casa y hasta del ama de llaves me tuve que largar. Sinvergüenzas; era casi una niña.

                Se levantó airada hasta la chimenea y cogió el molde al vacío del pene; lo abrazó con cariño y me ojeó.

-¿No tiene curiosidad de saber de quién es?- le dije que sí-. Era de mi marido, Wang.

                Tenía mis dudas; o aquel nombre era chino o esta mujer no acababa de dominar bien los números en ingles.

-Era  chino- prosiguió-. Me casé con él a los veintiún años, dos meses después de coincidir en un espectáculo erótico- acarició la silueta del miembro y añadió melosa-. No sabe lo que podía hacer con él- lo volvió a colocar sobre la chimenea-. Formamos una pareja artística y nos hicimos llamar “LA Cochina, compañía china”. Desde ese momento se me conoce como La Cochina- chocó su hombro contra el mío y me guiñó-, ¿acaso cree que me llaman así por otro motivo?. La verdad es que nuestra especialidad era la sodomía; quizás eso contribuyó un poco en el doble sentido de mi nombre profesional- soltó una sonora carcajada.

                La puerta del salón se abrió. La mujer vestida de mayordomo anunció que ya estaba preparada la otra sala.

-Quiero enseñarle mi trabajo; si no lo ve no lo puede contar. Vamos.

                La seguí hacia una habitación con una gran pantalla; nos acoplamos en un sofá frente a ella y la más joven puso en marcha la filmación. Era extraño contemplar una película X conociendo personalmente a uno de sus protagonistas, retazos de varias tomas donde su marido mostraba el esmerado esfuerzo en su cometido.

-¿Ve qué crueles son los estereotipos?- comentaba La Cochina-. Se supone que la raza asiática tiene un falo pequeñito; ahora observe a Wang- suspiró con orgullo, mostrando su extraordinario aparato-. A veces me descoyuntaba la mandíbula.

                Pasaba escenas rápidamente, y a veces detenía la grabación explicando con gran profesionalidad la técnica de alguna postura que yo no acababa de asimilar. Hablar de sexo para ella era algo tan natural que en ningún momento sentí incomodidad; casi consiguió que la comprendiera cuando me contó que este trabajo, después de los primeros años, era como otro cualquiera. Pero cuando más parecía que se iba a sincerar, notaba incómoda la cercanía; erguía la espalda levantando al frente el mentón, aunque una persistente molestia en el costado a veces la arqueara de dolor.

-Después de aquella primera casa donde serví, me coloqué en otra mansión de postín donde hacía los trabajos más variados, desde fregar el suelo a mano hasta recogerle el orinal al dueño; y es ahí conde me inicié en el sexo con el jardinero- se mordió los labios mientras de fondo sonaban los jadeos de la película porno-. Y estuvo bien hasta que el maestresala nos pilló. Menudo cabrón. Consiguió que echaran al mozo pero conmigo ni lo intentó; a cambio del silencio quería algo que le diera mayor… satisfacción. Y como por aquel entonces si me hubieran echado no habría encontrado trabajo, pasé por el aro y me deje llevar. Dos o tres veces por semana venía a mi cama y, la verdad, no se le daba nada mal.

                Yo hacía como  que apuntaba pero es que, aún sin anotar en mi libreta, hubiera podido transcribir cada una de las palabras que aquella mujer decía; era como si me hechizara al hablar y yo me dejaba hipnotizar cuando continuaba su relato con el robo de un cortapuros de plata para ayudar a su hermana a liberarse de un “peso de encima”. Aún  sin evidencias, todo apuntaba  a ella y la echaron sin más.

-Me quedé sin techo, pasé hambre y miedo, mucho miedo porque la calle es dura y, bueno…, me prostituí- se quejó, y su asistenta rápidamente le encendió un cigarro de hierba que al aspirar la tranquilizó-. Dinero fácil, lo llaman dinero fácil y de todo lo que he hecho en mi vida ser puta fue lo más duro  y difícil. Tres años, lamiendo, empotrándome, chupando, tragando, agachándome, y lo llaman dinero fácil.

                Ella quería su biografía, que escribiera la vida de La Cochina, pues no consintió en darme su nombre, que quedara constancia de su paso por un mundo donde no encontró obstáculos en ninguna frontera porque, según sus propias palabras, allá donde llegaran sus famosos espectáculos conseguía que las barreras se levantaran solas igual que una erección. Deseaba que quedara algo de ella, que su memoria no se olvidara, que se le recordara bella y explosiva como antes era al natural y ahora forzaba con un filtro artificial que difuminaba los crueles efectos de la edad. A veces callaba dolorida, aspiraba marihuana y luego proseguía, cogiendo la mano de su sirvienta, que la apretaba en silencio y con absoluta inexpresividad.

                Toma fuerza mi teoría inicial; la muerte rondaba aquella casa.

Querido diario: le cuento a Paloma que la historia de esta mujer se escribe sola. No soy capaz de parar; necesito oír más. La próxima vez vendrá conmigo; quiero saber si a ella le produce escucharla la misma sensación que a mí. Bajo aquel techo cualquier eternidad se convierte segundos.

Continuará en el siguiente post.

ANA Mª GARCÍA YUSTE

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